Una decisión trascendental

Donald Trump.

Por Thomas Joscelyn 

La guerra de Afganistán dura ya casi 16 años. Es la más larga de la historia de nuestro país. Numerosos americanos se preguntan por qué siguen nuestros soldados allí. La extendida frustración es compartida por nuestro comandante en jefe. La Administración Trump aún no ha anunciado sus planes para Afganistán debido en buena medida a la reluctancia del presidente a emprender acciones en ese escenario. Si manda más tropas, se convertirá en su guerra, y no está lo que se dice ansioso por heredar un conflicto muy oneroso y al parecer inmanejable. Pero mientras sopesa opciones, el presidente Trump debería tener bien presente una máxima por encima de cualquier otra: los enemigos votan. Y en Afganistán los enemigos están en auge.

El Gobierno afgano está en graves aprietos. La insurgencia comandada por el Talibán disputa o controla directamente un 40% del país. No hay ninguna zona verdaderamente fuera de su alcance. La capital, Kabul, es atacada con frecuencia.

Son muchos en Washington los que piensan que se trata de una querella local sin implicaciones para la seguridad de EEUU. Su opinión se ve reforzada por toda una legión de expertos, dentro y fuera del Gobierno, que ejercen como apologetas de facto del Talibán. Los asesores de referencia del presidente Trump deberían deshacerse de esa basura, que parece atender al deseo de la Administración Obama de quitar importancia a la supervivencia de Al Qaeda.

Resulta esencial recordar que el Talibán es un aliado clave de Al Qaeda y que ambas organizaciones son inseparables. Tras el 11-S, el presidente George W. Bush demandó al mulá Omar, el líder talibán, que se volviera contra Osama ben Laden, que le había jurado lealtad (bayat). El cacique talibán rehusó: prefirió perder su país antes que traicionar a su huésped de honor. Al Qaeda sigue jaleando su obstinación.

Ben Laden fue ejecutado en mayo de 2011, y Omar murió en algún momento de 2013. El sucesor de Ben Laden, Aymán al Zawahiri, juró lealtad al mulá Mansur, el sustituto de Omar. Luego de que Mansur fuera abatido en un ataque americano con drones sobre Pakistán en mayo de 2016, Zawahiri juró inmediatamente lealtad al mulá Haibatulá Ajundzada.

Son numerosos los vínculos entre Al Qaeda y el Talibán. El lugarteniente de Ajundzada es Sirayudín Haqani, que supervisa las operaciones militares del Talibán. Documentos encontrados en el refugio de Ben Laden revelan que los hombres de Al Qaeda lucharon durante años junto con las fuerzas de Haqani. El padre de Haqani, Yalaludín, fue uno de los primeros y más influyentes apoyos de Ben Laden.

En septiembre de 2014, Zawahiri anunció públicamente la creación de Al Qaeda en el Subcontinente Indio (AQSI), cuyo objetivo principal es reinstaurar el régimen talibán en Afganistán. Los hombres de AQSI combaten bajo la bandera del Talibán.

En octubre de 2015, fuerzas norteamericanas y afganas irrumpieron en dos enormes campos de entrenamiento de Al Qaeda en el sur de Afganistán. Uno de ellos, de unos 48 km2, puede que sea el mayor campo que haya tenido jamás Al Qaeda. Ambas instalaciones contaban con el apoyo del Talibán.

Pese a la obvia alianza del Talibán con Al Qaeda, la Administración Obama se afanó en unas estériles negociaciones con la dirigencia de la primera. El Talibán aprovechó esas conversaciones para obtener una serie de concesiones, como la apertura de una oficina política en Qatar muy útil para la obtención de recursos económicos, la eliminación de varias de sus figuras clave de la lista de terroristas de la ONU y la liberación de cinco de sus comandantes recluidos en Guantánamo. A cambio, EEUU se aseguró la liberación del sargento Bowe Bergdahl, acusado de deserción. El Talibán no renunció a Al Qaeda ni asumió ningún tipo de alto el fuego. Y nunca lo hará.

Cuando considere sus opciones en Afganistán, el presidente Trump debe recordar esta verdad esencial. Hay muchas razones por las que EEUU ha conseguido muy poco a cambio de los muchos sacrificios que ha hecho en Afganistán en los últimos 16 años: desde la falta de voluntad para enfrentarse a Pakistán a la escasa dotación presupuestaria, pasando por dos mandatos a la deriva por culpa de un comandante en jefe indeciso. Pero entre las razones más importantes se cuentael deseo de ver al Talibán como un socio potencial en vez de como el determinado enemigo que es. Si Trump sigue adelante con esta peligrosa ficción, fracasará.

Si el Talibán consigue reinstaurar su emirato en Afganistán, será una extraordinaria victoria para la causa de Al Qaeda. Yihadistas de todo el mundo han jurado lealtad a Zawahiri y, a través de él, al líder del Talibán. Están tratando de erigir su propio califato, similar al del Estado Islámico, con Kabul como capital. Si lo consiguen, las consecuencias para la seguridad internacional serán muy graves.

© Versión original (en inglés): The Weekly Standard
© Versión en español: Revista El Medio

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