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¿El más bochornoso libro jamás escrito sobre Oriente Medio?

El dictador sirio, Bashar al Asad.

Por Daniel Pipes

“Oriente Medio es la tumba de los vaticinios”, dice el editor y escritor izquierdista Adam Shatz. Y lo es por su volatilidad (en 2014 nadie imaginaba que, once siglos después, iba a emerger un nuevo califato) y depravación (el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, desató una cuasi guerra civil contra los kurdos para conseguir unos cambios constitucionales que no necesitaba).

En parte, también, las predicciones fallan por la general incompetencia de los expertos. A menudo carecen del mero sentido común que les permitiría ver lo evidente. Sirva como ejemplo el embeleso colectivo ante el ascenso de Bashar al Asad a la Presidencia de Siria en el año 2000.

Algunos analistas de la política siria expresaron su escepticismo ante la capacidad de un oftalmólogo de 34 años para gestionar la “desoladora estabilidad represiva” que heredó de su dictatorial padre, que gobernó durante treinta años, y sugirieron que las “hondas tensiones en la sociedad siria (…) podrían explotar luego de la desaparición del duradero dictador”.

Pero la mayoría de los observadores vieron en el joven Asad a un tipo decente, aun humanitario. David W. Lesch, académico que disfruta del título de Profesor Distinguido Ewing Halsell de Historia de Oriente Medio en la Trinitiy University de San Antonio, Tejas, comanda este grupo singular. Lesch se hizo amigo del joven hombre fuerte, lo que le permitió disfrutrar de lo que su editor denominaba “un acceso único y extraordinario al presidente de Siria, a su círculo y a su familia”.

Esas largas horas de conversación tuvieron por consecuencia un libro, The New Lion of Damascus: Bashar al-Asad and Modern Syria (El nuevo León de Damasco: Bashar al Asad y la Siria Moderna; Yale University Press, 2005), que recibió los elogios de colegas de Lesch como Moshé Maoz, de la Universidad Hebrea, que lo encontró “muy informativo y perspicaz”; Curtis Ryan, de la Appalachian State Univesity, que lo calificó de “revelador”, o James L. Gelvin, de UCLA, que lo ensalzó como “un relato extraordinariamente legible y oportuno”. Un prestigiosothink tank de Washington organizó un debate sobre los hallazgos del texto.

Pero el paso de estos doce años, la mitad de los cuales han sido testigos de la monstruosa brutalidad de Asad en la guerra civil más mortífera de los últimos tiempos, ofrece una perspectiva muy diferente para evaluar el desempeño de Lesch.

Asad respondió a las manifestaciones pacíficas contra su régimen que se iniciaron en marzo de 2011 no con reformas sino con despiadada fuerza. El número total de muertos en la guerra asciende a unos 450.000, de una población de 21 millones antes del conflicto. El salvajismo personal de Asad ha sido la clave del mismo; gracias a su control de los cielos, se estima que sus tropas han sido responsables del 90% de las muertes.

Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, más de cinco millones de sirios han sido objeto de desplazamiento y otros 6,3 millones han abandonado el país, provocando crisis en países tan distintos como Jordania, el Líbano, Turquía, Grecia, Hungría, Alemania o Suecia.

A la luz de este pavoroso prontuario, el relato de Lesch contiene numerosos pasajes que revelan una extrema candidez y un peor juicio. Lesch evaluó al señor Asad como si fuese un colega universitario y le dedicó adjetivos como “compasivo”, “probo”, “modesto”, “inocente” y “moralmente bueno”. Describió a Asad como “un hombre de gran integridad personal”, “sinceridad atrayente” y con “un proyecto para el futuro de su país”. Quienes se encuentran con él, nos decía, quedan impactados por “su cortesía, humildad y sencillez”. “El comportamiento matonesco (…) asociado a su padre no forma parte del carácter de Asad”, añadía.

También en la intimidad era ejemplar Asad. “Cambia los pañales y se levanta en plena noche para aplacar a los niños cuando lloran (…) Durante todo el primer año [de vida de su hijo], Bashar no dejó una sola vez de darle su baño diario”.

Además, estaba culturalmente en la onda occidental: “Así como le gusta la música de Phil Collins, disfruta de Kenny G, Vangelis, Yanni, algunas piezas clásicas y la música árabe de los 70. Ama el rock clásico, empezando por los Beatles, Supertram y los Eagles, y tiene todos los discos de Electric Light Orchestra”. En cuanto a su mujer, Asma, “ciertamente parece compartir el llamamiento de su marido a hacer todo lo que esté en su mano para hacer de Siria un lugar mejor para sus hijos y nietos”.

Hay que reconocerle a Lesch que reconocía la posibilidad de que se produjera una implosión, “con una inestabilidad del régimen que podría llevar a una guerra civil”. Pero rechazaba este escenario porque “la oposición al régimen dentro de Siria (…) está dividida y es relativamente débil”.

No es de extrañar que New Lion, un monumento a la humillación académica, esté fuera de circulación y que haya desaparecido de la web de Yale University Press. Sí lo es que en 2012 Yale volviera a confiar en Lesch para otra obra magna, esta con el desdichado título de Syria: The Fall of the House of Assad (Siria: la caída de la Casa de Asad).

PS: Para un análisis más profundo de estos dos libros de Lesch, véase David Schenker, “The New Arabists” (Commentary, noviembre de 2012). Ahí, Schenker indica que los elogios que vertía Lesch sobre Asad ya en 2005 se produjeron

después de que Bashar diezmara sistemáticamente la sociedad civil siria mediante arrestos masivos de participantes en la denominada Primavera de Damasco, en 2001 y 2002. Mientras Lesch se deshacía en elogios del Nuevo León de Damasco, las luminarias del emergente movimiento prodemocrático sirio languidecían en las mazmorras de Asad; el régimen torturaba y asesinaba al prominente clérigo kurdo antiasadista Shuwayhat Jaznawi y sus amigos de Hezbolá asesinaban en el Líbano ocupado por la propia Siria al ex primer ministro libanés Rafiq Hariri.

© Versión original (en inglés): danielpipes.org
© Versión en español: Revista El Medio

¿Por qué me temo que la descontrolada inmigración musulmana está provocando de nuevo fuerzas oscuras en Italia, una tierra que amo.

El Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker (en la foto), ha alabado a la gente de Italia por sus acciones heroicas ” sobre la crisis de los migrantes”

Por SARAH VINE

Ayer, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, elogió al pueblo de Italia por sus acciones ‘heroicas’ en favor de la crisis migratoria, prometiendo ‘solidaridad’ y declarando, con una hipocresía espectacular incluso muy a pesar de sus propias normas: ‘Viva l’ Italia!’

El país famoso por tener forma de bota, podría ser perdonado por estar apuntando con firmeza en la dirección de las regiones inferiores de este caballero. Él, y todos los demás funcionarios electos de la UE, han hecho la vista gorda a una nación que, a causa de su accidentada geografía, se lleva la peor parte de la afluencia de personas provenientes desde Libia y el norte de África.

Sólo este año, 84.000 han aterrizado en suelo italiano, un aumento del 20 por ciento en comparación con el año pasado. Y sigue siendo sólo el comienzo de julio.

En Reggio, 1.500 personas llegaron en el transcurso del último fin de semana, casi el 1 por ciento de la población de esa ciudad. Las cosas están tan mal, que las autoridades se vieron obligadas a ponerlos en el hospital local de A & E.

¿Se imaginan si esto estuviera ocurriendo aquí en el Reino Unido? Habría ultrajes. Es admirable, entonces, la bondad infinita del pueblo italiano. Sin embargo, incluso su paciencia es limitada. El gobierno italiano ha declarado ahora que si algo no cambia pronto, se verán obligados a cerrar sus puertos y retener los barcos de rescate.

Esta no es una decisión que nadie tomaría a la ligera, pero los italianos no tienen otra opción. Durante años, han estado pidiendo la ayuda de Bruselas. Y durante años, sus peticiones han caído en saco roto.

Sin embargo, una de las principales justificaciones de la UE, barajadas en torno a cada paso por el campo de Permanecer en ella durante el Referéndum, es que actúa como unificador socioeconómico de los muchos diferentes países que caen bajo su paraguas. Que su preservación es una salvaguardia fundamental contra las divisiones que desgarraron a Europa en el siglo 20.

Sin ella, se nos dice sin cesar, Europa descendería en el caos.

inmigrantes rescatados llegaron a Reggio Calabria en Italia el lunes, mientras las cifras recientes muestran 84.000 migrantes han aterrizado en suelo italiano este año 

Inmigrantes rescatados llegaron a Reggio Calabria en Italia el lunes, mientras las cifras recientes muestran que 84.000 migrantes han aterrizado en suelo italiano este año 

De hecho, lo opuesto es verdad. Es precisamente debido a la incompetencia y a la espectacular parálisis inducida de Juncker y compañía, que Italia se ve obligada a enfrentar sola una crisis humanitaria de proporciones casi bíblicas.

Bruselas ha fracasado repetidamente en movilizar a todos sus países miembros, unidos ante cualquier tipo de búsqueda u operación de rescate. Ni siquiera ha sido capaz de detener a estados miembros como Polonia, Hungría y la República Checa (que no son exactamente tímidos para disfrutar de sus derechos a la libertad de movimiento) de negarse a tomar aunque sea a un solo migrante. Oh, está bien, la República Checa ha tomado 12. De los más de medio millón.

Francia y Suiza, también, han apartado sus caras lejos de su vecino, cerrando sus fronteras a los inmigrantes de Italia; Austria ayer se trasladó a hacer lo mismo.

Ninguno de estos paises es de ninguna utilidad para la pobre Italia. Tampoco ayudarán a aliviar las tensiones sobre el terreno allí. Muchos en el empobrecido sur ya se están volviendo resentidos con los recién llegados, 70 por ciento de los cuales, tal como las Naciones Unidas admitió esta semana, no son refugiados, sino emigrantes económicos.

Pero Italia, donde pasé gran parte de mi infancia, es una tierra de la que mana leche y miel en la actualidad. Calabria, por ejemplo, que es un gran imán para los traficantes de personas, tiene el mayor desempleo de jóvenes en Europa, un 65 por ciento. La única cosa que realmente no necesitan es aún más jóvenes que ronden alrededor de las esquinas de la calle.

No es de extrañar que todos los italianos con los que yo hablé, no quieran hablar más nada. Se sienten enojados, frustrados, amenazados. Ellos ven que su cultura se está erosionando, su país está siendo traicionado por los mandatarios vestidos con trajes finos y bien alimentados en Bruselas.

Está aumentando el descontento, las fuerzas oscuras están aumentando de nuevo. Y para un país en el que la memoria de Mussolini nunca ha estado muy por debajo de la superficie, esto no es un buen augurio.

Fuente: Daily Mail Online

Relaciones EEUU-Israel: los arabistas jamás desaparecen

Por Mitchell Bard 

Siempre disfruto escuchando al ex-embajador de EEUU en Israel Daniel Kurtzer cuando habla de la política de Estados Unidos sobre Oriente Medio, porque da cuenta con erudición de la esencia de la perspectiva arabista. En una mesa redonda de la conferencia organizada recientemente por la Association of Israel Studies en Brandeis, Kurtzer aseveró que el problema de las relaciones entre EEUU e Israel es que los israelíes son poco diplomáticos y no siguen el consejo de EEUU.

Cuando sugerí que este análisis reflejaba el desacreditado punto de vista de los arabistas, Kurtzer dijo condescendientemente que los arabistas ya no existen. Después afirmó que la relación entre EEUU e Israel se había fortalecido con la Administración Obama.

A riesgo de sonar igualmente condescendiente, diré que parece que el embajador se pasó durmiendo los ocho años de la Administración Obama.

En el acto de Brandeis, Kurtzer recitó una letanía de ejemplos de la mala conducta de los israelíes; por ejemplo, que Netanyahu no siguiera el protocolo al organizar su comparecencia en el Congreso de EEUU y después utilizara ese foro para atacar la postura del presidente Obama sobre Irán. Acepté que los israelíes puede que no sean diplomáticos —una idea tan sorprendente como que se juegue en el café de Rick—, pero apunté que Estados Unidos no está en condiciones de sermonear a los israelíes sobre sutilezas diplomáticas. En lo que respecta a Israel, nuestro Gobierno se comporta de forma excepcionalmente antidiplomática. El Departamento de Estado condena públicamente la política israelí de forma habitual; a ninguna otra democracia occidental se le trata con el mismo desdén y falta de respeto.

Otra cosa que dijo Kurtzer —que Israel tiene la desfachatez de no seguir el consejo de EEUU— es arquetípica del pensamiento arabista. Se predica sobre la base de que Estados Unidos sabe lo que más conviene a Israel, y que Estados Unidos tiene que salvar a Israel de sí mismo, como dijo famosamente George Ball. EEUU no presume de decir a los europeos qué tienen que hacer, así que, ¿por qué Kurtzer cree que EEUU tiene derecho a dictar sus políticas a Israel, o que los israelíes deben aceptar esas instrucciones?

Es irónico que Kurtzer dijera eso en el 50º aniversario de la Guerra de los Seis Días, dado que el presidente Lyndon Johnson aconsejó a Israel que no fuese a la guerra. Si Israel hubiese hecho caso a Johnson, probablemente habría sufrido pérdidas catastróficas con la invasión de Egipto y Siria, en lo que se había prometido sería una guerra de exterminio. Es más: si Israel hubiese hecho caso a EEUU y no hubiera actuado como nación soberana en defensa de sus propios intereses, el reactor nuclear iraquí no habría sido destruido y, en vez de negociar un tratado con Sadat, Menájem Beguin habría asistido a una conferencia internacional donde la paz habría sido vetada por otros líderes árabes.

Ante la ilógica afirmación de que los arabistas pasaron de moda hace años, uno sólo tiene que recordar las políticas y las declaraciones de Obama, y a los miembros de su Administración. Por ejemplo, su Pentágono —otro nido de arabistas— elaboró un documento que decía que el conflicto palestino-israelí tenía una influencia negativa sobre los intereses estadounidenses en la región, y que la percepción de favoritismo hacia Israel daba alas al sentimiento antiamericano.

Esto recordaba a la década de los cuarenta, cuando el Pentágono intentó sabotear el apoyo del presidente Harry Truman a la creación de un Estado judío lanzando graves advertencias sobre la necesidad de enviar tropas estadounidenses para hacer efectiva la partición. Después de que la Liga Árabe amenazara con negar derechos sobre los gasoductos a las empresas americanas si el Gobierno de EEUU no cambiaba de política, el entonces secretario de Defensa, James Forrestal, advirtió de que los estadounidenses tendrían que conducir coches de cuatro cilindros sin petróleo de Oriente Medio.

En su último discurso sobre política exterior, el secretario de Estado de Obama, John Kerry, arremetió contra Israel —el aliado más próximo de Estados Unidos en Oriente Medio— durante más de una hora. Ignoró todos los demás asuntos de la política exterior estadounidense y dedicó el discurso entero a despotricar contra Israel por su trato a los palestinos. Mientras Kerry hablaba con desprecio de la democracia israelí, no se le ocurrió decir nada sobre Mahmud Abás o Hamás por cancelar las elecciones y arrestar, exiliar o matar a la oposición.

Ahora bien, la expresión más nítida de la mentalidad arabista vino del propio Obama. En 1951, G. Lewis Jones, del Departamento de Estado, explicó que la política de EEUU se basa “en el supuesto de que Israel necesita la paz más que los países árabes” y en que sería Israel, y no los árabes, quien tendría que hacer concesiones “a fin de obtener esa paz, puesto que los árabes están determinados a no llegar a un acuerdo” con el Estado judío. De forma similar, Obama dijo que Israel está en una posición de fuerza, y que, por lo tanto, los israelíes están en condiciones de “asumir algunos riesgos por la paz”.

Como señaló Dennis Ross, la animadversión de Obama hacia Israel era tan evidente para los israelíes, que estos dejaron de creer que pudieran contar con el apoyo estadounidense en una crisis y, por lo tanto, no estaban dispuestos a asumir riesgos por la paz, cosa que Obama esperaba que hiciesen voluntariosamente sin que hubiese una correspondencia por parte palestina.

Mientras que los arabistas siempre han sostenido que desarrollar relaciones más estrechas con Israel perjudicaría nuestros lazos con los países árabes, la hostilidad de Obama hacia Israel no hizo nada por la mejora de las relaciones árabe-estadounidenses. En su lugar, sus políticas alejaron a nuestros aliados árabes y provocaron que los países del Golfo e Israel hicieran causa común contra la agenda de Obama.

Puede que usted crea que las cosas han cambiado con la Administración Trump, pero los arabistas ya han demostrado su capacidad de resistencia convenciendo al presidente de que le pida a Israel que restrinja la construcción en los asentamientos y reniegue de su promesa de trasladar la embajada de EEUU a Jerusalén. Kurtzer debería estar contento, porque Israel ha respondido con más diplomacia y hecho caso a la advertencia de Trump en relación con los asentamientos.

Si Israel quiere alcanzar la paz, defender a sus ciudadanos y preservar su soberanía, podría llegar el momento en que sus líderes tuvieran también que hablar con franqueza —o sin diplomacia— a los funcionarios de esta Administración, ignorar el consejo de Trump y actuar basándose en el análisis de los intereses de su país.

© Versión original (en inglés): The Algemeiner
© Versión en español: Revista El Medio

Trump rompe el molde diplomático

Barack Obama y Donald Trump.

Por Noah Rothman 

Tal vez no haya nada que una clase mundial de diplomáticos calcificados aprecie más que la sutileza y los matices. La gira de Donald Trump por las tres principales capitales religiosas del mundo ha sido lo menos sutil y matizada que quepa imaginar. Para muchos diplomáticos veteranos, este ingenuo esfuerzo de la Administración por forjar la paz es muy peligroso, posiblemente más de lo que piense la propia Administración. Puede. O puede también que el presidente y su equipo estén prescindiendo de una convención osificada en un campo que necesitaba desesperadamente ideas frescas. Completado el primer tramo de la gira teológica mundial de Trump, no es imposible que algo nuevo esté tomando forma.

En Arabia Saudí, Donald Trump hizo la danza de la espada, tocó una inquietante esfera luminosa y pronunció, en el corazón del mundo islámico, un discurso sobre el terrorismo islámicocuidadosamente adaptado que fue razonablemente bien recibido. Además, se reunió con los líderes de Egipto, Kuwait, Qatar y Bahréin, entre otros destacados actores regionales.

Ahora bien, lo que hizo Trump en el reino saudí es menos interesante que la acogida que le brindaron los saudíes.

A su llegada, Trump recibió una bienvenida majestuosa. El rey Salman soportó a pie de pista los 38º de temperatura que marcaba el termómetro para recibirlo personalmente. Una banda de música tocó ante los dos líderes mientras unos cañones lanzaban salvas y siete aviones saudíes dejaban una estela roja, blanca y azul por sobre sus cabezas. El presidente y el rey se subieron a la limusina presidencial y juntos acudieron a una extravagante ceremonia en la corte saudí, donde se prodigaron atenciones incluso a los ayudantes del presidente.

El deliberado contraste que supone esta recepción con la de la visita de Barack Obama en 2014 fue muy marcado. A la llegada de Obama, el rey Salman envió sólo a un sobrino lejano, el gobernador de Riad, para que recibiera al líder del mundo libre. La Casa Blanca de Obama hizo lo que pudo por salvar la cara, pero el desaire fue una clara señal de las tensiones que rodeaban el acuerdo nuclear con Irán, la carnicería siria –aún en curso– y la antipatía explícita de Obama hacia el Reino como país que no merece una alianza con Estados Unidos.

Desde Arabia Saudí, Trump viajó directamente a Israel –todo un vuelco en las convenciones al uso–, donde también fue recibido cálidamente. El primer ministro Netanyahu y su mujer recibieron al presidente y a la primera dama en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión de Tel Aviv. Aprovechando sus declaraciones junto a Trump para lanzar un reproche velado a Obama, Netanyahu dijo: “Apreciamos la reafirmación del liderazgo norteamericano en Oriente Medio”.

Obama llegó a la presidencia con el objetivo de crear un nuevo equilibrio de poderes en la región que permitiera a Estados Unidos retirarse de allí con seguridad. La manifiesta creencia del expresidente de que la alianza de EEUU con Israel “erosiona nuestra credibilidad ante los países árabes”, unida a su desconfianza hacia países árabes suníes como Arabia Saudí y Egipto, le dejó pocas vías para conseguir ese objetivo. Hay una ironía cósmica en que el ensimismamiento de Obama haya abierto una dinámica radicalmente nueva y peligrosa en Oriente Medio. En términos conceptuales, la estrategia que está siguiendo Trump en Oriente Medio diverge sensiblemente de la de sus predecesores. Así, está abandonando la idea de que no puede haber una solución a la hostilidad del mundo árabe hacia Israel sin crear primero un Estado palestino.

Ya en febrero, fuentes de la Administración empezaron a proveer detalles a la prensa sobre la propuesta de una alianza militar suní para contrarrestar el extremismo islamista y la emergencia de Irán. Esa alianza incluiría a países con relaciones no congeladas con Israel, como Egipto y Jordania, y a países, como Arabia Saudí y los Emiratos, que no reconocen el Estado judío. Según unas explosivas y recientes informaciones, la perspectiva de una relajación radical en las tensiones entre Israel y el mundo árabe es real.

Como explicó en su momento Evelyn C. Gordon, a cambio de tecnología e información israelíes, un alivio en el bloqueo sobre Gaza y el cese de la construcción en algunos asentamientos, la alianza suní “establecería vínculos de telecomunicación directa con Israel, permitiría a los aviones israelíes sobrevolar [esos] países, levantaría ciertas restricciones comerciales y quizá concedería visados a atletas y empresarios israelíes”. Y todo esto sucedería sin que cambiara prácticamente la realidad palestina. Aun sin la seguridad de conseguir algún progreso hacia la paz en la región, ese paso no se puede desandar.

Donald Trump no es el primer presidente americano que se beneficia de una gran cordialidad sólo por no ser su predecesor. En lo que respecta a Oriente Medio, las crisis y el caos tienen la costumbre de hundir incluso los planes mejor trazados. La proyección de poder de Irán sobre lugares como Irák, el Yemen y Siria ha creado nuevas vías de cooperación entre poderes adversarios con un enemigo común en Teherán. Si Trump puede traducir esta nueva realidad en un logro tangible (y ese si es enorme), tendrá un poderoso argumento para defender su presidencia y un segundo mandato.

El presidente Trump ha desatado la cólera de los críticos, sobre todo en materia de política exterior. Es el diplomático “menos diplomático del mundo”, y ha adoptado una “diplomacia patosa” antiliberal y estratégicamente inepta. De hecho, su “rechazo de la diplomacia tradicional en pro de su propio y distintivo estilo brusco ha incurrido en costes sin ninguna contrapartida beneficiosa visible”. En su artículo “Is This the End of the Free World”, Abe Greenwald demostró que Trump tiene la terrible y lamentablemente conocida costumbre de alejar a los aliados naturales de Estados Unidos. Es un rasgo desagradable de una visión del mundo distorsionada, y podría resultar en la pérdida continuada de fe aliada en la visión y autoridad de Estados Unidos. Por ahora, sin embargo, no sólo es que Oriente Medio esté obviamente encantado por que haya acabado la era Obama, sino que ha dado a Donald Trump la oportunidad de un verdadero triunfo diplomático. Una presidencia auténticamente exitosa en Oriente Medio podría empezar con el abandono de un manual diplomático gastadísimo y muy pesado.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio

Trump y el apoyo de los cristianos a Israel

Pulsera de apoyo a Israel.

Trump y el apoyo de los cristianos a Israel

El presidente estadounidense ha tenido varios gestos importantes en su visita a Jerusalén, que Ronn Torossian expone en esta colaboración para Israel National News.

Las visitas [de Trump al Santo Sepulcro y al Muro de las Lamentaciones] trazaron una imagen de herencia mutua e historia compartida entre cristianos y judíos, y sirvieron para acercar a los cristianos americanos al Estado judío. Cristianos y judíos no solo comparten una herencia, también un futuro en el que ambas creencias están amenazadas.

Los cristianos son asesinados en Egipto e Irak. En Europa, los judíos sufren ataques, y en la antigua Unión Soviética siguen atrapados por el antisemitismo endémico y la discriminación.

(…)

Con gestos como la visita de Trump a esos lugares sagrados, los lazos entre cristianos y judíos se harán más fuertes y profundos. Esa es una buena política para Trump y también para el futuro de Israel y del pueblo judío.

El analista de Israel Hayom Shlomo Cesana resume en este artículo las principales ideas que el presidente estadounidense ha dado a conocer, junto al primer ministro israelí, en relación con los problemas actuales de Oriente Medio.

En primer lugar, Trump dijo que no permitiría a Irán desarrollar armas nucleares y llamó al acuerdo nuclear de 2015 pergeñado por su predecesor, Barack Obama, un terrible error.

(…)

Trump también aludió en la misma frase a Hezbolá, Hamás, el Estado Islámico e Irán como terroristas o elementos patrocinadores del terrorismo. Antes de visitar Israel, Trump visitó Arabia Saudí, y allí (…) estaba en su agenda [forjar] una alianza suní contra Irán y los extremistas chiíes.

En el segundo asunto importante –las negociaciones con los palestinos–, la oficina del primer ministro [israelí] está igualmente satisfecha.

Trump parece haber adoptado el nuevo plan de Netanyahu para una solución regional que podría llevar a un acuerdo global bajo los auspicios de los Estados árabes moderados.

(…)

Las próximas semanas dirán si Trump es capaz de lograr lo imposible o si nada ha cambiado en Oriente Medio.

El analista turco Murat Yetkin hace referencia en este artículo al plan entregado por las autoridades europeas a Erdogan para que acometa reformas sustanciales, así como al incidente protagonizado por los guardaespaldas del presidente turco en Washington.

El plan de 12 meses que los líderes europeos han entregado a Erdogan, y que ahora será examinado por el Gobierno turco, contiene probablemente no solo los pasos que la UE ha de dar para cumplir el acuerdo migratorio (como flexibilizar las visas y la apertura de nuevos capítulos en el proceso de adhesión), también los que ha de dar Turquía, especialmente en el ámbito de los derechos y las libertades [de los individuos]. (…)

¿Qué ocurrirá si ese plan anual fracasa? Nadie puede saberlo ahora, pero al menos tenemos un año de esperanza para mejorar la situación de los derechos y libertades en Turquía, junto con los lazos con la UE.

(…)

La tensión subió cuando el Comité de Asuntos Exteriores del Capitolio aprobó una resolución no vinculante condenando la violencia de las fuerzas de seguridad turcas en el incidente del 25 de mayo [cuando agredieron a manifestantes a las puertas de la embajada turca en Washington], el mismo día en que la OTAN se reunía en Bruselas (…).

(…) La acumulación de tales problemas no ayuda a mejorar a Turquía, tampoco su imagen exterior o sus relaciones con el mundo occidental, al que quiere pertenecer. La política exterior turca, ahora en manos de Erdogan, tiene que hacer una revisión y adoptar nuevas medidas para responder apropiadamente al injusto tratamiento de la nación turca en el exterior debido a estas crisis.

Fuente: Revista El Medio

¿Conseguirá Trump crear un nuevo Oriente Medio?

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Por Eli Cohen 

Trump tiene planes para Oriente Medio y parece que los está llevando a cabo. Para su gira regional, eligió los destinos cuidadosamente con un objetivo claro: afianzar el entendimiento entre los países suníes (Egipto, Jordania y los países del Golfo encabezados por Arabia Saudí) e Israel para combatir al terrorismo islámico, especialmente al ISIS, contener la expansión de la influencia iraní y lograr un acuerdo definitivo y de alcance regional para que, de una vez por todas, israelíes y palestinos firmen una paz estable.

De Riad a Belén, pasando por Jerusalén

La primera parada de la gira, Riad, fue el escenario perfecto para que Trump desplegara su narrativa para el nuevo Oriente Medio que quiere forjar. Trump destacó que la lucha contra el terrorismo yihadista es “una lucha del bien contra el mal”, y dijo ante los saudíes que no iba a dar lecciones (enfoque aislacionista y westfaliano ante las violaciones de derechos humanos y la falta de libertades en la monarquía saudí, es decir, política exterior America First) sino a buscar aliados.

Satisfecho por el recibimiento saudí, Trump se dirigió posteriormente a Israel. En la rueda de prensa conjunta entre Trump y Netanyahu, celebrada en Jerusalén, el premier israelí dijo: “Por primera vez en mi vida veo una verdadera esperanza de cambio”. No sabemos el alcance del famoso “acuerdo definitivo” que propugna el inquilino de la Casa Blanca, ni los detalles del mismo (the devil is in the details); pero Netanyahu se muestra extraordinariamente optimista. Además, para más alegría de Bibi, Trump también ha sido el primer presidente norteamericano en ejercicio en visitar el Muro de las Lamentaciones, ubicado en Jerusalén Este, territorio reclamado por los palestinos como su futura capital.

Por su parte, Mahmud Abás, el presidente palestino, ha entablado, aparentemente, una buena relación con Trump. Sin embargo, en su encuentro en Belén el norteamericano le dio un tirón de orejas al manifestar que la paz no llega a sitios donde el terror es recompensado, en clara referencia a los salarios que la Autoridad Nacional Palestina paga a los terroristas palestinos y a sus familias. En la ciudad de la Natividad, Trump declaró que un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos sería el principio de una paz regional más amplia. En su último discurso antes de partir, aseguró a los israelíes que “los palestinos están preparados para alcanzar la paz”.

¿Una estrategia posible?

El plan de la Administración Trump parece simple y lógico: los países suníes aceptan a Israel –Egipto y Jordania ya lo hacen– y son los garantes y patrones de un acuerdo con los palestinos. A cambio, EEUU no se inmiscuye en sus asuntos internos, les procura ayuda militar y económica e intensifica su apoyo a estos países para derrotar al ISIS y contener a Irán.

La estrategia de Trump es una reordenación de las alianzas en Oriente Medio, según Aaron David Miller, uno de los mayores expertos en el conflicto entre israelíes y palestinos, es coherente, pero –apunta el analista– eso no significa que vaya a funcionar.

No es tan fácil que se establezca un entendimiento fluido entre Israel y los países del Golfo, pese a la colaboración y los negocios soterrados de los últimos años, sobre todo en lo referente a contener a un Irán cada vez más crecido, empoderado e influyente. Tampoco es tan fácil que todos los países del Golfo se vuelquen incondicionalmente en la lucha contra el Estado Islámico –muchos lo ven como un contrapeso a Irán–, y sus fuerzas militares no son precisamente efectivas –la campaña en el Yemen contra los rebeldes huzis ha sido un desastre–. Israel puede proporcionar inteligencia y cierta ayuda, pero está lejos de expandir su colaboración a otros niveles más altos e intensos.

Enfrente tienen a un bloque que parece más fuerte, cohesionado y exitoso: el formado por Irán, el Irak chií, Siria y Hezbolá, con el respaldo ruso.

A pesar de ello, si se logra un entendimiento basado en el mutuo reconocimiento y en la cooperación regional, giraría en torno a la independencia política plena de los palestinos. Los países suníes pueden presionar a los palestinos para que acepten las condiciones sugeridas por Trump, pero hasta un determinado límite, más aún cuando Egipto y Jordania, principalmente, desempeñarían el papel de garantes. El acuerdo definitivo iría precedido de uno interino, por el cual Israel restringiría la construcción en los asentamientos, llevaría a cabo ciertas cesiones de territorio a la Autoridad Palestina en Cisjordania y aumentaría los incentivos económicos a los palestinos. Sin embargo, estos avances no significarán nada si el liderazgo palestino no está dispuesto a cumplir con la aburrida tarea de administrar un país; recordemos lo que Bill Clinton dijo el año pasado: ”Me dejé la piel para que los palestinos tuvieran un Estado y aun así lo rechazaron”.

No obstante, además de las cuestiones perennes del conflicto, como Jerusalén Este, los refugiados palestinos o el control del valle del Jordán, todavía quedan muchas incógnitas; la primera de ellas es Gaza y el papel de Hamás, aislado ahora de la Hermandad Musulmana pero fiel cliente de los iraníes.

El cambio viene desde dentro

Sea o no fructífera la estrategia trumpista para Oriente Medio, tiene razón el presidente norteamericano: el cambio debe originarse desde dentro. Así, en su despedida hizo un llamamiento –en el que no ahorró en elogios hacia la gesta del pueblo judío durante los últimos dos mil años y su renacimiento en el Estado de Israel– a cristianos, musulmanes y judíos a crear un mundo mejor y destacó el compromiso que ha obtenido del rey Salman para ello.

No queda más remedio que esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Y eso, en la era Trump, ya es garantía de sorpresas.

Fuente: Revista El Medio

¿Por qué está desapareciendo el cristianismo en Oriente Medio?

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El pasado 9 de abril, el Estado Islámico perpetró dos atentados suicidas contra sendas iglesias coptas en Alejandría y Tanta, al norte de Egipto. Los ataques terroristas simultáneos dejaron 45 muertos y más de un centenar de heridos. Es la última carnicería -hasta el momento- perpetrada por el yihadismo contra la minoría copta de Egipto, que a pesar de su peso demográfico (el 10% de la población) sufre las discriminaciones habituales en los países de mayoría musulmana.

Los propios cristianos coptos protestan habitualmente contra el tratamiento injusto que reciben de las autoridades, en un país en el que su documento nacional de identidad los caracteriza como no musulmanes. Las agresiones de sus vecinos islamistas suelen quedar impunes, les está vedado el acceso a la mayoría de puestos de la Administración y las leyes religiosas hacen virtualmente imposible no ya construir nuevas iglesias, sino simplemente restaurar las ya existentes.

La discriminación pone en riesgo la propia vida de los cristianos en Egipto, como en el caso del atentado de la iglesia de la ciudad de Tanta. La corresponsal del Wall Street Journal en la región, María Abi Habib, desvela en este artículo que una semana antes del atentado mortal, los agentes de la seguridad privada que la custodian descubrieron una bomba, por lo que solicitaron al Gobierno la instalación de un detector de metales. Las autoridades rechazaron las pretensiones de la parroquia, que pocos días después saltaba por los aires a causa del atentado suicida organizado por el Estado Islámico.

La persecución cristiana en Oriente Medio por parte del yihadismo y el desprecio, cuando no la discriminación activa, de las autoridades civiles, está llevando a la minoría cristiana a abandonar en masa Oriente Medio. Según un informe del Centro para el Estudio de la Cristiandad Global, la cifra de cristianos en la región no deja de descender y en el último siglo ha pasado de constituir el 13,6% de la población total de Oriente Medio al 4,2% en 2010. Las previsiones para 2025 son aún más pesimistas, al descender todavía más hasta el 3%.

No hay ningún país musulmán que los cristianos no estén abandonando en mayor o menor medida. La mayor catástrofe, sin embargo, tiene lugar en Irak, país en el que en poco más de una década la minoría cristiana ha pasado de dos millones hasta los actuales 250.000. Tras la liberación de Mosul por parte del Ejército iraquí, los habitantes musulmanes de la segunda ciudad iraquí volvieron a sus casas. No así los cristianos. Por primera vez en dos mil años, Mosul no cuenta con presencia de una comunidad cristiana.

El éxodo de los cristianos se pone de relieve con su mayor presencia en los países que reciben esta emigración. En 1971, los coptos egipcios tenían dos iglesias en Estados Unidos. Hoy existen 252. Por primera vez, los cristianos árabes que viven fuera de Oriente Medio son más que los que todavía permanecen allí: hay 20 millones en el exterior, por 15 millones que todavía residen en dicha zona. Este es el drama al que se enfrentan las minorías cristianas (coptos, greco-ortodoxos, siríacos, melquitas, caldeos, maronitas y armenios), en unas tierras en las que surgió la fe cristiana, pero hoy suponen una amenaza directa para todos los que el islamismo radical ha señalado como enemigos a abatir.

Fuente: Revista El Medio