Archivo de la categoría: ATLÉTICO NACIONAL EL NARCOEQUIPO COLOMBIANO

No todo el fútbol colombiano debería ser considerado como narco-fútbol, solo un equipo, el Atlético Nacional de Medellín.

Saludamos a todos los lectores de la polémica y les ofrecemos disculpas por nuestra ausencia del blog que ha sido gracias a cuestiones laborales y que no nos han permitido estar al frente del conflicto árabe-israelí en los últimos días.

Aunque el tema al que voy a hacer referencia, no tiene nada que ver con la temática del blog, he considerado prudente traer a colación esta cuestión, ya que he recibido muchos correos electrónicos en donde muchos lectores, la gran mayoría de ellos europeos, me preguntan acerca del narco-fútbol colombiano.

No todos los equipos que conforman la Federación Colombiana de Fútbol, están involucrados en este cáncer que ha infectado a nuestro fútbol, solamente dos de ellos: el Atlético Nacional de Medellín y el América de la ciudad de Calí, equipo este que en la actualidad se encuentra jugando en la categoría B  del fútbol colombiano.

Si bien ambos equipos están involucrados en este cáncer, solamente el Atlético Nacional de Medellín, fue el que llevó el problema mas allá de nuestras fronteras. ¿Por qué?, muy sencillo, fue el cartel de Medellín el que se dedicó a amenazar tanto a árbitros como a jugadores de los equipos rivales en plena Copa Libertadores de América de los años 89, 90 y 91.

Los directivos del América de Calí, si bien recibieron dineros procedentes del narcotráfico de los hermanos Rodriguez Orejuela, solamente utilizaron este dinero para comprar grandes figuras del fútbol suramericano en los años 80 y 90. Los directivos del América nunca amenazaron, ni asesinaron a ningún árbitro, ni a ningún jugador durante estas décadas.

Durante la Copa Libertadores de América del año 89, el Atlético Nacional de Medellín tenía que enfrentar al equipo Danubio de Uruguay jugando de local.

Hay informes que indican que horas previas al partido, 5 hombres armados con ametralladoras ingresaron en el cuarto del hotel en donde se encontraban alojados el árbitro Carlos Espósito y los dos jueces de línea que pitarían ese partido, colocaron un maletín lleno de dólares en una de las camas y les dijeron, palabras textuales: “Señores aquí está la plata, si la quieren tomar, tómenla, pero el Nacional tiene que ganar esta noche o ustedes son boletas.

El partido terminó con victoria para el Nacional por 6 goles a cero. A los jugadores del Danubio uruguayo se les notaba un poco apáticos, no querían correr y mas tarde cuando llegaron a su país, manifestaron ante los periodistas, que habían sido amenazados de muerte en el camerino del estadio Atanasio Girardot de la ciudad de Medellín por 5 hombres armados con armas automáticas.

A continuación quisiera que observaran este video en donde uno de los jueces de linea de ese partido, relata ante las cámaras de ESPN lo que sucedió esa noche:

Aqui este otro en donde un programa de tv toca el mismo tema:

Entre los años 90 y 91, la Conmebol castigó severamente a nuestro país por culpa de los dirigentes del Atlético Nacional.

El equipo narco de Colombia, el Atlético Nacional, debía jugar un partido por Copa Libertadores ante el Vasco de Gama del Brasil. En esta ocasión sucedio lo mismo de nuevo, amenazaron a los árbitros y a los jugadores del equipo brasilero unas horas antes del partido. El resultado final fue 2-0 a favor del Nacional, pero cuando los árbitros llegaron a la Conmebol, denunciaron lo que había sucedido.

La conmebol decidió castigar a todos los equipos de nuestro país que tuvieran que intervenir en la Copa libertadores de América correspondiente a los años 90 y 91, jugando en una sede escogida por ellos, pero en el exterior, es decir, en otro país diferente al nuestro.

Nosotros consideramos que la sanción no fue la adecuada en ese momento. Pensamos que la Conmebol debió expulsar al Nacional de toda competencia a nivel suramericano de por vida y no castigar al resto de instituciones que observaban una hoja de vida intachable.

A continuación les dejo el relato de este otro suceso que empañó gravemente la imagen de nuestro país:

La Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) ha tomado a lo largo de las 56 ediciones de la Copa Libertadores de América decisioines con distinto nivel de dureza respecto a los acontecimientos de violencia en los distintos campos latinoamericanos.
En el caso de Colombia, cabe recordar la sanción impuesta por la Conmebol luego del partido del 29 de agosto de 1990 entre Atlético Nacional y Vasco da Gama, que terminó 2-0 con triunfo para los locales.

Los brasileños dijeron que perdieron por amenazas al árbitro y a los jugadores.

Según declaró Eurico Miranda, vicepresidente del club, a la Agencia AP en un cable de la época, “seis hombres armados con pistolas y metralletas amenazaron a los árbitros uruguayos poco antes de comenzar el partido y los presionaron para que favorecieran al Nacional”.

Mario Zagallo, DT del equipo brasileño, llegó incluso a ventilar la teoría de que los jugadores de Atlético Nacional habían jugado dopados.

El contexto de violencia que vivía Medellín, ligado a la mala fama internacional del país por el narcotráfico y el cartel de Pablo Escobar, confirieron cierta credibilidad a lo dicho por los derrotados y Conmebol sancionó a Colombia anulando el partido (que Nacional repitió y volvió a ganar) y dejando a Colombia sin fútbol internacional hasta el 30 de noviembre de 1991.

Fuente: http://deportes.terra.es/futbol/internacional/sancion-a-atletico-nacional-fue-mayor-a-la-de-boca-juniors,fef69fd40e2502c39f605af246e50ce4ey51RCRD.html.

El fútbol en los tiempos de Pablo Escobar

En los años ochenta y principios de los noventa el narcotráfico puso sus pesadas manos en el fútbol. Hubo arreglo de partidos, amenazas, el crimen de un árbitro, secuestros y muchísimo dinero. También competencia entre los Carteles de Cali y de Medellín.

En vivo. Pablo Escobar y el fútbol. Imágenes: documental Colombia Vive.

En vivo. Pablo Escobar y el fútbol. Imágenes: documental Colombia Vive.

A Gonzalo Rodríguez Gacha todos lo conocían por un apodo, El Mexicano. No era azar ni casualidad: el segundo del Cartel de Medellín era un admirador de la cultura azteca. Y señalan que de ella hablaba con frecuencia. Sólo una cosa le agradaba más: que Millonarios de Bogotá ganara cada domingo o cualquier día que jugara. El fútbol era su berretín favorito. Y lo compartía con Pablo Emilio Escobar Gaviría, El Patrón, su socio en el oscuro negocio del narcotráfico. Juntos eran capaces de ideas de asombro: contrataban futbolistas profesionales -cada uno por su lado- y armaban desafíos en la Hacienda Nápoles, el inmenso refugio de Escobar. Los trasladaban en avión, les pagaban cifras obscenas en efectivo y les ofrecían todas las comodidades requeridas. Por allí pasaron varias de las figuras de los días dorados del seleccionado colombiano, los que abrieron las puertas del Mundial de 1990 y hasta los que participaron del Cinco a Cero Monumental. Los dos narcos podían apostar dos o tres millones de dólares por partido con la misma naturalidad que cualquier otro paisa pasaba por el almacén de la esquina. Para ellos era casi un vuelto. Por esos días de los años ochenta, la revista Forbes los ubicaba entre las diez personas más ricas del mundo.

La siguiente escena sucedió mientras la policía los perseguía a Pablo Escobar y a uno de sus principales sicarios Jhon Jairo Velásquez Vásquez, El Popeye. Ambos estaban armados y acorralados. El Patrón no parecía nervioso, a pesar de la circunstancia. Tenía una radio portátil pegada a un oído. El diálogo sucedió entonces:

-Pope, pope…

-Diga, Patrón.

-Gol de Colombia.

La anécdota la contó el propio sicario en cuestión en el contexto del estupendo documental Los dos Escobar, presentado en 2010 por los hermanos Jeff y Michael Zimbalist. Resulta también un retrato del significado que el fútbol tenía para Escobar y para varios de los capos narcos.

Los barrios postergados de Medellín eran un territorio fértil para Escobar en los tiempos en los que aún pretendía mostrar su máscara de hombre respetable. Allí llegó a edificar, sobre las cenizas de un incendio devastador, un barrio entero que tuvo y tiene dos nombres: Medellín sin Tugurios se bautizó al nacer, pero todos lo comenzaron a llamar luego por el nombre de su fundador, Pablo Escobar. El Patrón tenía un modo de seducir en los rincones rezagados: construía campos de fútbol que parecían propios del ámbito profesional. Hizo más de cincuenta. De allí también se podían reclutar sicarios.

De todos modos, el principal vínculo de Escobar con el fútbol se dio a través de su intervención en los dos equipos de su ciudad: el Deportivo Independiente de Medellín y el Atlético Nacional. Pero no fue el único narcotraficante en esa búsqueda. El Mexicano asomó la cabeza en el Millonarios, a principios de los ochenta. Era su juguete. En una investigación realizada en 2012, el diario El Tiempo contó un detalle que sirve de espejo: “Algunos recuerdan cómo transportaba a decenas de invitados en buses de la Flota Rionegro y de Expreso de Oriente para que vieran jugar al ‘Ballet Azul’ en su finca Chihuahua, en Pacho. El equipo rival, capitaneado por él mismo, incluía a Gilberto Rendón y a los hermanos Rojas, sus gatilleros de cabecera”. Rodríguez Gacha -además- tenía debilidad por los futbolistas argentinos: contrató, entre otros, a Pedro Alberto Vivalda, José Daniel Van Tuyne, Juan Gilberto Funes, Alejandro Barberón y Marcelo Trobbiani. Pagaba mucho, en dólares y ofrecía un premio especial por cada gol que le gustaba. Con la lógica del billete fácil consiguió ver a su equipo bicampeón 87/88. Un año después, Rodríguez Gacha murió a manos de la policía.

El fútbol era una estupenda posibilidad para una tarea fundamental del crimen organizado: lavar el dinero que procedía del tráfico de cocaína. Los jugadores y los entrenadores cobraban cifras propias de Europa, llegaban figuras del exterior, los espectadores llenaban estadios. Y casi nadie preguntaba nada. Los hermanos Rodríguez Orejuela -líderes del Cartel de Cali- eran dueños de todas las decisiones en el América, ese que ganó cinco Ligas consecutivas y llegó a tres finales de la Copa Libertadores entre 1982 y 1987. En aquel equipo se destacaban Julio Falcioni, Roberto Cabañas y Ricardo Gareca. Entrevistado por el diario El Universal, de México, Fernando Rodríguez Mondragón -hijo del narcotraficante Gilberto Rodríguez Orejuela- contó en 2009: “Se conformó un equipo casi invencible que se paseó todos los estadios de Colombia no solamente con sus grandes jugadores, sino con el dinero que había producto del narcotráfico, el cual también influyó en ciertos resultados cuando empezaron a pagarles a los árbitros dinero para que favorecieran al equipo”.

La rivalidad entre los dos grandes carteles de la droga -Medellín y Cali- se trasladó al fútbol. Pablo Escobar quería que el Atlético Nacional fuera motivo de orgullo para el pueblo paisa. En 1988, su socio El Mexicano había celebrado a todo lujo y orquesta la consagración del Millonarios. Atlético -que no salía campeón desde 1981, tiempos de Osvaldo Zubeldía como entrenador- fue el subcampeón y también accedió a la Libertadores. El año siguiente fue un síntoma de la sociedad y del fútbol colombianos: la tragedia y la gloria; la violencia y el festejo.

Las mafias del narcoterrorismo y de las apuestas fueron a fondo en 1988 con el anticipo de lo que vendría. En noviembre secuestraron al árbitro Armando Pérez. Le comentaron -por si no sabía- el significado de la ley primera de los carteles: “plata o plomo”. Es decir: o acepta el dinero o muerte. Le dijeron que iban en representación de seis clubes. Justo un año después, tras un encuentro entre el Independiente de Medellín y América de Cali fue asesinado por sicarios el árbitro Alvaro Ortega. Según contó El Popeye ese crimen nació de una orden de Pablo Escobar. Estaba disconforme; entendía que el juez lo había favorecido al equipo caleño. Por primera vez en la historia de la Liga de Colombia, se suspendió la competencia. No hubo campeón. Pero sí un dato que cuenta aquellos días bravos: entre los seis equipos que a esa altura permanecían con posibilidades, estaban los cuatro que regenteaban los principales narcos del país, los dos de Medellín, Millonarios y América.

En ese 1989 de tantos dolores y tantos vértigos, el Atlético Nacional consiguió lo que ningún otro equipo colombiano hasta entonces: ganar la Copa Libertadores. En el ámbito narco la lectura era otra: el deseo que tenían los Rodríguez Orejuela lo cumplió Pablo Escobar. Dirigido por Francisco Maturana, con René Higuita, Andrés Escobar y El Palomo Usuriaga entre sus figuras, se armó para ser campeón. Y jugaba como tal frecuentemente. Sin embargo, sostienen -rivales, periodistas, allegados- que también contaron con cierta complicidad arbitral, cuanto menos ocasionalmente. Al año siguiente, también por la Libertadores, el ábitro uruguayo Daniel Cardellino presentó un informe ante la Confederación Sudamericana en el que confesó recibir amenazas de muerte y una oferta de dinero (20.000 dólares) para favorecer a Atlético Nacional ante Vasco da Gama. El partido en Medellín lo ganó 2-0 el local y fue anulado. Se volvió a disputar en Santiago de Chile y el equipo colombiano, que jugaba muy bien más allá del contexto, volvió a imponerse, pero 1-0, y pasó a las semifinales. A consecuencia de ese episodio el fútbol colombiano fue sancionado: sus equipos no pudieron disputar competiciones internacionales en condición de local hasta 1992.

Ya en 1991, el líder del Cartel de Medellín se entregó voluntariamente a cambio de la promesa de que no sería extraditado a los Estados Unidos. Desde la cárcel, que se llamaba La Catedral, El Patrón seguía siendo el patrón. Y mandaba afuera y ordenaba adentro. En una ocasión, organizó un partido de fútbol para honrar a la Virgen de las Mercedes, patrona de los reclusos. A la cita fueron varios futbolistas de la región. Entre ellos, Higuita. El arquero pagó con rechazos -sobre todo de los medios y de las autoridades- el precio de esa amistad peligrosa.

Andrés Escobar sabía bien quién era Pablo Escobar. Y en su condición de figura del Atlético Nacional conoció la Hacienda Nápoles, ese mundito paralelo en el que cabía hasta un zoológico personal. En el Mundial al que no pudo ir Higuita, el de 1994, Andrés cometió un error impropio de su condición de crack: frente a Estados Unidos convirtió un gol en contra que significó la eliminación de Colombia, aquella de los días de oro. Al regreso, lo esperaba un espanto. Lo escribió el periodista Daniel Coronell en la revista Semana, de Colombia: “Andrés Escobar tenía 27 años cuando lo mataron. La madrugada de ese sábado, julio 2 de 1994, Humberto Muñoz Castro desocupó el tambor de un 38 largo sobre la espalda del futbolista. Sucedió en el parqueadero de una discoteca de Medellín donde Andrés había ido a conversar con unos amigos y a tratar de olvidar el autogol”. Andrés había tenido un altercado con los hermanos Pedro y Santiago Gallón Henao -los patrones de Muñoz Castro- por aquel gol maldito. Ellos habían sido hombres de Pablo Escobar, a quien traicionaron poco antes de que la policía lo encontrara y lo matara, en 1993. Con El Patrón en la tumba la violencia seguía latiendo. También en el fútbol.

Fuente: http://www.clarin.com/deportes/futbol-tiempos-Pablo-Escobar_0_1091291136.html.