Proceso de paz israelo-palestino: no es bueno volver a intentarlo

netanyahu-trump

Por Elliott Abrams 

Hay poco optimismo entre las propias partes respecto a los renovados esfuerzos estadounidenses por negociar un acuerdo de paz integral israelo-palestino. En Ramala y en Jerusalén, autoridades, periodistas y analistas políticos han observado cómo la laboriosa actividad de EEUU bajo las presidencias de Clinton, Bush y Obama quedaron en nada, y esperan que lo mismo ocurra con la Administración Trump.

Hay mucho más optimismo en la Casa Blanca de Trump, un optimismo que por supuesto viene de arriba. En febrero, el presidente dijo en una rueda de prensa conjunta con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu:

Creo que se alcanzará un acuerdo. Sé que todo presidente lo ha deseado. La mayoría no empezaron hasta que ya era tarde porque nunca pensaron que fuese posible. Y no fue posible porque nada hicieron. Pero Bibi y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Es un hombre inteligente, un gran negociador. Y creo que vamos a conseguir un acuerdo. Podría ser un acuerdo mayor y mejor de lo que puedan llegar a entender las personas aquí presentes.

En abril, el presidente Trump añadió: “No hay razón para que no haya paz entre Israel y los palestinos, ninguna en absoluto”. Y en una rueda de prensa que celebró en mayo con el presidente palestino, Mahmud Abás, hizo la misma afirmación categórica: “Queremos crear la paz entre Israel y los palestinos. Lo conseguiremos (…) Es algo que, creo francamente, quizá no sea tan difícil como la gente ha pensado durante años”.

La actitud que he percibido fuera del Despacho Oval es más realista sobre las probabilidades de éxito. Pero los argumentos que sugieren que hay pocas probabilidades o ninguna reciben una respuesta estándar: “Vale, pero ¿qué se pierde con intentarlo?”.

No es una idea nueva. Era de Clinton. Él mismo dijo: “Que nos pillen siempre intentándolo, así morirán menos personas”. También la Administración Trump quiere que la cojan intentándolo, y opera bajo la suposición de Clinton: no se daña a nadie, y de hecho es un empeño que salva vidas.

Pero esa conclusión es equivocada, como deberían haber dejado claro las sucesivas oleadas terroristas. Por decirlo de una manera ligeramente distinta: los intentos sí producen daños, y no salvan vidas.

¿Cuáles son esos daños?

Para empezar, el fracaso siempre es perjudicial para Estados Unidos —y para su presidente—. Es difícil medir la influencia en el mundo, pero cuando un presidente se vuelca —especialmente, como hizo Clinton en las conversaciones de Camp David (2000)— en un proyecto dado y no consigue sacarlo adelante, su influencia y la de Estados Unidos se resienten. Sí, obtiene reconocimiento por haberlo intentado, pero el fracaso no reporta el menor beneficio.

Las opiniones difieren sobre por qué fracasó Camp David: que si Estados Unidos juzgó erróneamente a Yaser Arafat, que si la Casa Blanca estaba pobremente preparada, que si eltempo fue un desastre, que si las condiciones fueron malinterpretadas… Pero sacar un sobresaliente en intentarlo no es suficiente cuando está en juego la seguridad de otras personas.

Los resultados importan. Cuando Estados Unidos tiene éxito, como por ejemplo en los Acuerdos de Dayton de 1995 sobre los Balcanes o en Camp David con Jimmy Carter, su prestigio y su influencia crecen. Pero ya digo que se trata de una moneda de dos caras, y el fracaso nunca es bueno. Con el declive de la influencia de EEUU en los últimos años, dedicar un esfuerzo considerable a un objetivo improbable parece una prioridad equivocada.

Es más: EEUU lleva capitaneando el proceso de paz desde hace casi treinta años, si empezamos a contar desde George H. W. Bush y la Conferencia de Madrid de 1991. Los palestinos y los israelíes han visto ir y venir a los negociadores; o, en muchos casos, no irse nunca y simplemente envejecer y escribir memorias. Una ronda sucede a otra, se hacen anuncios de que se han logrado procesos y se denuncia que no hay avances, y la “insostenible ocupación” continúa. Lo que todo esto genera es cinismo sobre las negociaciones de paz y sobre la propia paz. Por la parte palestina, muchos ven el proceso como una manera de mantener la ocupación, mientras que numerosos israelíes lo consideran un escudo que protege a los palestinos de las consecuencias de sus transgresiones; peor aun: cuando exigen que cese el ensalzamiento oficial del terrorismo por la parte palestina, les dicen: “No torpedees el barco ahora, que podrían empezar las negociaciones”.

Una razón adicional para ser cautos ante otro gran esfuerzo por la paz es el coste de oportunidad. Cuando cada sucesiva Administración trabaja por un acuerdo de paz integral, es propensa a desatender muchas oportunidades para alcanzar un progreso menos drástico pero más auténtico y relevante. Si, por el contrario, el objetivo fuese dejar las cosas mejor de lo que estaban, cualquier medida de progreso incremental sería una victoria. Ese era el enfoque de abajo arribadel primer ministro Salam Fayad, que se volcó en la consecución de la independencia palestina pero pensó que primero era necesario construir las instituciones de un Estado viable. Lo cual significaba poner el foco en tener unos mejores controles financieros y en poner coto a la corrupción; en que hubiera unos tribunales y unas fuerzas de policía mejores, y una economía más productiva. Por desgracia, ese enfoque incremental carecía de dramatismo y no recabó el apoyo internacional que merecía, incluso por parte de Israel y EEUU.

Con la Administración de George W. Bush, los que estábamos en el lado americano solíamos exigir concesiones a Israel para “sentar las bases de las negociaciones” o “lograr avances” en las mismas. Esos pasos daban a menudo victorias simbólicas a Abás, pero rara vez contribuían  alstate-building. Así, estábamos más preocupados por conseguir que Israel liberara a algunos presos palestinos —que podían haber cometido actos de violencia— que en que retirara los puestos de control o las barreras que impedían la movilidad en la Margen Occidental y por lo tanto dificultaban más la vida y la actividad económica cotidianas de los palestinos. Cómo el devolver a criminales convictos a las calles podría contribuir a la construcción de un Estado palestino es algo que nunca se explicó.

Hagamos ahora un experimento mental: supongamos que los presidentes Clinton, Bush y Obama no se hubiesen concentrado durante 24 años en la paz, en un acuerdo integral, sino en el progreso, en hacer más fácil la vida a los palestinos, en construir instituciones, en impulsar el crecimiento económico y la cooperación económica israelo-palestina. Estos últimos objetivos siempre formaron parte de las políticas de EEUU, pero nunca fueron lo principal, siempre ocuparon un lugar secundario. Netanyahu, por ejemplo, ha eliminado muchas barreras y puestos de control en la Margen Occidental en los últimos diez años. ¿Podrían haberlo hecho años antes sus predecesores, si hubiese sido un objetivo estadounidense? Israel transigió finalmente y este año permitió el acceso al 3G inalámbrico en la Margen Occidental. ¿Podría haber sucedido antes, con los beneficios económicos aparejados, si hubiese sido un verdadero objetivo de EEUU? Está previsto que el Puente Allenby hacia Jordania abra las 24 horas en los días laborables, a partir de este mismo mes. ¿Se podría haber abierto hace ya un año, o diez, si Estados Unidos lo hubiese considerado una prioridad?

Así que el empeño en un “acuerdo de estatus final” integral no carece de costes. La idea de que “no se pierde nada por intentarlo” es errónea. Es comprensible querer lograr un acuerdo de paz definitivo, por supuesto. Presumiblemente, beneficiaría a ambos pueblos, así como a los que podrían atribuirse el mérito: habría Premios Nobel de la Paz, apretones de manos en el jardín de la Casa Blanca, memorias que vender y discursos que pronunciar. Si esto parece indebidamente cínico, no debería. Es posible dedicarse a la paz y también ser perfectamente consciente de los beneficios personales que podría deparar.

Olvidemos el cinismo y adoptemos el idealismo realista que creo ha caracterizado a la mayoría de los diplomáticos y presidentes estadounidenses que se han enfrentado al conflicto israelo-palestino. El viejo consejo de Talleyrand es, no obstante, muy apropiado: surtout, pas trop de zèle (sobre todo, no pongas demasiado empeño). No dejemos pasar las oportunidades de obtener pequeñas ganancias, de lograr avances poco espectaculares y casi invisibles, por poner en marcha cambios que tardarán mucho tiempo en dar fruto. La probabilidad de conseguir un acuerdo de paz completo son muy pequeñas. Debería bastar con poder decir, dentro de cuatro u ocho años: “Pues sí, lo cierto es que realmente conseguimos mejorar las cosas”.

© Versión original (en inglés): The Weekly Standard
© Versión en español: Revista El Medio

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s