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Nueve desafíos para Israel

Bandera de Israel.

Por Isi Leibler 

Desde la creación del Estado, no se había encontrado el país en una posición tan ventajosa. Aunque un auténtico acuerdo de paz con los palestinos sigue siendo un milagro lejano y la amenaza iraní está siempre presente, Israel ha emergido como superpotencia regional, tanto en lo militar como en lo económico. Y ahora por fin Estados Unidos parece dispuesto a ejercer su fuerza para neutralizar el flagrante sesgo antiisraelí de la comunidad internacional.

Pero aún nos seguimos enfrentando a importantes desafíos:

1. Debemos cultivar nuestra relación con la Administración Trump mostrando paciencia y cooperando con sus esfuerzos por alcanzar un acuerdo de paz con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás. Si, como es probable, Abás sigue negándose a hacer concesión significativa alguna, el presidente Donald Trump puede que llegue a un entendimiento con nosotros en los asuntos relacionados con los asentamientos, permitiendo la anexión formal de los grandes bloques y allanando el camino para que se cumpla su promesa electoral de trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén.

2. El pueblo israelí debe presionar por un Gobierno de más amplio espectro. No hay razón para que el Yesh Atid de Yair Lapid esté en la oposición, cuando sus políticas son casi idénticas a las del primer ministro, Benjamín Netanyahu. Lapid podría asimismo ser un excelente ministro de Exteriores.

Una coalición más amplia neutralizaría los argumentos de quienes afirman que Netanyahu dirige el Ejecutivo más ultraderechista de la historia de Israel, y mostraría que las políticas gubernamentales cuentan con el respaldo de la gran mayoría de la nación. Con un amplio acuerdo del electorado, el Gobierno estaría en una posición de fuerza, e incluso en ausencia de un Estado palestino sería por fin capaz de determinar nuestras futuras fronteras.

3. Habría que preparar un sucesor para Netanyahu. Existe un consenso, sin duda entre los que le admiran pero también entre los que le aborrecen, de que actualmente es el líder más capacitado para manejarse con éxito ante los complejos retos diplomáticos que enfrenta el Estado judío. A pesar de la agitación doméstica, la Historia le otorgará una respetada fama de líder inteligente que se mantuvo firme bajo enormes presiones externas. Pero es responsabilidad tanto de Netanyahu como nuestra la preparación de un sucesor, y no dejar que sea una rudimentaria votación política lo que determine quién será nuestro futuro líder.

4. Debemos evitar una Kulturkampf sobre la cuestión religiosa, y la estricta interpretación de la Halajá que hacen las actuales instancias rabínicas del Estado. Muchos de estos problemas surgen de la extorsión que imponen los líderes políticos jaredíes, que tienen en sus manos el equilibrio de poder en el Gobierno. Ya se ha producido un cambio apreciable en una sustanciosa parte de los jaredíes, que ahora trabajan y algunos incluso sirven como voluntarios en unidades específicas del Ejército. Las áreas que requieren atención urgente son las relacionadas con conversión y el matrimonio.

5. El Gobierno debería introducir leyes más duras contra quienes participen en actividades sediciosas y promuevan nuestra destrucción. En particular, se debe hacer frente a los partidos árabes. Son antisionistas y buscan generar antagonismo en las relaciones entre el Estado de Israel y el 20% de su población que es árabe.

Al mismo tiempo, muchos ciudadanos árabes están orgullosos de considerarse israelíes leales, y reconocen que disfrutan de muchas más libertades y derechos –y de un mayor nivel de vida– que los ciudadanos de cualquier país árabe. Pero siguen estando en desventaja social y económica frente a los israelíes judíos, y el Gobierno debe hacer todo lo posible por reducir esta brecha.

6. Debemos crear mejores condiciones para los israelíes que viven cerca o por debajo del umbral de la pobreza, y eliminar obstáculos burocráticos para reducir el precio del suelo, lo que permitiría a más israelíes poseer su propia vivienda.

7. La política de Netanyahu de acercarse a otros países, que ya ha generado importantes dividendos, debe consolidarse.

Esto se ha visto enormemente reforzado por el sólido apoyo de Trump a Israel, especialmente en la ONU. La reciente resolución de la Unesco refleja importantes defecciones de varios países europeos y no musulmanes que habían respaldado anteriormente indignantes resoluciones antiisraelíes en la ONU.

Israel ha establecido saludables lazos diplomáticos o fortalecido sus relaciones con grandes potencias como la India, China, Rusia, Japón, el Reino Unido y una serie de países asiáticos, africanos y sudamericanos. Hará falta seguir alentando a muchos de esos países para que expresen abiertamente su amistad con Israel, pero se han logrado avances radicales.

8. Ahora hay una gran oportunidad para colaborar con algunos de los líderes pragmáticos del mundo árabe suní, y con Arabia Saudí y los países del Golfo que están dispuestos a cooperar de forma encubierta y a aliarse con Israel contra los chiíes iraníes que buscan ejercer la hegemonía en toda la región.

Nuestras alianzas con Egipto y Jordania también son de una inmensa importancia.

Sin embargo, no debemos hacernos ilusiones. El antisemitismo está tan profundamente enraizado en la religión y la cultura de esos países que no debemos caer en la tentación de considerarlos aliados convencionales. También existe la preocupación de que el rey de Jordania, Abdulá, quiera apaciguar a los palestinos y refugiados ferozmente antiisraelíes, y el constante temor a que el propio Abdulá o el egipcio Abdel Fatah el Sisi sean asesinados, lo que crearía grandes turbulencias en la región. Deberíamos maximizar todo lo posible nuestra cooperación con estos países árabes, y buscar una amistad de fondo a fin de iniciar un proceso de superación del odio.

9. Aunque las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) son admiradas en todo el mundo por sus logros, no debemos caer en la complacencia. Es sólo nuestra superior fuerza militar lo que en última instancia refrena a nuestros enemigos. Aunque eso suponga sacrificar otros planes económicos importantes, debemos seguir protegiendo la magnífica potencia de las IDF y nuestras industrias militares.

Los bárbaros que están a nuestras puertas –con Irán, una demencial teocracia islámica chií, a la cabeza– siguen obsesionados con nuestra destrucción. En cualquier momento podrían enfrentarse a nosotros el siervo de Irán, Hezbolá, o su aliado, Hamás. Debemos estar preparados para usar todo nuestro poderío si nos vemos abocados a otro conflicto.

Estos son algunos de los principales desafíos a los que se enfrenta actualmente Israel. Parecen tremendos, pero vistos en el contexto de lo que hemos afrontado en los últimos setenta años, nunca hemos sido tan autosuficientes y poderosos como hoy. Por tanto, estamos en una posición óptima para defendernos, si hiciera falta.

© Versión original (en inglés): The Algemeiner
© Versión en español: Revista El Medio

Por qué siempre fracasa el proceso de paz entre israelíes y palestinos

Banderas de Palestina e Israel.

Por qué siempre fracasa el proceso de paz

Ran Baratz, exresponsable de comunicación del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, desvela las claves de la estrategia negociadora de los palestinos, que hace imposible llegar a un acuerdo definitivo con el Estado judío.

[Las conversaciones] siempre fracasan porque los palestinos no están interesados en negociar un acuerdo permanente. (…) no es una táctica de negociación que fracasa una y otra vez, sino exactamente lo contrario: una exitosa estrategia de abstención. (…) Si esta teoría suena extraña es solo porque nos hemos acostumbrado no solo a la idea de que todo el mundo prefiere un tratado de paz, también al paradigma de las “oportunidades históricas perdidas”.

(…)

Si el presidente Trump [está interesado en retomar el proceso de paz], le pediría que hiciera una prueba sencilla: antes de aceptar las negociaciones debe preguntar a los palestinos por su plan de paz –los israelíes tienen el suyo hace mucho–. Si recibe uno, por supuesto, que intente otra ronda de negociaciones. Pero si los palestinos lo envían –como solía hacer Arafat– “a beber agua del mar de Gaza”, será un signo de que nada ha cambiado y de que el fracaso planea en el horizonte.

Michael Doran fue director del Consejo de Seguridad Nacional de EEUU durante la presidencia de George W. Bush. En esta colaboración para The New York Times, advierte a Trump sobre los errores de sus antecesores y expone algunos argumentos básicos para una nueva estrategia en Oriente Medio.

Es falso que nuestro apoyo a los amigos de siempre sea una causa de inestabilidad, y que distanciándonos de ellos mientras nos acercamos a nuestros enemigos podamos hacer un mundo más seguro. (Es una falacia todavía mayor imaginar que podemos crear un Oriente Medio sin enemigos). Y es igual de equivocado asumir que podemos arrastrar inteligentemente a Rusia lejos de Irán en Siria. Las tensiones entre ellos son insignificantes, comparadas con su interés compartido en apoyar al régimen de Bashar al Asad y erosionar la influencia americana.  

Además, el conflicto palestino-israelí no es el centro de gravedad en Oriente Medio ni está maduro para una solución. El presidente Obama, como Bush antes que él, invirtió grandes esfuerzos en resolver el conflicto palestino-israelí, una empresa digna pero inútil que le desvió de [la tarea de] abordar el ascenso regional de Irán y, más tarde, de Rusia. (…)

Pero reconocer los errores es sólo el primer paso. El siguiente exige rechazar la tentación, a la que sucumbió el presidente Obama, de definir la derrota del Estado Islámico como el principal objetivo estratégico. Si el presidente Trump [lo] destruye pero fracasa simultáneamente en construir una coalición para la estabilización regional, su victoria tendrá muy corto alcance. El próximo Estado Islámico surgirá de entre los escombros y Rusia e Irán explotarán el caos resultante.

Traducción al español: Revista El Medio

¿Conseguirá Trump crear un nuevo Oriente Medio?

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Por Eli Cohen 

Trump tiene planes para Oriente Medio y parece que los está llevando a cabo. Para su gira regional, eligió los destinos cuidadosamente con un objetivo claro: afianzar el entendimiento entre los países suníes (Egipto, Jordania y los países del Golfo encabezados por Arabia Saudí) e Israel para combatir al terrorismo islámico, especialmente al ISIS, contener la expansión de la influencia iraní y lograr un acuerdo definitivo y de alcance regional para que, de una vez por todas, israelíes y palestinos firmen una paz estable.

De Riad a Belén, pasando por Jerusalén

La primera parada de la gira, Riad, fue el escenario perfecto para que Trump desplegara su narrativa para el nuevo Oriente Medio que quiere forjar. Trump destacó que la lucha contra el terrorismo yihadista es “una lucha del bien contra el mal”, y dijo ante los saudíes que no iba a dar lecciones (enfoque aislacionista y westfaliano ante las violaciones de derechos humanos y la falta de libertades en la monarquía saudí, es decir, política exterior America First) sino a buscar aliados.

Satisfecho por el recibimiento saudí, Trump se dirigió posteriormente a Israel. En la rueda de prensa conjunta entre Trump y Netanyahu, celebrada en Jerusalén, el premier israelí dijo: “Por primera vez en mi vida veo una verdadera esperanza de cambio”. No sabemos el alcance del famoso “acuerdo definitivo” que propugna el inquilino de la Casa Blanca, ni los detalles del mismo (the devil is in the details); pero Netanyahu se muestra extraordinariamente optimista. Además, para más alegría de Bibi, Trump también ha sido el primer presidente norteamericano en ejercicio en visitar el Muro de las Lamentaciones, ubicado en Jerusalén Este, territorio reclamado por los palestinos como su futura capital.

Por su parte, Mahmud Abás, el presidente palestino, ha entablado, aparentemente, una buena relación con Trump. Sin embargo, en su encuentro en Belén el norteamericano le dio un tirón de orejas al manifestar que la paz no llega a sitios donde el terror es recompensado, en clara referencia a los salarios que la Autoridad Nacional Palestina paga a los terroristas palestinos y a sus familias. En la ciudad de la Natividad, Trump declaró que un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos sería el principio de una paz regional más amplia. En su último discurso antes de partir, aseguró a los israelíes que “los palestinos están preparados para alcanzar la paz”.

¿Una estrategia posible?

El plan de la Administración Trump parece simple y lógico: los países suníes aceptan a Israel –Egipto y Jordania ya lo hacen– y son los garantes y patrones de un acuerdo con los palestinos. A cambio, EEUU no se inmiscuye en sus asuntos internos, les procura ayuda militar y económica e intensifica su apoyo a estos países para derrotar al ISIS y contener a Irán.

La estrategia de Trump es una reordenación de las alianzas en Oriente Medio, según Aaron David Miller, uno de los mayores expertos en el conflicto entre israelíes y palestinos, es coherente, pero –apunta el analista– eso no significa que vaya a funcionar.

No es tan fácil que se establezca un entendimiento fluido entre Israel y los países del Golfo, pese a la colaboración y los negocios soterrados de los últimos años, sobre todo en lo referente a contener a un Irán cada vez más crecido, empoderado e influyente. Tampoco es tan fácil que todos los países del Golfo se vuelquen incondicionalmente en la lucha contra el Estado Islámico –muchos lo ven como un contrapeso a Irán–, y sus fuerzas militares no son precisamente efectivas –la campaña en el Yemen contra los rebeldes huzis ha sido un desastre–. Israel puede proporcionar inteligencia y cierta ayuda, pero está lejos de expandir su colaboración a otros niveles más altos e intensos.

Enfrente tienen a un bloque que parece más fuerte, cohesionado y exitoso: el formado por Irán, el Irak chií, Siria y Hezbolá, con el respaldo ruso.

A pesar de ello, si se logra un entendimiento basado en el mutuo reconocimiento y en la cooperación regional, giraría en torno a la independencia política plena de los palestinos. Los países suníes pueden presionar a los palestinos para que acepten las condiciones sugeridas por Trump, pero hasta un determinado límite, más aún cuando Egipto y Jordania, principalmente, desempeñarían el papel de garantes. El acuerdo definitivo iría precedido de uno interino, por el cual Israel restringiría la construcción en los asentamientos, llevaría a cabo ciertas cesiones de territorio a la Autoridad Palestina en Cisjordania y aumentaría los incentivos económicos a los palestinos. Sin embargo, estos avances no significarán nada si el liderazgo palestino no está dispuesto a cumplir con la aburrida tarea de administrar un país; recordemos lo que Bill Clinton dijo el año pasado: ”Me dejé la piel para que los palestinos tuvieran un Estado y aun así lo rechazaron”.

No obstante, además de las cuestiones perennes del conflicto, como Jerusalén Este, los refugiados palestinos o el control del valle del Jordán, todavía quedan muchas incógnitas; la primera de ellas es Gaza y el papel de Hamás, aislado ahora de la Hermandad Musulmana pero fiel cliente de los iraníes.

El cambio viene desde dentro

Sea o no fructífera la estrategia trumpista para Oriente Medio, tiene razón el presidente norteamericano: el cambio debe originarse desde dentro. Así, en su despedida hizo un llamamiento –en el que no ahorró en elogios hacia la gesta del pueblo judío durante los últimos dos mil años y su renacimiento en el Estado de Israel– a cristianos, musulmanes y judíos a crear un mundo mejor y destacó el compromiso que ha obtenido del rey Salman para ello.

No queda más remedio que esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Y eso, en la era Trump, ya es garantía de sorpresas.

Fuente: Revista El Medio

El ‘incidente Altalena’ y el monopolio de la violencia legítima

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Por Jesús M. Pérez 

El día 21 de junio de 1948 tuvo lugar uno de los hechos fundamentales de la fundación del Estado de Israel. Aquella madrugada, el buque Altalena había fondeado frente a la ciudad de Tel Aviv tras un viaje de semanas que arrancó en Marsella. El Altalena pertenecía a la organización judía Irgún. Se trataba de un antiguo buque estadounidense de asalto anfibio que había participado en el Desembarco de Normandía y luego fue vendido como excedente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Con el apoyo del Gobierno francés, el Irgún embarcó en el Altalenaarmamento, que incluía desde 10 blindados Vickers-Armstrongs hasta varios millones de balas, junto con más 930 voluntarios.

La intención de los líderes del Irgún era que el buque llegara justo el día de la proclamación de la independencia de Israel. Pero las negociaciones sobre el destino de la carga y los pasajeros retrasaron el viaje. Cuando el Altalena llegó a las costas del nuevo país, habían transcurrido ya semanas de guerra del propio Israel contra los ejércitos de Egipto, el Líbano, Siria, Iraq y Transjordania. El Gobierno de Israel aceptó que el Irgún entregara un 20% de la carga a su batallón Jerusalén y que los voluntarios formaran parte del recién nacido Ejército israelí, pero dentro de unidades que mantendrían su identidad como parte del Irgún.

Durante el Mandato Británico, la población judía había formado varios grupos armados, con diferentes afiliaciones políticas. Pero también había desarrollado instituciones que en el momento de la independencia se convirtieron en la maquinaria del Estado de Israel. Así, el poder ejecutivo de la Agencia Judía se transformó en el Gobierno provisional de Israel y la organización Haganá (“Defensa”) se transformó el 26 de mayo de 1948 en las Fuerzas de Defensa de Israel.

A media tarde del día 20 de junio, el Altalena fondeó frente a las costa de Kfar Vitkín para desembarcar pasajeros y la mayor parte de la carga, antes de poner rumbo a Tel Aviv. El Irgún había actuado por su cuenta, sin coordinación con las Fuerzas de Defensa de Israel. Precisamente ese día el Gobierno del país tuvo reunión. El dilema era claro. Se podía pasar por alto lo que había hecho el Irgún y seguir permitiendo libertad de acción a los grupos armados o había que tomar medidas, incluso aunque condujeran al enfrentamiento entre israelíes.

Israel existía como país independiente desde hacía poco más de un mes y podía verse abocado a una batalla fratricida en medio de una conflagración con varios países que el entonces secretario general de la Liga Árabe había proclamado, un año atrás, que sería una “guerra de exterminio”de la que se hablaría como de las “masacres mongolas”. El objetivo del Gobierno israelí era que desaparecieran las organizaciones armadas vinculadas a formaciones políticas para formar un sola fuerza armada, inspirada en la británica, con una cadena de mando única y jerárquica.

El 21 de junio, a las cuatro de la tarde, el primer ministro Ben Gurión ordenó atacar el Altalena. A bordo del buque se encontraba Menájem Beguín, uno de los líderes del Irgún. En la costa, dirigiendo las tropas gubernamentales, Isaac Rabin. Ambos serían, décadas más tarde, primer ministro de Israel. Hubo soldados que se negaron a cumplir las órdenes. Otros dudaron. Posiblemente nunca se sepa la secuencia exacta de los acontecimientos, pero hubo un intercambio de fuego entre buques de la Armada israelí, las fuerzas en tierra y los miembros del Irgún a bordo del Altalena, que terminó izando la bandera blanca y consumido por las llamas. El incidente se saldó con varios muertos en cada bando. Después del incidente del Altalena, miembros del Irgún pasaron por la cárcel y uno a uno los grupos armados judíos de Israel se disolvieron para integrarse en las Fuerzas de Defensa de Israel.

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Para entender la importancia de aquella jornada frente a las playas de Tel Aviv debemos remontarnos al “invierno revolucionario de 1919”, en palabras de Marianne Weber. A ella debemos la importante labor de recopilación y edición de los trabajos de su marido, Max Weber, uno de los padres de la sociología. En enero de 1919, Max Weber impartió una una conferencia ante la Asociación Libre de Estudiantes de Múnich. El texto fue publicado meses más tarde bajo el título La política como vocación. En ella encontramos la definición más célebre del concepto de Estado dentro de las Ciencias Sociales. Afirma Max Weber (v. El científico y el político, Alianza, Madrid, 2005, p. 84):

Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio (el ‘territorio’ es elemento distintivo), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la ‘violencia física legítima’.

El monopolio de la violencia legítima es la característica fundamental del Estado. Y aunque ciertamente Max Weber afirma “que “[e]l Estado es la única fuente del derecho a la violencia”, en su definición del Estado no se refiere a la legitimidad jurídica sino a la política. Es decir, un Estado se caracteriza no porque sea la única entidad en un territorio que promulga leyes sobre el uso de la violencia, sino por ser la única capaz de ejercer la violencia en un territorio con la aceptación de sus habitantes. Según Max Weber, el Estado, “[p]ara subsistir, necesita, por tanto que los dominados acaten la autoridad que pretenden tener quienes en ese momento dominan”.

La herida del incidente Altalena quedó abierta durante décadas y hay numerosas referencias en artículos de opinión actuales. En aquella hora crucial, el Estado de Israel prevaleció no sólo porque tenía mayores medios para ejercer la fuerza que los grupos armados, sino porque líderes como Menájem Beguín entendieron que para que el país sobreviviera tenían que dar un paso atrás. No hubo represalias armadas por parte de miembros del Irgún contra el Gobierno. Nadie se echó al monte entonces ni tras el fin de la guerra.

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El incidente Altalena ayuda a entender uno de los muchos obstáculos para la paz en el conflicto palestino-israelí. En 2005, Israel decidió evacuar a toda su población de la Franja de Gaza. Por primera vez, Israel se retiraba en aquella zona hasta las líneas del armisticio de 1949. El desalojo tuvo que realizarse en muchos casos por la fuerza. Militares y policías israelíes actuaron con petos y gorras azules con la bandera del país, como una forma de recordar que representaban la autoridad del Estado. Un año después, la Franja vivió un enfrentamiento armado entre la Autoridad Palestina, en manos del partido nacionalista secular Fatah, y los islamistas de Hamás. Estos últimos tomaron el poder, pero no detentan el monopolio de la violencia. Conviven allí varios grupos armados palestinos, algunos formados por islamistas aún más radicales que los de Hamás. ¿Llegará algún día el incidente Altalena palestino?

Fuente: Revista El Medio

¿Un Estado palestino o una tiranía islamista?

Cuando al novelista palestino Abad Yahiya publicó su cuarto libro, Crimen en Ramala, la Policía de la Autoridad Palestina requisó todos los ejemplares porque “amenazaba la moral”. El editor fue arrestado y se emitió una orden de detención contra el propio Yahiya. (Imagen: Wikimedia Commons).

por : Giulio Meotti

Tanto Naciones Unidas y la Unión Europea como los grandes medios de comunicación dan la impresión de que el principal obstáculo para la coexistencia en Oriente Medio es que vivan judíos en Judea y Samaria. Pero ¿han observado realmente estos conocidos observadores lo que está ocurriendo en las áreas donde gobierna la Autoridad Palestina, que dos tercios de los países del mundo quieren convertir en otro Estado árabe-islámico?

Hace poco, uno de los novelistas palestinos más brillantes, Abad Yahiya, vio cómo su cuarto libro, Crimen en Ramala, era confiscado por la Policía palestina en la Margen Occidental. La orden provino del fiscal general palestino, Ahmed Barak, que sentenció que el libro era “una amenaza contra la moral”. El editor de fue arrestado y se emitió una orden judicial de detener a Yahiya.

La novela gira en torno al asesinato de una joven palestina en Ramala, y sigue las vidas de otros tres jóvenes, entre los que hay un homosexual y un bebedor. La obra aborda tabúes palestinos como el fanatismo, el extremismo islámico y la homosexualidad. El joven gay que la protagoniza acaba yéndose a vivir a Francia.

El presidente de la Unión de Escritores Palestinos, Murad Sudani, atacó a Yahiya y pidió un castigo ejemplar, como el aplicado a Boris Pasternak y otros novelistas soviéticos. Según Sudani, la novela de Yahiya “quebranta los valores nacionales y religiosos”. “Mi libertad como escritor termina donde empieza la libertad del país”, añadió. Así que los escritores palestinos deberían comportarse como los ingenieros de almas soviéticos; éstos estaban al servicio del comunismo; aquéllos deben estarlo del extremismo islámico y la guerra palestina contra Israel.
“No sé qué hacer”, dijo Yahiya, que huyó a Qatar. “Si vuelvo, me arrestarán”.

Yahiya fue amenazado también en las redes sociales. Gasán Jader, usuario de Facebook, escribió en su página que “habría que matar” a Yahiya. Al parecer, Yahiya debería tener el mismo destino que el escritor argelino Tahar Djaut, asesinado por islamistas en 1994. El editor de Yahiya, Fuad Aklik, fue arrestado en una biblioteca “de manera humillante”.Según las informaciones, la Policía ha entrado en quinientas bibliotecas y librerías de la Margen Occidental para incautarse de todos los ejemplares de la novela.

La suerte corrida por Yahiya recuerda a la de muchos otros súbditos de la Autoridad Palestina:

  • Walid al Huseini es un bloguero palestino que pasó diez meses en la cárcel por el mismo delito por el que fueron asesinados los periodistas de la revista Charlie Hebdo: “Blasfemia”. Como el gay de la novela de Yahiya, Walid vive ahora en Francia, protegido y amparado por la libertad europea.
  • Haidar Ganem, activista por los derechos humanos, tuvo menos suerte. Lo mataron a tiros unos extremistas islámicos.
  • Mohamed Dayani, profesor que llevó a sus alumnos de visita educativa a Auschwitz, tuvo que dimitir para salvar la vida tras meses de campaña de amenazas de muerte, disturbios en los campus e intimidaciones. Rompió el tabú de la negación palestina del Holocausto. “Arriesgué mi trabajo para exponer la hipocresía en que vivimos”, declaró a Haaretz. “Decimos que estamos a favor de la democracia, pero ejercemos la autocracia; decimos que estamos a favor de la libertad de expresión y la libertad académica, pero prohibimos a la gente que las ejerza”.
  • Muchos activistas palestinos cristianos también han sido ultimados.

Podríamos seguir con la lista de intelectuales palestinos que han pagado un alto precio por atreverse a decir la verdad a Abás y a su círculo corrupto sobre muchos asuntos: la coexistencia con los judíos, el laicismo, la libertad sexual, la libertad de conciencia, los derechos humanos o contar la verdad sobre el Holocausto.

Famosos escritores israelíes como David Grossman, Amos Oz y Abraham Yehoshua, los peaceniks más mimados por los periódicos occidentales, en vez de culpar a su propio país, deberían preguntarse mismos qué significa el caso de Abad Yahiya para el conflicto árabe-israelí, y si deberían denunciar a la Autoridad Palestina.

Lo que le ha pasado con la novela de Yahiya contiene el verdadero motivo de que hayan fracasado las negociaciones entre israelíes y palestinos. Las negociaciones no tenían que ver con unas pocas viviendas en Judea y Samaria. Su fracaso es consecuencia del abismo entre una sociedad abierta –Israel– y un régimen cerrado –la entidad palestina–; entre una democracia basada en los principios liberales occidentales y una autocracia mafiosa basada en una dictadura islámica resuelta a destruir al Estado judío.

Y ese abismo es de sólo cuatro kilómetros de ancho: la distancia entre la ciudad palestina de Tulkarem y la ciudad israelí de Netanya.

Con la actual Autoridad Palestina, un Estado palestino haría una limpieza étnica de judíos, como hizo Jordania cuando atacó y capturó Jerusalén en 1948. Estaría encabezado por posibilitadores del Holocausto como Hamás, o por negacionistas como Mahmud Abás. Destruiría la libertad de conciencia de periodistas y escritores. Mandaría al exilio a los cristianos y a los homosexuales (cientos de gais palestinos viven dentro de la valla de seguridad de Israel). Torturaría a los presos árabes. Seguiría aceptando financiación de Irán y de extremistas islámicos suníes bajo la premisa de “Califato o muerte”. Impondría la sharia (la ley islámica) como única fuente de Derecho. Condenaría a muerte a la gente por “ateísmo” o “apostasía” (léase conversión al cristianismo). Seguramente, obligaría a las mujeres a llevar burkas o hiyabs como en Arabia Saudí. Homenajearía a los terroristas e infanticidas que asesinaron a 1.500 civiles israelíes en la Segunda Intifada. Aboliría las elecciones democráticas. Llenaría las bibliotecas de libros antisemitas y antioccidentales. Prohibiría beber alcohol en público y mandaría a funcionarios de paisano a parar a parejas jóvenes para pedirles el certificado de matrimonio, como en Irán.

¿Cómo se describiría ese Estado, si no como un régimen nazi? ¿Y cuál es el único país que habría de cargar sobre sus espaldas con la creación de dicho Estado? ¿El único Estado judío? ¡Por supuesto!

Traducción del texto original: Gatestone institute
Traducido por: Revista El Medio

Increíble: ¿Haz escuchado lo que dijo el nuevo presidente de Francia acerca de “Palestina”?

En vista de que no quería correr el riesgo de dañar la buena relación de Francia con Israel, el presidente francés, Emmanuel Macron, declaró que no va a reconocer un estado “palestino” en el corto plazo.

Israel hoy en día  los musulmanes árabes en los últimos años han tratado de conseguir que Francia asuma un papel central en el proceso de paz en Oriente Medio, confían en que la potencia europea liberal estaría entre los primeros en abrazar abiertamente un estado palestino. Sin duda, muchos pensaron, que las credenciales liberales de Macron significaba que iba a saltar a la oportunidad de ayudar a la luz “Palestina”.

Sin embargo, poco antes de asumir el cargo, Macron fue perfectamente claro en que no iba a hacer tal cosa. “El reconocimiento unilateral de Palestina, en este momento, va a socavar la estabilidad”, dijo Macron en una reunión política, añadiendo que no arriesgaría la relación de Francia con Israel para servir a la agenda palestina.

Está bien. El nuevo presidente liberal de Francia prefiere mantener buenas relaciones con Israel antes que reconocer a “Palestina”.

De hecho, Macron tiene aún la constancia de equiparar el antisionismo con el antisemitismo, insistiendo en que el odio al estado judío “conduce directamente al antisemitismo.”  Parece que la lista de aliados de los palestinos se está poniendo mas delgada.

Supongo que no veremos abrazos de oso en el corto plazo entre el líder de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas y Macron, como lo hizo con Hollande.

Fuente; Israel hoy en día

 

La “cultura de paz” de Abás

Mahmud Abás

Por Basam Tawil 

El presidente de la Autoridad Palestina (AP), Mahmud Abás, podría ser pronto conocido por su sentido del humor. Como muchos palestinos, Abás cree que los occidentales van a tragarse enteras sus mentiras. Así, terminó su reunión del pasado día 3 con el presidente de EEUU, Donald Trump, con la siguiente trola:

Estamos educando a nuestros jóvenes, hijos y nietos en una cultura de paz.

Abás no dio más detalles sobre la “cultura de paz” en la que se está educando a los niños palestinos. Tampoco nadie se molestó en pedir a Abás o a alguien de su entorno que pusiese ejemplos. Sin embargo, los principales medios occidentales corrieron a publicar la inconfundiblementira de Abás.

Parece que Abás –como su predecesor, Yaser Arafat– está convencido de que los palestinos pueden engañar a todo el mundo, todo el tiempo sobre sus verdaderos objetivos e intenciones. Arafat mintió a los presidentes George W. Bush y Bill Clinton cuando les dijo que él y la AP estaban promoviendo la paz y la coexistencia con Israel. Con Arafat, la incitación antiisraelí en los medios, colegios y mezquitas palestinos se intensificó al punto del desencadenamiento de la Segunda Intifada, en septiembre de 2000. Esta intifada fue resultado de los siete años de feroz incitación y adoctrinamiento que siguieron a la fundación de la AP. En un giro verdaderamente irónico de los acontecimientos, los Acuerdos de Oslo, firmados entre Israel y la OLP en 1993, dieron a los palestinos medios de comunicación –televisiones y radios incluidas– que éstos usaron a diario como altavoz del odio hacia Israel y los judíos.

Arafat utilizó esos medios para decirle a su pueblo, cuando el primer ministro israelí Ariel Sharón visitó el Monte del Templo, que Israel estaba planeando destruir la Mezquita de Al Aqsa. Fue precisamente ese tipo de incitación lo que desencadenó la Segunda Intifada, en la que los palestinos llevaron a cabo una campaña masiva y despiadada de atentados suicidas y tiroteos desde coches que causaron la muerte de cientos de israelíes.

Con Arafat, hubo cualquier cosa excepto una “cultura de paz”. Su mensaje a los palestinos fue: “¡Marcharemos hacia Jerusalén y sacrificaremos a millones de mártires por el camino!”.

A diferencia de muchos israelíes que fueron asesinados por los palestinos espoleados por Arafat, ese famoso grito de guerra sigue vivo y coleando. Hoy lo están repitiendo muchos palestinos –niños incluidos– en mítines y manifestaciones en la Margen Occidental y la Franja de Gaza. Esta llamada a las armas alienta abiertamente a los jóvenes palestinos a “marchar hacia Jerusalén” y convertirse en “mártires”.

Solo una semana después de la reunión de Abás con Trump, la facción Fatah –la del propio presidente de la AP– llamó a los palestinos a tomar las calles y enfrentarse a los soldados y colonos israelíes. El llamamiento se hizo en “solidaridad” con los presos palestinos que están en“huelga de hambre” en cárceles israelíes. La huelga de hambre es en realidad una jugada política en la pugna por qué terrorista será el sucesor de Abás. Los presos son terroristas, la mayoría con delitos de sangre; cuanta más sangre, más alto el ascenso.

En la lucha por el liderazgo palestino, haberte licenciado en una cárcel israelí es mucho más importante que haberlo hecho en la Universidad de Texas en Austin. El ex primer ministro de los palestinos Salam Fayad, economista y reformista venerado en Occidente, obtuvo sólo el 2% del voto palestino.

Al llamar al enfrentamiento con los israelíes, Fatah está incitando a los jóvenes palestinos a perpetrar ataques violentos contra soldados y colonos israelíes. Esta Fatah es la misma que dirige Abás; el mismo Abás que profiere embustes sobre la “cultura de paz”. Al expresar solidaridad con asesinos condenados y elogiarlos como referentes y héroes de los palestinos, la Fatah que lidera Abás está empujando a los jóvenes a seguir sus pasos y participar en la violencia.

Un día después de la reunión entre Abás y Trump, el actual primer ministro de la Autoridad Palestina, Rami Hamdala, participó en un acto en Ramala en solidaridad con los terroristas en huelga de hambre. En dicho acto, Hamdala declaró el pleno apoyo de la AP a los terroristasdiciendo que estaba trabajando para llamar la atención de la comunidad internacional sobre su causa.

Como Arafat, Abás sigue utilizando las supuestas pero inexistentes amenazas a la mezquita de Al Aqsa para incitar a los jóvenes palestinos contra Israel. En los últimos cincuenta años, los no musulmanes –incluidos los judíos– han podido visitar el Monte del Templo como turistas. Las visitas se suspendieron cuando empezó la Segunda Intifada, en 2000. Pero desde que se reanudaron las visitas turísticas, hace unos años, los musulmanes han estado tratando de impedir que los judíos se acerquen al lugar sagrado. Los musulmanes afirman que los judíos pretenden “destruir” y “profanar” la mezquita de Al Aqsa (en el Monte del Templo), una falsedad que se suma a la larga lista de mentiras y libelos de sangre difundidos por Abás y muchos musulmanes. Abás hizo sus declaraciones como respuesta no a un incidente en la mezquita de Al Aqsa, como él y otros palestinos dijeron: las visitas de los judíos al Monte del Templo son frecuentes y pacíficas.

En septiembre de 2015, Abás afirmó que celebraba “cada gota de sangre que se derramaba en Jerusalén”.

Poco después de estas declaraciones, los palestinos empezaron a librar una campaña de apuñalamientos y atropellos contra los israelíes, una violenta insurgencia conocida como Intifada de los Cuchillos. “Protegeremos Jerusalén y no les permitiremos [a los judíos] manchar [la mezquita de] Al Aqsa y la Iglesia del Santo Sepulcro con sus sucios pies”, anunciótramposamente Abás.

Aún no está claro por qué decidió involucrar a la iglesia en la polémica que rodea a las visitas de los judíos al Monte del Templo. Lo que sí está claro es que Abás estaba mintiendo: los judíos no habían entrado ni en la iglesia ni en la mezquita de Al Aqsa.

Desde aquellas provocadoras declaraciones de Abás, decenas de jóvenes palestinos han atendido su llamada y salido a llevarse por delante al primer judío que se encuentren. Abad tiene las manos manchadas de esa sangre. Fue él quien mandó a los jóvenes a “proteger” la mezquita de Al Aqsa contra los ficticios “invasores” judíos. Es él quien sigue hablando falsamente de “multitudes de colonos que irrumpen en la mezquita de Al Aqsa”: en realidad, pacíficas visitas rutinarias que hacen los judíos al Monte del Templo. Sin embargo, gracias a las falsedades de Abás, sus medios siguen hasta la fecha de hoy hablando falsariamente de “invasores judíos y colonos que irrumpen” en los lugares sagrados islámicos y cristianos de Jerusalén. Esto, y sólo esto, es la fuente de los apuñalamientos y atropellos contra los israelíes.

Esta es, evidentemente, la “cultura de paz” a la que se refiere Abás. ¿Cómo puede pronunciar una mentira tan flagrante cuando sus medios y altos cargos siguen deslegitimando a Israel y demonizando a los judíos día tras día? ¿Cómo exactamente está Abás promoviendo la paz, cuando su Autoridad Palestina pone a colegios y plazas públicas el nombre de terroristas palestinos con sangre judía en las manos? A principios de este año, por ejemplo, la Fatah de Abás puso a un campamento juvenil de Jericó el nombre Dalal al Mugrabi, terrorista que asesinó en 1978 a 38 civiles (13 de ellos niños) e hirió a más de 70.

Al homenajear a asesinos de judíos, lo único que está haciendo es promover una cultura de odio y violencia. Sin rodeos, su mensaje a los jóvenes palestinos es: cuantos más judíos matéis, más honor y respeto recibiréis de vuestro pueblo.

Abás habla de una “cultura de paz” en un momento en que él y su AP están incluso combatiendo todas las formas de normalización con Israel. Esta campaña contra la normalización, en Ramala y otras ciudades palestinas, pone en la diana a cualquier palestino que se atreva a reunirse con judíos (aunque sean judíos propalestinos). Opera exclusivamente bajo los auspicios del régimen de la AP. Esta campaña también promueve boicots, desinversiones y sanciones contra Israel. Su objetivo es intimidar a los palestinos que trabajan por la paz y la coexistencia con Israel y proscribir cualquier negocio con judíos. ¿Puede cualquier palestino invitar a judíos a reunirse en Ramala sin convertirse en objetivo de los matones antinormalización, de los cuales muchos están afiliados a la Fatah de Abás?

Tal vez por “cultura de paz” Abás se refiera a decir –como él y sus altos cargos dicen a menudo– que Israel es un Estado racista que practica el apartheid. A llamar a todos los judíos “ocupadores” y “colonialistas”, o a denunciar y amenazar a los niños palestinos que juegan al fútbol con críos israelíes. ¿O quizá a poner el nombre de asesinos condenados a colegios y listas electorales? Todo eso parecen maneras cuestionables de promover su “cultura de paz”.

Con Abás, la incitación y el adoctrinamiento antiisraelíes son un negocio que ha crecido exponencialmente. De hecho, ha crecido hasta el punto de que se ha criado a una nueva generación en la glorificación de los yihadistas, una generación impaciente por derramar aún más sangre judía. Si esta es la “cultura de paz” de Abás, uno se pregunta qué considerará una cultura de guerra.

© Versión original (en inglés): Gatestone Institute
© Versión en español: Revista El Medio