Siria: no cometer los mismos errores que Obama

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Por Noah Rothman 

Con todo Washington volcado en la elaboración de una nueva ley sanitaria, la Casa Blanca de Trump parece haber cogido al establishment político del país con la guardia baja al anunciar quela crisis en Siria ha subido de temperatura.

En una declaración preparada, el secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, reveló que el régimen de Bashar al Asad estaría incurso en “potenciales preparativos” para ejecutar “otro ataque químico” contra población civil. “[Si] Asad lleva a cabo otro ataque letal masivo con armamento químico, él y su militares pagarán un alto precio”, decía el texto.

Horas después, el Pentágono abundó en la naturaleza de la amenaza. “Hemos observado actividad asociada con armas químicas en el aeródromo de Shayrat”, declaró el capital Jeff Davis. La base aérea de Shayrat, en las afueras de Homs, es la misma que fue objeto de un ataque norteamericano con 59 misiles de crucero Tomahawk el pasado mes de abril.

Pese a la frustración que haya podido generar el fracaso de la Administración Trump a la hora de diseñar una estrategia coherente sobre la implicación norteamericana en Siria, lo cierto es que la Casa Blanca ha transmitido al régimen de Asad una serie de parámetros, lo que supone un notable avance sobre la manera de proceder de la Administración Obama.

Cuando las fuerzas americanas desplegadas en Siria, o las que operan bajo el paraguas estadounidense, sean amenazadas por el régimen de Asad o sus aliados, EEUU responderá. Las fuerzas norteamericanas han llevado a cabo varios ataques defensivos contra milicias progubernamentales, y esa política se ha ampliado recientemente con la inclusión de las fuerzas regulares sirias. El día 18, un bombardero sirio Su-22 fue abatido cuando trataba de atacar a combatientes apoyados por EEUU que se encontraban sitiando la ciudad de Raqa, en manos del ISIS.

Asimismo, la Administración Trump ha comunicado a Damasco en qué circunstancias procederá a emprender operaciones ofensivas contra sus fuerzas. A riesgo de contravenir su promesa electoral de reducir los compromisos norteamericanos en el exterior, el presidente Trump fue urgido por sus asesores más cercanos y por miembros de su familia a lanzar operaciones contra el régimen de Asad tras el ataque con armas químicas perpetrado por Damasco el 4 de abril. Su Administración salió rauda a decir que iba a ser una medida punitiva excepcional, no una campaña.

Esa directiva parece que ya no rige. Con el comunicado previamente citado, en el que se advierte a Damasco de que no vuelva a perpetrar ataques químicos sobre posiciones rebeldes, los detonantes que llevaron al ataque de abril han devenido en doctrina. EEUU actuará agresivamente para mantener la prohibición global del uso de armas de destrucción masiva. La posición de Trump tiene tal consistencia y claridad que puede equivaler a la disuasión. Incluso si el régimen de Asad no resulta disuadido, puede que otros espectadores sí.

Esta es una doctrina con la que flirteó Barack Obama, pero finalmente no la asumió. “Si la prohibición contra ese tipo de armamento se socava, otros tiranos no se lo pensarán dos veces a la hora de adquirir gas venenoso y emplearlo”, explicó a la nación el 10 de septiembre de 2013, en un discurso en horario de prime time. “Nuestras tropas podrían volver a afrontar la perspectiva de una guerra química en el campo de batalla. Y a las organizaciones terroristas les podría resultar más fácil hacerse con ese armamento, y utilizarlo contra civiles”.

Esa fue y sigue siendo una advertencia profética. Los militantes del ISIS ya han empleado armas químicas contra tropas iraquíes, así como contra sus asesores norteamericanos y australianos. Si Occidente no toma medidas, podríamos vérnoslas con un futuro nada promisorio, signado por la existencia de déspotas que no trepiden en hacer un uso indiscriminado de armamento no convencional en el campo de batalla.

Obama enmarcó su giro de 180 grados en una suerte de extraña coherencia. Puso trabas al Congreso como no había hecho antes ni haría después, mientras simultáneamente empoderaba a Moscú para que mediara en el conflicto, lo que despejó el camino a una intervención armada rusa en Siria sólo dos años después. En contraste, Donald Trump rehuyó la repetitiva danza de la conformación de coaliciones y la diplomacia y ordenó unilateralmente un ataque punitivo contra un canalla por comportarse como tal. Y se muestra dispuesto a volver a hacerlo.

Este enfoque ha demostrado ser revitalizante para los aliados suníes de EEUU, completamente desilusionados con el último Obama. Que Obama reculara ante su propia línea roja socavó a los Estados del Golfo y, en Siria, dinamitó la esperanza de que Occidente hiciera cumplir la prohibición de las matanzas masivas de civiles. En la semana en que los tambores de guerra condujeron al anticlímax del 10 de septiembre de 2013, una oleada de deserciones en el Ejército sirio sugirió que era posible un futuro post-Asad. Hoy, son pocos los que lo creen concebible. Y como la insurgencia contra su régimen no va a terminar mientras Asad siga en el poder, son muchos los que no conciben un pronto final de la guerra civil.

Estas circunstancias han llevado a algunos a criticar a la Administración Trump. Quizá ha definido con demasiada precisión las conductas que está resuelta a castigar. ¿Debería repensar la Casa Blanca lo del cambio de régimen? Después de todo, eso es tanto una guerra civil como un conflicto entre potencias. Las tropas americanas, las rusas, las turcas, las británicas, las francesas, etc., están ya sobre el terreno, y con propósitos encontrados. Otros dicen que incluso este nivel de implicación en el Levante es irresponsable y arguyen que la ciénaga siria ha de evitarse a toda costa.

Son todas ellas críticas legítimas, pero sólo ahora puede haber un debate racional sobre una política concreta con respecto a Siria.

Durante más de tres años, Barack Obama actuó al modo de Juan Palomo. Se presentaba como sabiamente imperturbable ante las presiones del establishment belicista, que salivaba ante la perspectiva de unos provechosos ataques contra una nación extraña. Al mismo tiempo, la Casa Blanca lucía como una reluctante defensora de la civilización en Oriente Medio y en cualquier otro lugar, aunque se mostrara rauda a la hora de desplegar hombres y órdenes. No era más que una actualización absurda del empeño de Barack Obama de salvar la cara tras su renuncia a hacer respetar su propia línea roja.

La política de la Administración Trump en Siria supone un avance con respecto a lo que había con Obama aunque sólo sea porque merece ser tenida por tal. Les guste o no, al menos los americanos ya no se vuelven locos debatiendo sobre las virtudes de unas entelequias inventadas por estrategas políticos en los mentideros de Washington.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio

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