El vídeo de la mora increpando a una joven española en Mallorca por llevar pantalón corto, espejo del futuro que nos espera

Nótese la diferencia. Una mujer musulmana increpa a una joven a las puertas de una biblioteca en Palma porque no le parecían de buen gusto sus ‘shorts’. La increpó con saña y no nos hubiésemos enterado de no ser porque alguien grabó la secuencia. Imagine ahora el lector un cambio en el papel de las dos protagonistas, sin que al caso haga falta que nos traslademos a un país de obediencia musulmana. Imaginemos, aquí en España, a una joven o a un joven autóctono siendo grabados mientras increpan a una mora por su siniestra vestimenta. ¿Cuánta más repercusión social no habría tenido ese supuesto caso? ¿Existiría un sólo español sin enterarse de este flagrante caso de “islamofobia”? ¿Cuántas alusiones al suceso no habrían sido hechas en las principales cadenas televisivas? ¿Cuántos más resultados de búsqueda se habrían producido en Google? ¿Cuántos interfectos habrían hecho falta para saldar la deuda moral con la musulmana? ¿Cuánto habría tardado la policía en identificar y poner al agresor en las punitivas manos de algún fiscal del odio?

Ha ocurrido sin embargo lo de casi siempre; es decir, que una europea ha sido atacada verbalmente por vestir conforme a las costumbres locales. Y también como casi siempre, el agresor (en este caso, la agresora) verá diluida su responsabilidad en el mar del olvido.

Si un español cualquiera atacara de una forma tan salvaje la forma primitiva de vida de una musulmana, incurriría en un delito de odio. Pero si es al revés, el atacante queda exento de cualquier responsabilidad penal. La islamofobia como delito de Odio fue creada para amordazar la respuesta política al plan establecido por las élites mundialistas para el reemplazo demográfico en Occidente. Las leyes españolas carecen de respuesta efectiva cuando la víctima es seleccionada por algún moro o por alguna mora a causa de su conexión, relación, afiliación, apoyo o pertenencia real o supuesta a la cultura todavía mayoritaria en nuestro país. La posición de las instituciones democráticas europeas es la de ceder continuamente ante los musulmanes. Cuando se produce algún caso difícilmente justificable, pongamos una agresión física o verbal como la de Palma, entonces el asunto queda reducido al nivel de anécdota. La motivación racista nunca cuenta si el agresor no es español. Si matan a los nuestros en nombre de Alá, nos dicen que se trata de una desviación y patología que aqueja al islam, como han aquejado y aquejan a otras religiones. Por consiguiente, si los actos violentos que tienen como destinatarios a los de casa son sistemáticamente atenuados, cuando no justificados, es del todo lógico que los musulmanes en Occidente estén cada vez más envalentonados y nos observen cada vez con menos respeto.

Un principio de la psicología islámica determina que los gestos de liviandad hacia ellos son  interpretados como muestras de debilidad y cobardía.  Los dirigentes europeos nunca reconocerán esta premisa básica.  Y así nos va y así de peor nos irá yendo cuando empiecen a sentirse dueños del territorio, como de facto ya lo son en las ciudades autonómicas de Ceuta y Melilla, donde la población española ha quedado reducida a un puñado de funcionarios y otro puñado de desahuciados que vivaquean como almas en pena.

Lo apunta muy certeramente Lola, una de las más fecundas participantes en el mejor foro identitario de España: el de esta casa. Obsérvese en el vídeo el control que ya ejercen sobre todos nosotros. La mora espeta furiosa y desafiante a la joven española: “Llama a la policía”. Su seguridad está muy bien sustentada. Sabe bien de qué parte están las corrompidas instituciones políticas y los agentes a su servicio. Sabe que los jueces, salvo reducidas excepciones, no se atreverían a condenarla nunca en tanto mujer y musulmana. Sabe que pueden invadirnos impunemente y que incluso nos aprestamos a recogerlos en aguas internacionales para que sean mantenidos con el dinero que los políticos niegan a nuestros compatriotas. Saben que son un arma de incalculable potencial para los arquitectos del nuevo orden. El tono imperativo con el que exhorta a la joven española a llamar a la policía refleja sobre todo la seguridad que siente y la sensación de dominio desde la que nos contempla. Comprenderán todos ustedes el por qué mi creciente desafección hacia los funcionarios uniformados del Estado, en otros tiempos tan queridos y admirados por nosotros.

Si las vomitivas imágenes pueden servir de algo es de aviso a navegantes. A la vuelta de dos o tres esquinas generacionales, las jóvenes españolas serán igual de maltratadas en plena calle, pero no por llevar pantalones cortos, si no por dejar de llevar el chador. Si no estuvieran tan intelectualmente enclaustradas y tan henchidas de prejuicios feministas, tendrían ya que darse cuenta del porvenir que les espera. Pero no sólo a ellas.

Si el valor de los españoles no estuviese tan castrado, si hubiese para ellos vida más allá del fútbol, si el sentido perdurable de las cosas valiese más que un tatuaje, si no fuesen presas tan fáciles para las fauces afiladas del Sistema, si la telebasura dejase de tener para ellos el efecto amnésico del opio, entonces, tal vez entonces, contemplarían el vídeo de Mallorca con otros ojos y con la perspectiva que les ha sido cercenada.

Alerta Digital

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