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Manchester: Europa todavía ‘conmocionada, conmocionada’

Un oficial de policía, en las inmediaciones del Manchester Arena el 23 de mayo de 2017, después de que un terrorista suicida asesinara a 22 asistentes a un concierto. (Foto: Dave Thompson/Getty Images).

por Judith Bergman
Cuando el ISIS atentó en la Sala Bataclan de París en noviembre de 2015, lo hizo porque, con sus propias palabras, era “donde se juntaban cientos de paganos para un concierto de prostitución y vicio”. Un año antes, el ISIS había prohibido toda la música como “haram” (prohibido). Muchos académicos islámicos apoyaron la idea de que el islam prohíbe la “pecaminosa” música de Occidente.

Por lo tanto, a nadie debería extrañar que los terroristas islámicos pudiesen atentar en un concierto de la cantante de pop estadounidense Ariana Grande en Manchester el 22 de mayo. Además, el Departamento de Seguridad Nacional alertó en septiembre del año pasado de que los terroristas están centrándose en los conciertos, eventos deportivos y multitudes al aire libre porque en dichos lugares se “buscan ataques sencillos, viables, con énfasis en el impacto económico y un alto número de víctimas”.

El Estado Islámico se atribuyó el atentado suicida de Manchester, en el que fue detonado un dispositivo mezclado con tornillos y tuercas. Veintidós personas, niños y adultos, fueron asesinadas por la explosión que arrasó parte del recinto de conciertos de Manchester; más de cincuenta personas resultaron heridas. Aunque los medios describen el uso de bombas con clavos en el hall del recinto como una nueva y sorprendente táctica, en realidad es muy vieja y los terroristas árabes llevan décadas aplicándola contra los israelíes.

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, tuiteó: “Mi corazón está en Manchester esta noche. Nuestros pensamientos están con las víctimas”. El líder de los liberal demócratas británicos, Tim Farron, condenó el “estremecedor y horrible” atentado. La secretaria de Interior británica, Amber Rudd, dijo que fue un “incidente trágico”, mientras que el líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, lo llamó “terrible incidente”. El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, dijo que sus ciudadanos estaban “conmocionados por la noticia del terrible atentado de esta noche en Manchester”. La más estupefaciente de todos fue la canciller alemana, Angela Merkel, que dijo que estaba siguiendo las noticias de Manchester “con dolor y espanto” y que el atentado le parecía “incomprensible”.Sin embargo, tras enterarse del atentado de Manchester, los políticos transmitieron una vez más su ya vieja rutina de “conmoción” y “dolor” por el predecible resultado de sus propias políticas. Los tópicos de costumbre sobre los “pensamientos y corazones” que están con las víctimas del atentado acompañan al shock profesado.

Después del 11-S en Estados Unidos; de las bombas en los trenes de Madrid, que mataron a casi 200 personas e hirieron a 2000; los ataques en 2005 a la red de transporte de Londres, donde murieron 56 personas y 700 fueron heridas; los atentados de 2015 en París, donde el ISIS mató a 130 personas e hirió a casi 400; los atentados de marzo de 2016 en el aeropuerto y la estación de metro de Bruselas, con 31 muertos y 300 heridos; el ataque de julio de 2016 en Niza, donde 86 personas —incluidos diez niños— fueron asesinadas y más de 200 heridas; el atentado de diciembre de 2016 en Berlín, que mató a 12 personas e hirió a casi 50; el ataque en marzo de 2017 en Westminster, con tres muertos y más de 20 heridos; el atentado de abril de 2017 en Estocolmo, donde murieron 5 personas, incluida una niña de 11 años; por no hablar de los innumerables atentados en Israel, a los líderes occidentales se les han agotado todas las excusas concebibles para estar conmocionados y sorprendidos de que haya terrorismo islámico en sus ciudades con una frecuencia cada vez mayor.

Todos los atentados mencionados arriba son sólo los espectaculares. Ha habido infinidad de atentados más, a veces con un ratio de varios ataques al mes, que apenas llegan a los titulares, como el del musulmán que, hace poco más de un mes, torturó y apuñaló a una judía de 66 años en París y, gritando “Alá Akbar”, la tiró por la ventana; o el atacante del aeropuerto de París que vino en marzo a “morir por Alá” y a cumplir su objetivo sin, milagrosamente, llevarse con él a ningún inocente transeúnte.

Tras la espectacular atrocidad terrorista cometida en Reino Unido, que apuntaba al propio corazón de la civilización democrática europea atacando las cámaras del Parlamento y el Puente de Westminster, la primera ministra británica, Theresa May, dijo: “Es incorrecto describir esto como terrorismo islámico. Es terrorismo islamista y una perversión de una gran religión”.

Es imposible luchar contra lo que te niegas a entender o reconocer, pero, de nuevo, los líderes europeos no parecen tener intención de contraatacar, ya que obviamente han elegido una táctica completamente diferente, en concreto, la del apaciguamiento.

Cada vez que un líder europeo defiende el islam como una gran religión, como “religión de paz” o afirma que la violencia del islam es una “perversión de una gran religión”, a pesar de la multitud de pruebas de lo contrario —los contenidos verdaderamente violentos del Corán y las hadices, que incluyen reiteradas exhortaciones a combatir a los “infieles”— está mandando el mensaje más claro posible a organizaciones como el ISIS, Al Qaeda, Boko Haram, Hezbolá y Hamás de que, con cada devastador atentado, Occidente está listo para ser conquistado. Las organizaciones terroristas y quienes las apoyan perciben el inmenso temor de los líderes europeos a causar siquiera la más ligera ofensa, a pesar de las protestas en sentido contrario de dirigentes como Theresa May.

Al temor lo acompaña un persistente empeño en pretender a cualquier coste —incluso al de las vidas de sus ciudadanos— que Europa no está en guerra, aunque esté deslumbrantemente claro que los otros sí están en guerra con ella.

Estas organizaciones terroristas perciben que, cuando los ministros de países como Suecia, donde, según las informaciones, han vuelto 150 combatientes del ISIS y al parecer campan a sus anchas, proponen la reintegración de los yihadistas del Estado Islámico a la sociedad —¡como solución al terrorismo!— no harán falta muchos esfuerzos para que estos líderes se sometan completamente, como ya casi ha hecho Suecia, ciertamente. Esta “solución” sólo puede actuar sobre los terroristas como invitación a llevar a cabo más terrorismo, como es abrumadoramente obvio por la creciente frecuencia de los ataques terroristas en suelo europeo.

Aunque los políticos europeos, increíblemente, creen que sus tácticas están previniendo el terrorismo, están fortaleciéndolo todo lo posible: los terroristas no reaccionan a la simpatía sincera, los osos de peluche y las vigilias a la luz de las velas. En todo caso, se podría decir que les hace sentir aún más rechazo hacia la sociedad occidental, a la que quieren transformar en un califato regido por la ley islámica de la sharia.

Los políticos parecen perder de vista constantemente la meta islamista del califato. El terrorismo islámico no es “violencia irracional”, sino terrorismo perfectamente calculado para forzar la eventual sumisión de la sociedad que toman como objetivo. Hasta ahora, con Occidente en la inmovilidad y la negación, los terroristas parecen estar ganando.

Traducción del texto original: Gatestone institute
Traducido por Revista El Medio

Los líderes europeos sin hijos nos hacen ir como sonámbulos hacia el desastre

por Giulio Meotti

Nunca hubo más políticos que no tuvieran hijos liderando Europa que hoy. Son modernos, de mentalidad abierta y saben que “todo termina en ellos”. En el corto plazo, no tener hijos supone un alivio, ya que significa que no hay gasto en familias ni sacrificios, y nadie se queja por las futuras consecuencias. Como dice un informe de investigación financiado por la Unión Europea: “¡Sin hijos, sin problemas!”.

Ser madre o padre, sin embargo, significa que tienes un interés real por el futuro del país que gobiernas. Los líderes más importantes de Europa no están dejando hijos.

Ninguno de los líderes más importantes de Europa tiene hijos: la canciller alemana, Angela Merkel, el primer ministro holandés, Mark Rutte y el presidente francés, Emmanuel Macron. La lista sigue con el primer ministro sueco, Stefan Löfven, el primer ministro de Luxemburgo, Xavier Bettel, y la primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon.

Como los líderes de Europa no tienen hijos, no parece que tengan motivos para preocuparse por el futuro de su continente. El filósofo alemán Rüdiger Safranski escribió:

Para los que no tienen hijos, no es tan importante pensar en relación con las próximas generaciones. Por lo tanto, se comportan como si ellos fuesen los últimos y se ven a sí mismos como el último eslabón de la cadena.

Vivir el presente. Los más importantes líderes europeos, entre los que se cuentan la canciller alemana, Angela Merkel (izquierda), y el primer ministro de los Países Bajos, Mark Rutte (derecha), no tienen hijos. (Imagen: Ministro-presidente Rutte/Flickr).

“Europa se está suicidando. O al menos sus líderes han decidido suicidarse”, escribió Douglas Murray en The Times. “Hoy, Europa tiene pocas ganas de reproducirse, de defenderse o incluso de tomar partido por sí misma en una discusión”. Murray, en su nuevo libro, titulado The Strange Death of Europe (La extraña muerte de Europa), lo llama “fatiga civilizacional existencial”.

Angela Merkel tomó la fatídica decisión de abrir las puertas de Alemania a un millón y medio de migrantes para frenar el invierno demográfico de su país. No es coincidencia que Merkel, que no tiene hijos, haya sido llamada la “madre compasiva” de los migrantes. A Merkel, evidentemente, no le importa que la afluencia masiva de dichos migrantes pueda cambiar la sociedad alemana, probablemente para siempre.

Dennis Sewell escribió hace poco en el Catholic Herald:

Es esta idea de la “civilización occidental” la que complica enormemente el pánico demográfico. Sin ella, la respuesta sería sencilla: Europa no tiene por qué preocuparse por encontrar jóvenes que mantengan a los mayores en sus últimos años de vida. Hay multitud de migrantes jóvenes llamando a golpes a las puertas, tratando de trepar por las alambradas o izando velas en frágiles barcas para llegar a nuestras costas. Lo único que tenemos que hacer es dejarlos entrar.

La circunstancia de que Merkel no tenga hijos es un reflejo de la sociedad alemana: el 30% de las alemanas no han tenido hijos, según las estadísticas de la Unión Europea, y la cifra se eleva hasta el 40% entre las tituladas universitarias. La ministra de Defensa alemana, Ursula von der Leyen, dijo que, a menos que crezca la tasa de nacimientos, el país podría tener que “apagar las luces”.

Según un nuevo estudio publicado por el Institut national d’études démographiques, una cuarta parte de las europeas nacidas en la década de 1970 podrían seguir sin tener hijos. Los líderes de Europa no son diferentes. Una de cada nueve mujeres nacidas en Inglaterra y Gales en la década de 1940 no tenían hijos a la edad de 45 años, frente a una de cada cinco de las nacidas en 1967.

El presidente francés Emmanuel Macron discrepó de su predecesor, François Hollande, respecto a que “Francia tiene un problema con el islam”. Macron es contrario a suspender la ciudadanía de los yihadistas, y sigue insistiendo, contra toda evidencia, en que el Estado Islámico no es islámico: “Lo que representa un problema no es el islam, sino ciertos comportamientos que se dicen religiosos y que se les imponen a personas que practican esa religión”.

Macron predica una suerte de buffet multicultural. Habla del colonialismo como “un crimen contra la humanidad”. Está a favor de las “fronteras abiertas” y para él, de nuevo contra toda evidencia, no hay una “cultura francesa”.

Según el filósofo Mathieu Bock-Coté, Macron, de 39 años, casado con su exprofesora de 64 años, es el símbolo de una “globalización feliz, liberada del recuerdo de la gloria perdida de Francia”. No es casualidad que Manif Pour Tous, un movimiento que se opuso a la legalización del matrimonio gai en Francia, urgiera a votar contra Macron por ser el “candidato antifamilia”. El eslogan de Macron, “En Marche!” (“¡Adelante!”) encarna a las élites globalizadas que reducen la política a un ejercicio, a un acto de representación.

Para eso el líder turco, Erdogan, urgió a los musulmanes a tener “cinco hijos” y los imanes islámicos están urgiendo a los fieles a “criar hijos”: para conquistar Europa. Los supremacistas islámicos están ocupados construyendo un choque de civilizaciones en el seno de Europa, y retratan a sus países de acogida en Occidente como si estuviesen colapsando: sin población, sin valores y abandonando su propia cultura.

Si observamos a Merkel, Rutte, Macron y otros, ¿están tan equivocados estos supremacistas islámicos? Nuestros líderes europeos nos están haciendo ir como sonámbulos hacia el desastre. ¿Por qué les iba a importar, si cuando lleguen al final de su existencia Europa ya no será Europa? Como explicó Joshua Mitchell en un ensayo, “encontrarnos a nosotros mismos se vuelve más importante que construir un mundo. La larga cadena de generaciones ya lo ha hecho por nosotros. Ahora vamos a jugar”.

Traducción del texto original: Gatestone Institute
Traducido por: Revista El Medio

Los sistemas antiterroristas de toda Europa son deficientes.

Los viajes del terrorista islámico de Manchester al Oriente Medio y Europa, mostraron cómo una figura de una red terrorista como ISIS, fue capaz de burlar el radar de la inteligencia británica en múltiples ocasiones.

Con cada día que pasa desde que sucedió el ataque suicida en Manchester, a medida que han salido a la luz más detalles del terrorista Salman Abedi y sus enlaces con una amplia red de ISIS, cada vez es más claro que el gobierno de la primer ministro británica, Theresa May, así como los servicios secretos británicos , se enfrentan a su mayor crisis de seguridad e inteligencia en la guerra contra el terrorismo.

Sus acciones el jueves, 25 de mayo mostraron que las autoridades políticas y de seguridad británicos estaban haciendo todo lo posible para evitar ser interrogados sobre quién merece la culpa acerca de quién permitió que se llevara a cabo el ataque, que se cobró la vida de 22 personas e hirió a más de 60. Una de esas maniobras fue la de tratar de apuntar con el dedo a la administración del presidente Donald Trump después de que las fotos que muestran los restos de la bomba se filtraron a los medios de comunicación de Estados Unidos a partir de la investigación.

Esto fue seguido por las expresiones de indignación e información de que Gran Bretaña estaba deteniendo su intercambio de inteligencia con los EE.UU.. Posteriormente se explicó que era sólo la policía de Manchester, la que había detenido la transferencia de inteligencia a sus contrapartes en Estados Unidos, mientras que el resto del intercambio continuó. El Presidente Donald Trump dijo más tarde que las filtraciones eran “muy preocupantes” y pidió al Departamento de Justicia de Estados Unidos y a otros organismos poner en marcha una investigación completa.

Estos eventos fueron periféricos a la pregunta real de cómo un hombre de 22 años de edad, Salman Abadi, que había estado en una lista de vigilancia de inteligencia, había sido capaz de operar desapercibido por las autoridades de seguridad, construir varias bombas, traer una de ellas a un concierto de música pop en el Manchester Arena y detonarla sin ser detenido.

La prensa británica reportó el jueves la certeza de que la policía tenía conocimiento de que la red terrorista operaba dentro de Manchester y que Abedi no era nada más que una especie de “mula”, cuya función fue llevar el artefacto explosivo y detonarlo.

Sin embargo, un comunicado del miércoles lanzado por el ministro del Interior francés, Gerard Collomb que decía que Abedi había viajado a Siria para reunirse con figuras de ISIS, y además las fugas de información que se conocieron el día jueves acerca de la inteligencia alemana, que el terrorista viajó en avión de Turquía a la ciudad de Dusseldorf cuatro días antes del ataque, mostró a Abedi en un papel central de una red de terror que se extendió por varios países de Europa y Oriente Medio.

Dusseldorf fue también el hogar del terrorista tunecino Anis Amri, que llevó a cabo el ataque con un camión en diciembre del 2016 en un mercado de Navidad en Berlín, que dejó 12 muertos y 48 heridos.

En ese contexto, la pregunta es: ¿Cómo es que el nombre de este terrorista llega a desaparecer de la lista de terroristas sospechosos, algo que le hubiera impedido embarcarse en vuelos internacionales?

También está la cuestión de cómo los servicios de seguridad no se dieron cuenta de la capacidad del atacante o de su red para construir una nueva generación de explosivos pequeños, pero poderosos, capaces de causar masacre masiva.

Una de las principales razones por las que los británicos estaban tan molestos por las filtraciones, es porque se demostró lo fácil que era construir bombas de ese tipo como la que se utilizó en Manchester, No hay necesidad de fabricarlas en lugares secretos en la lejana Yemen, o traerlas de contrabando en piezas a bordo de los aviones. Pueden ser construidas en las cocinas de los apartamentos de alquiler en las principales ciudades de Europa occidental, como en el caso de la bomba de Manchester.      

Peor aún, si Abadi fue entrenado para construir bombas, muchos otros miembros de su red pueden haber recibido la misma formación.

Los grandes agujeros expuestos en el sistema antiterrorista de Gran Bretaña, sin duda, ponen en tela de juicio a los ​​otros países europeos que trabajan para lidiar con la amenaza terrorista islámica.

La tragedia en el Manchester Arena dominó la cumbre de los 28 miembros de la OTAN que tuvo lugar en Bruselas el jueves. Hubo un minuto de silencio por las víctimas, muchos de ellos niños, y todos los aspectos del ataque fueron condenados por los líderes, que no tienen idea de cuando el terror islamista martillará y descenderá sobre su propia gente.
 

Fuente: Debkafile

De la cobardía de los europeos a la tanatocracia mundialista

A. Robles.- Lamento la nueva masacre terrorista en suelo inglés, pero también lamentablemente hace tiempo que dejó de indignarme este incesante reguero de víctimas europeas. Cuando el hombre que esto escribe era sólo un niño, había un compañero de colegio permanentemente objeto de las chanzas de un pendenciero de su misma edad. La actitud acobardada del alumno provocó el envalentamiento del otro. Y así fue que las chanzas dieron paso a las zurras y después a las somantas. Así todos los días. Un día le pregunté al infeliz por qué prefería ser humillado a defenderse. Me respondió: “Si no le provoco se terminará cansando de mí”. No recuerdo si entonces lo mandé a tomar por donde amargan los pepinos, que es justamente donde hoy quiero mandar a los europeos.

Y es que los europeos, y muy particularmente los británicos, están tan acostumbrados a encajar golpes procedentes de los de siempre, están tan resignados a su autodestrucción, están tan abducidos por la propaganda bobalicona de la corrección política, permanecen tan indiferentes ante el drama que se ciñe sobre sus cabezas, están tan resueltos a seguir confiando en quienes les han colocado en la diana de los matarifes, que al final han terminado sacando de mí el instinto de la indiferencia tras matanzas como la de Manchester. Sé que no es una actitud demasiado cristiana, pero nunca aspiré a la santidad ni no soy yo quien está provocando todo este dolor estéril.

El brutal atentado de Manchester nos confirma lo que este medio y sus colaboradores llevan años lamentando: que pese al cúmulo de víctimas registradas y las que están por llegar, los europeos ya han aceptado la inmolación como el precio a pagar por la islamización programada del viejo continente. No es descabellado afirmar que todo lo que estamos viendo parece más fruto de una pesadilla, y que los europeos, y muy especialmente los del Reino Unido, han decidido no despertar de ese mal sueño. No puedo sentir dolor por un pueblo que prefiere su propia destrucción a liberarse de las cadenas del pensamiento único. No puedo compadecerme de las víctimas del terrorismo islámico cuando muchas de esas víctimas han aceptado voluntariamente los planes eugenésicos de la oligarquía mundialista de cara a nuestra aniquilación colectiva. No puedo sentir empatía por los destinatarios de una violencia que ellos mismos han alimentado cada vez que votaban a unos dirigentes tan o más responsables del atentado de Manchester que el propio terrorista suicida. No puedo apiadarme de un pueblo que hoy mismo no ha sido capaz de correr a bastonazos a los que mantuvieron oculta durante horas la obediencia islámica del terrorista, o a los que han escrito que la mayoría de las muertes en Manchester fueron consecuencia de las avalanchas.

Lo paradójico ha sido esta vez el escenario elegido por los terroristas. Nos hemos cansado de señalar, aún a riesgo de las consecuencias legales que en Europa tiene llamar a las cosas por su nombre, que el terrorismo islámico está siendo regado con la corrupción moral de los europeos, con su renuncia a los valores que nos hicieron ser la punta de lanza de la humanidad, con su desapego a cualquier idea trascendente, con su desestimiento hacia cualquier cosa que no haya sido patentada por los amos mundialistas del momento. Todo lo que le gusta hoy a una mayoría de británicos es depravado, inmoral o engorda (por algo el Reino Unido es el destino preferido de los pijoprogres españoles). Los islamistas han elegido esta vez un concierto de música pop-rock, un sistema de programación mental de masas. La mayoría de los asistentes eran jóvenes y adolescentes. Raro sería que alguno de ellos supiera quiénes fueron Horacio Nelson, Oliver Cromwell, Enrique V, Arthur Wellesley, Isaac Newton, Ricardo Corazón de León, Robin Longstride o Boudica, la heroína de los británicos y pesadilla de Roma. Por eso no perderé el tiempo apelando a un orgullo encerrado bajo llaves. No perderé el tiempo suplicando a los ingleses otra respuesta que no sean los peluches y las velas. Ni tampoco concibiendo la mínima esperanza de que las cosas cambien.

Tras el islamismo, la segunda ideología perversa que amenaza a Europa es el “antinosotrosmismos”. La primera la padecemos, la segunda la cultivamos. El resultado de su combinación es que Europa, de nuevo, parece más que dispuesta a claudicar de sus principios civilizadores y a dar paso nuevamente a una nueva tiranía en su territorio. Mientras nos callan la boca a punta de pistola, los valientes intelectuales europeos dirán que se autocensuran por tolerancia; se autoinculparán de todos los males del pasado, mirando hacia Europa, increparán a los patriotas, recitarán loas a la multiculturalidad, proclamarán la imperativa necesidad del mestizaje y nos recordarán la retahíla de siempre: los autores del atentado no son musulmanes, el islam en una religión de paz, se trata de un caso aislado…

No estoy tan seguro de quién es el responsable de tanto odio hacia nosotros mismos. No estoy seguro de quiénes han sido los inductores de este proceso de transformación de Europa en una especie de kashba argelina. No puedo creer que la casta europea esté tan ciega que le impida ver el problema que ha creado. Sí creo que Europa, o sucumbe y desaparece, o está abocada a una nueva guerra en su territorio. A ese dilema la habrá conducido su dirigencia política y económica, los chamberlaines democráticos de nuevo cuño, los apologistas del cambio de clima moral, los gurús del antirracismo, los amanuenses de la mundialización, los ingenieros del cambio social, los prosélitos de la multicultura, los Don Oppas de cada casa.

Primero llegó la célebre ‘fatua’ a Salman Rushdie por sus “Versos Satánicos”; después siguieron los ataques en discotecas y pubs en el Reino Unido; más tarde, la cívica Holanda se despertó horrorizada por el asesinato de Theo Van Gogh, el cineasta que se atrevió a filmar a una mujer velada con versos del Corán grabados en su cuerpo; meses después, a la coautora del filme, la parlamentaria de origen somalí A. Hirsi, le fue retirada la nacionalidad holandesa por declarar que las mujeres islámicas estaban sojuzgadas; posteriormente, las caricaturas del Profeta en un diario danés sirvieron de “casus belli” para quemar embajadas e iglesias. Ciudades como Malmoe, París, Amsterdam, Oslo, Amberes y Copenhague se despertaron un día horrorizadas al no reconocerse en el espejo de la multiculturalidad, tal falso como esos espejos cóncavos de feria que distorsionan la realidad. El mismo día en que moría Oriana Fallaci, el Papa Benedicto XVI entraba en la lista negra. La crónica diaria de sucesos en las principales ciudades europeas ustedes la conocen a través de medios como éste.

La tragedia actual de Europa no puede superarse con paños calientes ni con propuestas aliancistas: no cabe con ellos alianza alguna ni hay cúpula en el mundo capaz de hacerles reflexionar. La solución es seguir las mismas pautas que se seguiría con una fiera salvaje y asesina: vencerla primera y alejarla para siempre de nuestro espacio de convivencia.

No va a ser fácil. A los progresistas europeos parece importarles más la “convivencia” entre culturas que la libertad de expresión; han preferido durante años atacar a los cristianos que afrontar el más importante desafío de impedir que una mordaza, en vez de un telón de acero, vaya cayendo sobre lo que queda de Europa.

A los familiares de las víctimas del atentado de Manchester, mi pésame por el suceso, pero también mi reconvensión: si se liberaran por unos minutos del control mental que en ellos ejerce la propaganda mundialista, para mirar sin miedo en el espejo de sus almas, sin el eco trémulo de la telebasura ni de las falsas condolencias de los políticos, percibirían con nitidez el reproche más severo por no haber defendido como ingleses de otra época lo que hoy tienen que llorar como derrotados y lamentables europeos de la nuestra.

Mujeres francesas de origen europeo evitan pisar las calles del distrito este de París para no ser insultadas ni agredidas

CB.- Situación dramática la que ya se vive en amplias zonas de París. Así por ejemplo, las mujeres que viven en el distrito este de la capital gala denuncian que no pueden circular libremente por las calles sin ser insultadas ni acosadas. Cientos de metros cuadrados del distrito oeste han sido acotados para el exclusivo disfrute de los hombres de origen no europeo. Las mujeres francesas parecen haber regresado a la Edad Media. ¿Es ésta la Francia integradora de la que hablaba Emmanuel Macron durante las elecciones?

La corrección política, o mejor dicho el sometimiento del ‘establishment’ al islam, aconseja no hablar de estos asuntos “menores”. ¿Qué importancia tienen unas cuantas miles de damnificadas frente a la histórica transformación poblacional que está teniendo Francia? Sólo unos pocos se atreven a denunciar esta situación: en muchos lugares, por ejemplo, las mujeres francesas ya no entran por miedo a establecimientos como cafeterías o restaurantes, salvo que vayan acompañadas por un varón. De repente, la celebrada República francesa, la de la libertad, igualdad y fraternidad, las ha desposeído no sólo de la ciudadanía sino del más elemental sentido de la dignidad.

El paisaje humano ha transformado la fisonomía de muchas zonas de Francia. Arracimados o en pequeños grupos, vendedores ilegales, “dealeurs”, inmigrantes y delincuentes han tomado las calles del distrito Chapelle-Pajol, que data del del siglo XVIII. Su principal diversión es insultar y acosar a las mujeres europeas que aún se atreven a pisar la calle a plena luz del día. Indignados, algunos franceses de origen que viven en el distrito han decidido alzar la voz. Por respuesta, las ya habituales de “racistas”, “intolerantes” e “islamófobos” procedentes de entidades musulmanas y progresistas. Las feministas, como ya es costumbre ante casos similares, prefieren mirar para otro lado.

Una de las denunciantes, una joven de 22 años, se ha atrevido a poner rostro a estas denuncias. Asegura que no puede salir a la calle vistiendo falda o pantalón corto sin recibir una catarata de insultos. Incluso cuenta que, en una ocasión, las imprecaciones dieron paso a una situación peor aún: un hombre pretendió quemarle el pelo con un cigarro.

“Esto es insoportable. Nos han privado de todos nuestros derechos”, declaró Natalie, que ha vivido en el barrio durante 30 de sus 50 años de vida. Dice que la situación nunca fue tan grave y lamenta el desinterés de las instituciones francesas para poner cambiar una situación que ya parece irreversible. “El ambiente es agónico, hasta el punto de que tenemos que cambiar nuestro itinerario, nuestra forma de vestir. Incluso mucha gente ha renunciado a salir de sus casas”. La descripción nos recuerda una de esas películas protagonizadas por Charles Bronson, en las que suburbios de Nueva York son tomados a sangre y fuego por los criminales. Desgraciadamente, la realidad en Francia empieza a superar la ficción. La propia Natalie cuenta que una anciana de 80 años vive aterrorizada sin atreverse a salir luego de unos jóvenes intentasen violarla en el portal de su edificio.

Aurélie, de 38 años, admite que no reconoce el barrio en el que vivió durante 15 años, concretamente en la calle Perdonnet: “El mero hecho de salir a la calle se ha convertido en un desafío. El país que acuñó el concepto de libertad ciudadana no es capaz de proteger nuestro derecho a circular libremente”. Cuenta que la vida social entre los vecinos franceses transcurre en las casas. “Se reunen para no sentirse tan enclaustrados”. “Hasta si te asomas a la ventana recibes un vendaval de insultos”, subraya.

Laure es otra vecina de avanzada edad que trata de evitar el contacto con la calle. Relata que hace unas semanas, en la plaza de su mismo nombre, quedó atrapada en una pelea entre vendedores ambulantes. Presa del terror comenzó a pedir ayuda. Dos de ellos sacaron sendos cuchillos para amenazarla. “Pensé que había llegado mi última hora”, confiesa.

¿Cómo luchar contra este fenómeno que se extiende como una plaga bíblica por las grandes ciudades francesas? Las mujeres de La Chapelle descartan las denuncias policiales por su poca o nula efectividad. “Sólo nos queda organizarnos y recorrer junto a nuestros familiares masculinos los lugares que por miedo no nos atrevemos a frecuentar solas”, ha sugerido Nadine Mezence, de profesión asistenta social. Cree que estas marchas darían visibilidad al problema en caso de agresiones.

Por su parte, la principal autoridad municipal de Chapelle-Pajol, el socialista Eric Lejoindre, dice reconocer “la complejidad de la situación” aunque pide prudencia. “Es la policía la que debe encargarse de las cuestiones de orden público”.

Relata a continuación que se han llevado a cabo 110 operaciones policiales y que se habrían saldado con el desalojo de decenas de vendedores ambulantes y la detención de 884 personas. Pese a los triunfales datos, Lejoindre reconoce que la zona ya no volverá a recuperar los niveles de seguridad que tenía antes de que la inmigración terminara por cambiarlo todo. Por cambiar han cambiado hasta la plaza Luisa de Marillac, hasta no hace mucho un lugar de juego para los niños. Hoy ha sido tomado por los traficantes. Los pequeños también tienen que parapetarse dentro de sus casas. Alguien debería explicarles por qué. Pero sobre todo, señalarles a los responsables.

Fuente: Alerta Digital

Musulmanes infiltrados, ilegales, extranjeros en Grecia se quejan: “Es muy peligroso aquí”

Al parecer, no lo suficientemente peligroso porque todavía están allí. Ilegales musulmanes en el puerto de Patras, Grecia, siguen tratando de colarse en los camiones para llegar a Italia, desde donde van a hacer su camino a los generosos refugios de bienestar de Europa Occidental.

Llegan más inmigrantes a Europa: Se espera entre ocho y diez millones en los próximos seis meses

 

En febrero de 2016, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan (izquierda), amenazó con enviar millones de migrantes a Europa. "Podemos abrir las puertas a Grecia y Turquía en cualquier momento, y poner a los refugiados en autobuses", le dijo a Jean-Claude Juncker (derecha), presidente de la Comisión Europea. (Imagen: Oficina del Presidente de Turquía.

En febrero de 2016, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan (izquierda), amenazó con enviar millones de migrantes a Europa. “Podemos abrir las puertas a Grecia y Turquía en cualquier momento, y poner a los refugiados en autobuses”, le dijo a Jean-Claude Juncker (derecha), presidente de la Comisión Europea. (Imagen: Oficina del Presidente de Turquía.

 La Unión Europa ha pedido a sus países miembros que levanten los controles fronterizos —instaurados en el apogeo de la crisis migratoria en septiembre de 2015— en los próximos seis meses.

La vuelta a las fronteras abiertas, lo cual permitía viajar sin pasaporte por toda la UE, llega en un momento en que el número inmigrantes que cruzan el Mediterráneo sigue aumentando, y cuando las autoridades turcas amenazan cada vez más con incumplir un acuerdo sobre fronteras que ha mitigado el flujo de inmigrantes de Turquía a Europa.

Los críticos dicen que retirar los controles de fronteras ahora podría desencadenar otra crisis migratoria aún mayor, al animar a posibles millones de inmigrantes más de África, Asia y Oriente Medio a emprender su camino hacia Europa. También permitiría a los yihadistas cruzar las fronteras europeas sin ser detectados con el fin de cometer atentados cuando y donde quieran.

En una rueda de prensa celebrada en Bruselas el 2 de mayo, el comisario europeo responsable del área de migración, Dimitris Avramopoulos, pidió a Austria, Dinamarca, Alemania, Noruega y Suecia —algunos de los destinos europeos más ricos y preferidos por los inmigrantes— la retirada paulatina en los próximos seis meses de los controles temporales que se aplican actualmente en sus fronteras Schengen.

El llamado Acuerdo Schengen, que entró en vigor en marzo de 1995, abolió muchas de las fronteras internas de la UE, permitiendo el libre movimiento sin necesidad de pasaporte en la mayor parte del bloque. El Acuerdo de Schengen, junto a la moneda única, son pilares fundamentales de la Unión Europea y piezas esenciales para la construcción de unos Estados Unidos de Europa. Ahora que se cuestiona la sostenibilidad a largo plazo de la moneda única y las fronteras abiertas, los defensores del federalismo europeo están ansiosos por preservar ambos.

Avramopoulos, que sostuvo que los controles de fronteras “no se corresponden con el espíritu europeo de solidaridad y cooperación”, dijo:

“Ha llegado la hora de dar los últimos pasos concretos para volver de forma gradual al funcionamiento normal del Área Schengen. Este es nuestro objetivo, y no ha cambiado en nada. Un área Schengen plenamente funcional, libre de controles fronterizos internos. Schengen es uno de los mayores logros del proyecto europeo. Debemos hacer todo lo posible por protegerlo”.

Los controles fronterizos temporales se establecieron en septiembre de 2015, después de que cientos de miles de inmigrantes llegasen a Europa, y cuando los países miembros de la UE, con Alemania a la cabeza, dieron permisos especiales a algunos países de la UE para imponer controles de urgencia por un periodo de hasta dos años. Desde entonces, la Unión Europea ha aprobado seis ampliaciones de los controles en la frontera germano-austriaca, en las fronteras de Austria con Hungría y Eslovenia y en las fronteras danesa, sueca y noruega (Noruega es miembro de la zona Schengen, pero no está en la UE). Varios países han alegado que necesitan controles de fronteras para combatir la amenaza de la militancia islámica.

El 2 de mayo, Suecia, que dice estar llevando a cabo la mayor parte de los controles de fronteras en la UE, anunció que retirará los controles de su frontera con Dinamarca. Suecia recibió 81.000 solicitantes de asilo en 2014; 163.000 en 2015; 29.000 en 2016; y se espera la misma cifra para 2017.

El 26 de abril, Austria pidió la ampliación indefinida de sus controles fronterizos. “En aras del orden público y la seguridad interna, tengo que saber quién está viniendo a nuestro país”, dijo el ministro del Interior austriaco, Wolfgang Sobotka. Austria, que aceptó unos 90.000 inmigrantes en 2015, también pidió un “aplazamiento” del programa de distribución de refugiados de la UE, por el cual los países miembros de la Unión aceptan una cuota obligatoria y proporcional de solicitantes de asilo que llegan a otros países miembros.

El 9 de marzo, Noruega amplió sus controles de fronteras para otros tres meses.

El 26 de enero, Dinamarca amplió sus controles de fronteras cuatro meses más. El ministro de Integración, Inger Støjberg, dijo que el Gobierno ampliaría sus controles de fronteras “hasta que las fronteras europeas estén bajo control”.

El 19 de enero, Alemania y Austria anunciaron que los controles de fronteras entre sus países se mantendrían de forma indefinida, “mientras la frontera exterior de la UE no esté debidamente protegida”.

Entretanto, el número de inmigrantes que se dirige hacia Europa tiende de nuevo a crecer. De los 30.465 inmigrantes que llegaron a Europa en el primer trimestre de 2017, 24.292 (el 80%) llegó a Italia; 4.407 llegaron a Grecia; 1.510 llegaron a España; y 256 llegaron a Bulgaria, según la Oficina Internacional para las Migraciones (OIM).

A modo de comparación, el número de llegadas a Europa durante los primeros tres meses de 2017 superó al de los que llegaron en ese mismo periodo en 2015, el año en que la migración a Europa alcanzó niveles insólitos.

Se prevé que la tendencia se mantendrá a lo largo de 2017. El buen tiempo ya está haciendo que más inmigrantes crucen el mar Mediterráneo desde Libia a Europa. En una sola semana de abril, por ejemplo, un total de 9.661 inmigrantes alcanzaron las costas de Italia.

La abrumadora mayoría de los inmigrantes que llegan son inmigrantes económicos que buscan una vida mejor en Europa. Sólo un pequeño número de ellos parecen ser solicitantes de asilo legítimos o refugiados que huyen de las zonas en guerra. Según la OIM, los inmigrantes que llegaron a Italia en los primeros tres meses de 2018 son, en orden descendiente, de: Guinea, Nigeria, Bangladés, Costa de Marfil, Gambia, Senegal, Marruecos, Malí, Somalia y Eritrea.

En febrero, Italia llegó a un acuerdo con el Gobierno en Trípoli, respaldado por la ONU, para mantener a los inmigrantes en campos en Libia a cambio de dinero para combatir el tráfico de personas. El acuerdo fue respaldado por la Unión Europa y Alemania.

Sin embargo, el 2 de mayo, el ministro de Exteriores alemán, Sigmar Gabriel, dio marcha atrás diciendo que el acuerdo ignoraba “las condiciones catastróficas” en Libia y que eso no pondría coto a la migración. Dijo que Alemania prefería ahora abordar el problema de la migración luchando contra la inestabilidad en África:

Lo que estamos intentando en su lugar es ayudar a estabilizar los países del continente. Pero eso es difícil. Tendremos que mostrar perseverancia, resistencia y paciencia. Es conveniente para los africanos, pero también para los europeos.

La solución a largo plazo de Gabriel —que, en la mejor de las coyunturas, podría tardar décadas en dar frutos— implica que la migración masiva de África a Europa seguirá implacable durante muchos años.

Italia ha sido uno de los principales puntos de entrada a Europa para los inmigrantes, en buena medida por un acuerdo que la Unión Europa firmó con Turquía en marzo de 2016 para canalizar la migración de Turquía a Grecia. En las últimas semanas, sin embargo, las autoridades turcas han amenazado con retirarse del acuerdo porque, según ellos, la UE no ha cumplido su parte del trato.

Según el acuerdo, la UE se comprometió a pagar a Turquía 3.000 millones de euros y a conceder la exención de visado para viajar a Europa a los 78 millones de ciudadanos turcos, y volver a iniciar las negociaciones para que Turquía se una al bloque. A cambio, Turquía accedió a aceptar a todos los inmigrantes y refugiados que llegaran a Grecia a través de Turquía.

Después de cerrarse el acuerdo, descendió fuertemente el número de inmigrantes que llegaban a Grecia, pero no dejaron de llegar. Según los datos proporcionados por la Unión Europea el 12 de abril, un total de 30.565 inmigrantes llegaron a Europa desde que el acuerdo migratorio entró en vigor. Sólo 944 de esos inmigrantes han sido devueltos a Turquía. Aún así, hay un marcado contraste con los cientos de miles de inmigrantes que entraron en Grecia en el apogeo de la crisis migratoria. La cooperación continua de Turquía es esencial para mantener cerradas las compuertas migratorias.

El 22 de abril, el ministro turco para los Asuntos de la UE, Ömer Çelik, lanzó un ultimátum, advirtiendo a la Unión Europa de que, si no concedía la exención de visado a los ciudadanos turcos para finales de mayo, Turquía suspendería el acuerdo migratorio e inundaría Europa de inmigrantes.

El 17 de marzo, el ministro de Interior turco, Süleyman Soylu, advirtió de que su país “desataría la locura” de Europa y renegaría del acuerdo enviando 15.000 refugiados sirios mensuales a Europa:

Tenemos un acuerdo de readmisión. Europa, os digo: ¿tenéis ese coraje? Si queréis, os mandaremos los 15.000 refugiados que no os estamos enviando cada mes y os volveremos locos. Tenéis que tener presente que no podéis diseñar una estrategia en esta región al margen de Turquía.

En febrero de 2016, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ya había amenazado con mandar millones de migrantes a Europa. “Podemos abrir las puertas a Grecia y Bulgaria en cualquier momento y meter a los refugiados en autobuses”, dijo el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. En un discurso, dio muestras de que se le estaba agotando la paciencia.

No llevamos la palabra “idiota” escrito en la frente. Seremos pacientes, pero haremos lo que tengamos que hacer. No piensen que los aviones y autobuses están ahí por nada.

Las autoridades europeas dicen que, para poder obtener la exención de visado, Turquía debe cumplir 72 requisitos, incluido el más importante: suavizar sus severas leyes antiterroristas, que se están utilizando para silenciar a los críticos con Erdogan, especialmente desde el golpe fallido de julio de 2016. Turquía ha jurado no atender las exigencias de la UE.

Los críticos con la liberación del visado temen que millones de ciudadanos turcos puedan acabar migrando a Europa. La revista austriaca Wochenblick informó recientemente de que 11 millones de turcos viven en la pobreza y que “muchos de ellos sueñan con irse a vivir a la Europa central”.

Otros analistas creen que Erdogan ve la exención de visado como una oportunidad para “exportar” el “problema kurdo” de Turquía a Alemania. Según el ministro de Finanzas bávaro, Markus Söder, millones de kurdos están listos para aprovechar la exención de visado para huir a Alemania y escapar de la persecución a manos de Erdogan. “Estamos importando un conflicto interno turco”, alertó. “Al final, podrán llegar menos inmigrantes por barco, pero llegarán más por avión”.

La Unión Europa se encuentra ahora en un callejón sin salida. Turquía parece decidida a inundar Europa con inmigrantes de todos modos: con el permiso de Europa mediante la exención de visado, o sin él, en venganza por no haber dado la exención de visado.

Las autoridades griegas informaron hace poco de que habían elaborado planes de emergencia para lidiar con una nueva crisis migratoria. Turquía está acogiendo a unos tres millones de inmigrantes de Siria e Irak, y se presume que la mayoría de ellos está esperando una oportunidad para huir a Europa.

Italia también se está preparando para lo peor. Hasta un millón de personas, principalmente de Bangladés, Egipto, Malí, Níger, Nigeria, Sudán y Siria están ahora en Libia esperando para cruzar el mar Mediterráneo, según la OIM.

El director de la sede de Naciones Unidas en Ginebra, Michael Møller, ha advertido de que Europa debe preparase para la llegada de más millones de migrantes de África, Asia y Oriente Medio. En una entrevista con The Times, Møller, danés, dijo:

Lo que hemos estado viendo es una de las mayores migraciones humanas de la historia. Y va a acelerarse. Los jóvenes tienen todos teléfonos móviles y pueden ver lo que está pasando en otras partes del mundo, y eso actúa como un imán.

El ministro de Desarrollo alemán, ha reiterado esa advertencia: “Los mayores movimientos migratorios aún están por venir: la población de África será el doble en las próximas décadas. Un país como Egipto crecerá hasta los 100 millones de personas; Nigeria hasta los 400 millones. En nuestra era digital, con internet y los móviles, todo el mundo conoce nuestra prosperidad y estilo de vida”.

Müller añadió que sólo el 10% de los que están ahora en tránsito han llegado a Europa. “Entre ocho y diez millones ya están de camino”.

Fuente: Alerta Digital