Cristianos de Siria: historia personal de un legado sometido a despojo

Por Lamis Jalilova

Dependiendo de con quién se hable, son entre seis y dieciséis los grupos étnicos que componen la población siria; pero los seis principales son los musulmanes suníes, los musulmanes chiíes (alauitas e ismailíes), los cristianos, los drusos, los kurdos, los circasianos y los refugiados apátridas palestinos y sus descendientes. Los cristianos no son forasteros en la tierra siria, no han sido importados. En realidad, son sus fundadores y habitantes originales. El nombre Siria se deriva de las denominaciones cristianas asiria y siríaca, que constituían el 80% de la población del país antes de que la llegada del islam, en el siglo VII.

Los cristianos son supervivientes con independencia de qué grupo esté en el poder, y han sufrido a manos de la mayoría de los que han gobernado o invadido Siria a lo largo del tiempo. Los cristianos de Siria se enorgullecen de su identidad nacional, de su patriotismo, de su participación en la lucha por la independencia y de su contribución a la formación del Estado moderno sirio. Su apoyo a la lucha palestina contra la ocupación israelí y su identidad panárabe demuestran su inquebrantable vínculo con los pueblos de la región y sus luchas por la independencia.

En los últimos seis años, han surgido varias teorías para explicar la cautela y el silencio de los cristianos sirios ante la creciente brutalidad del régimen. Temen a la oposición yihadista, y es fácil señalar a los cristianos porque están concentrados en las zonas urbanas. También tienden a seguir la línea dictada por los líderes de sus respectivas Iglesias. Pero, a pesar de algunos comandantes simbólicos, están infrarrepresentados en el aparato militar sirio, por razones que van desde un desagrado personal hacia la violencia y la preferencia por las carreras civiles a la política sectaria, meticulosamente calculada, de los regímenes de los Asad, que han gobernado el país durante casi cinco décadas. Los apuros de los cristianos de Siria se derivan del hecho de que, aunque han sido utilizados para cubrir las apariencias, en realidad son marginados por el régimen y denostados por la oposición.

Para entender mejor su dilema, resulta útil un poco de contexto histórico. Las élites cristianas fueron fundamentales para la formación de la República Árabe Siria. Michelle Lutfalah, político, empresario e intelectual sirio-libanés, dirigió las negociaciones para la independencia de Siria y participó en la conferencia de París de 1919. Fares al Juri, otro líder cristiano, estuvo al frente de los movimientos sirios nacionalistas, laicos y panárabes, y llegó a ser primer ministro. La Iglesia también tuvo su cuota de actos desinteresados. Se cuenta que, durante la terrible y famosa hambruna de 1915-1918, el patriarca de Damasco vendió su corona para comprar comida para la población de la ciudad. Al enterarse, un empresario musulmán compró la corona y se la devolvió al patriarca, que procedió a venderla otra vez para alimentar a más gente, sin tener en cuenta la confesión religiosa de cada cual. Un destacado académico sirio solía decir: “No me pregunte sobre el número de cristianos que hay en el Ejército sirio, sino sobre sus contribuciones a la construcción de fábricas, hospitales y colegios; puedo contar muchos”.

Pero con el golpe de Estado baazista de 1963 y después con el de Hafez al Asad contra Salah Yadid, en 1971, vino una clara y calculada política de “divide y vencerás”. Se acabaron los tiempos de coexistencia nacional y construcción de comunidad; fueron gradualmente reemplazados por políticas que defendían la división en líneas sectarias y socioeconómicas. Los campesinos alauitas fueron catapultados a las ciudades y se les animó a unirse al Ejército, lo que elevó su estatus socioeconómico, lastrado por un pasado de marginación y discriminación. A los cristianos se les dijo que se estuvieran quietos o se atuvieran a las consecuencias. Para conseguir cualquier cosa había que unirse al Partido Baaz y jurar lealtad al régimen. El servicio secreto (Mujabarat) era omnipresente. Algunos cristianos siguieron prosperando en los negocios y en otras profesiones, pero la población cristiana en conjunto fue cada vez más apartada, de forma deliberada, de la mayoría suní.

Tampoco es ningún secreto que la Iglesia fue infiltrada por el Mujabarat, como les ocurrió a muchas otras instituciones. A los curas, como a los imanes, se les empujaba a informar sobre sus parroquias y comunidades, y se les recompensaba por ello. Se les daban instrucciones para transmitir mensajes previamente fijados durante sus respectivos sermones de los viernes y los domingos, así como en festividades religiosas y otras ocasiones importantes.

Por lo tanto, los cristianos de Siria no pueden decir que hayan gozado de ningún privilegiobajo el régimen de Asad. En su lugar, se les asignaba solamente un ministro en cada gabinete, que tenía que ser de Haurán o Latakia, nunca de la élite de Damasco. Sus pueblos eran marginados, subfinanciados, se les negaba cualquier infraestructura importante, y a sus jóvenes se les animaba a emigrar. Mientras, los pueblos alauitas han disfrutado de infraestructuras de vanguardia desde la década de 1990.

De hecho, al principio de las masivas manifestaciones pacíficas, en marzo de 2011, los activistas cristianos se volcaron en la logística de la revolución, emplearon sus conocimientos periodísticos, documentales, fotográficos y lingüísticos en pro de un esperanzador sueño de reformas, del fin de la brutal impunidad del régimen y sus matones y del derecho a vivir en una sociedad moderna regida por el imperio de la ley. Estos activistas resistieron en un primer momento los intentos del régimen de empujarlos a la lucha armada. Así, cuando tuvieron lugar los asedios de Daraya, las comunidades cristianas plantaron cara y respondieron como mejor sabían, con ayuda humanitaria, cuando el régimen dejaba morir de hambre a los bebés mientras la mayoría del resto del mundo no hacía más que mirar.

Tal vez la figura cristiana más destacada de la revolución fuese Basel Shahada, asesinado por el régimen en Homs en 2012. Era un joven y prometedor productor de cine e ingeniero que abandonó su beca Fullbright en Estados Unidos para volver a Siria como activista, a proporcionar ayuda humanitaria y documentar lo que él consideraba una lucha legítima y pacífica del pueblo sirio contra el régimen de Asad. Después de que lo mataran, pasaron días hasta que su familia recibió el cuerpo, en el barrio damasceno cristiano de Bab Tuma. Mientras la gente llenaba las calles en señal de duelo –la mayoría eran partidarios de la revolución–, los líderes de la Iglesia acataron las instrucciones del régimen de cancelar el funeral por temor a que las protestas se extendieran por todo el barrio. “El silencio era ensordecedor”, declaró un amigo, “y la vergüenza que todos sentimos como cristianos fue increíble. Nuestra Iglesia había abandonado a Basel, a su familia y a sus amigos, en un momento en que tenía una responsabilidad. Típico de un liderazgo cobarde y corrupto”.

Algunos clérigos cristianos sí se enfrentaron al régimen, asumiendo un grave peligro personal. Siempre que unos sacerdotes cristianos culpaban a las partes en conflicto de las muertes, los desplazamientos y la destrucción, desaparecían en extrañas circunstancias y se decía que habían sido “asesinados o secuestrados” por milicias islamistas radicales. El caso más destacado fue el del padre Paolo Dall’Oglio, un predicador italiano que se definía como sirio por elección y hablaba perfectamente el árabe sirio. Hubo otros, como el del padre Francis, asesinado en Homs, donde ofreció su ayuda y colaboró para romper el asedio, y el del padre Hadad, secuestrado en Qatana tras criticar al régimen por usar la fuerza contra la población civil.

Para impedir esa clase de oposición cristiana, el régimen ha respondido históricamente con la estrategia de apartar a los cristianos de los musulmanes. La medida más repulsivamente simbólica tiene relación con la infame prisión de Saidnaya, una cárcel militar donde los presos políticos son torturados y ejecutados por millares (las cifras se han disparado desde el inicio de las revueltas). Su ubicación no es arbitraria: se encuentra a 27 kilómetros de Damasco, en una de las ciudades más significativamente cristianas en términos religiosos, culturales e históricos, y cuyos habitantes originales aún hablan arameo. Se logró asociar un lugar cristiano de peregrinación con las prácticas más inhumanas y terribles del régimen de Asad, que ha terminado allí con decenas de miles de vidas.

Aún peor: el perverso e impactante contraste de la existencia de la prisión con lo que muchos consideran un lugar sagrado es cuidadosamente coreografiado con las visitas al monasterio de Saidnaya de Asad y su mujer, Asma, en las que todo sonrisas, besos y abrazos a las monjas y a los huérfanos ortodoxos. Se trata de gestos de cara a la galería para aceitar su imagen de defensores progresistas de las minorías. Una vez más, se aprovechan de los cristianos exhibiéndolos como el régimen considera conveniente. En esta campaña de propaganda, una monja libanesa ha hecho las veces de vocera del régimen. A lo largo de casi tres años, la madre Agnes ha dado una entrevista tras otra y viajado por el mundo dando discursos en defensa de Asad y el Ejército sirio por su protección de las minorías.

Otro ejemplo importante es el uso que hace el régimen de los cristianos ortodoxos con el fin de complacer a la opinión pública rusa. De hecho, la Rusia de Putin es retratada como la nueva salvadora de la Cristiandad oriental. Los rumores y la propaganda llegaron a tal punto que los cristianos ortodoxos creyeron, esperanzados por las noticias, que se les concedería asilo a todos en Rusia. Esos rumores eran contradichos por la realidad de los planes de los regímenes ruso e iraní para alterar la composición demográfica del país, por los cuales los musulmanes suníes y las familias cristianas se verían obligadas a abandonar sus casas y serían sustituidos por musulmanes chiíes de Irán, Irak y el Líbano, en unos calculados intercambios de población. Buena parte del casco histórico de Damasco, que había estado habitado predominantemente por cristianos –y en cierta época también por judíos–, ha sido, en efecto, vendido a empresarios iraníes, en otro intento de alterar la demografía y recoger el botín de guerra mientras se borra el ancestral carácter cristiano del lugar. Pero, al mismo tiempo, el régimen brinda de forma selectiva a algunas zonas cristianas más inversión en infraestructuras, como un acceso a internet mejor y más barato, telecomunicaciones modernas, autopistas y carreteras asfaltadas y mejores sistemas de recogida de basuras. Esto es sólo para ganarse su apoyo, o al menos su silencio, con actuaciones que contrastan tremendamente con las bombas de barril y otros medios de muerte y destrucción que han afectado al resto del país.

Es una falsedad afirmar que el conflicto sirio no ha afectado a la población cristiana. De los muchos millones de sirios obligados a salir del país o a desplazarse internamente, y de un total de catorce millones que necesitan ayuda humanitaria, un millón y medio son cristianos. Unos pocos siguen apoyando al régimen de Asad como el menor de dos males. Pero la mayoría simplemente sobrevive en silencio, con un fuerte deseo de emigrar en busca de una vida más segura en el Occidente que los ha abandonado, a ellos y a sus compatriotas.

© Versión original (en inglés): Fikra Forum
© Versión en español: Revista El Medio

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