Relaciones EEUU-Israel: los arabistas jamás desaparecen

Por Mitchell Bard 

Siempre disfruto escuchando al ex-embajador de EEUU en Israel Daniel Kurtzer cuando habla de la política de Estados Unidos sobre Oriente Medio, porque da cuenta con erudición de la esencia de la perspectiva arabista. En una mesa redonda de la conferencia organizada recientemente por la Association of Israel Studies en Brandeis, Kurtzer aseveró que el problema de las relaciones entre EEUU e Israel es que los israelíes son poco diplomáticos y no siguen el consejo de EEUU.

Cuando sugerí que este análisis reflejaba el desacreditado punto de vista de los arabistas, Kurtzer dijo condescendientemente que los arabistas ya no existen. Después afirmó que la relación entre EEUU e Israel se había fortalecido con la Administración Obama.

A riesgo de sonar igualmente condescendiente, diré que parece que el embajador se pasó durmiendo los ocho años de la Administración Obama.

En el acto de Brandeis, Kurtzer recitó una letanía de ejemplos de la mala conducta de los israelíes; por ejemplo, que Netanyahu no siguiera el protocolo al organizar su comparecencia en el Congreso de EEUU y después utilizara ese foro para atacar la postura del presidente Obama sobre Irán. Acepté que los israelíes puede que no sean diplomáticos —una idea tan sorprendente como que se juegue en el café de Rick—, pero apunté que Estados Unidos no está en condiciones de sermonear a los israelíes sobre sutilezas diplomáticas. En lo que respecta a Israel, nuestro Gobierno se comporta de forma excepcionalmente antidiplomática. El Departamento de Estado condena públicamente la política israelí de forma habitual; a ninguna otra democracia occidental se le trata con el mismo desdén y falta de respeto.

Otra cosa que dijo Kurtzer —que Israel tiene la desfachatez de no seguir el consejo de EEUU— es arquetípica del pensamiento arabista. Se predica sobre la base de que Estados Unidos sabe lo que más conviene a Israel, y que Estados Unidos tiene que salvar a Israel de sí mismo, como dijo famosamente George Ball. EEUU no presume de decir a los europeos qué tienen que hacer, así que, ¿por qué Kurtzer cree que EEUU tiene derecho a dictar sus políticas a Israel, o que los israelíes deben aceptar esas instrucciones?

Es irónico que Kurtzer dijera eso en el 50º aniversario de la Guerra de los Seis Días, dado que el presidente Lyndon Johnson aconsejó a Israel que no fuese a la guerra. Si Israel hubiese hecho caso a Johnson, probablemente habría sufrido pérdidas catastróficas con la invasión de Egipto y Siria, en lo que se había prometido sería una guerra de exterminio. Es más: si Israel hubiese hecho caso a EEUU y no hubiera actuado como nación soberana en defensa de sus propios intereses, el reactor nuclear iraquí no habría sido destruido y, en vez de negociar un tratado con Sadat, Menájem Beguin habría asistido a una conferencia internacional donde la paz habría sido vetada por otros líderes árabes.

Ante la ilógica afirmación de que los arabistas pasaron de moda hace años, uno sólo tiene que recordar las políticas y las declaraciones de Obama, y a los miembros de su Administración. Por ejemplo, su Pentágono —otro nido de arabistas— elaboró un documento que decía que el conflicto palestino-israelí tenía una influencia negativa sobre los intereses estadounidenses en la región, y que la percepción de favoritismo hacia Israel daba alas al sentimiento antiamericano.

Esto recordaba a la década de los cuarenta, cuando el Pentágono intentó sabotear el apoyo del presidente Harry Truman a la creación de un Estado judío lanzando graves advertencias sobre la necesidad de enviar tropas estadounidenses para hacer efectiva la partición. Después de que la Liga Árabe amenazara con negar derechos sobre los gasoductos a las empresas americanas si el Gobierno de EEUU no cambiaba de política, el entonces secretario de Defensa, James Forrestal, advirtió de que los estadounidenses tendrían que conducir coches de cuatro cilindros sin petróleo de Oriente Medio.

En su último discurso sobre política exterior, el secretario de Estado de Obama, John Kerry, arremetió contra Israel —el aliado más próximo de Estados Unidos en Oriente Medio— durante más de una hora. Ignoró todos los demás asuntos de la política exterior estadounidense y dedicó el discurso entero a despotricar contra Israel por su trato a los palestinos. Mientras Kerry hablaba con desprecio de la democracia israelí, no se le ocurrió decir nada sobre Mahmud Abás o Hamás por cancelar las elecciones y arrestar, exiliar o matar a la oposición.

Ahora bien, la expresión más nítida de la mentalidad arabista vino del propio Obama. En 1951, G. Lewis Jones, del Departamento de Estado, explicó que la política de EEUU se basa “en el supuesto de que Israel necesita la paz más que los países árabes” y en que sería Israel, y no los árabes, quien tendría que hacer concesiones “a fin de obtener esa paz, puesto que los árabes están determinados a no llegar a un acuerdo” con el Estado judío. De forma similar, Obama dijo que Israel está en una posición de fuerza, y que, por lo tanto, los israelíes están en condiciones de “asumir algunos riesgos por la paz”.

Como señaló Dennis Ross, la animadversión de Obama hacia Israel era tan evidente para los israelíes, que estos dejaron de creer que pudieran contar con el apoyo estadounidense en una crisis y, por lo tanto, no estaban dispuestos a asumir riesgos por la paz, cosa que Obama esperaba que hiciesen voluntariosamente sin que hubiese una correspondencia por parte palestina.

Mientras que los arabistas siempre han sostenido que desarrollar relaciones más estrechas con Israel perjudicaría nuestros lazos con los países árabes, la hostilidad de Obama hacia Israel no hizo nada por la mejora de las relaciones árabe-estadounidenses. En su lugar, sus políticas alejaron a nuestros aliados árabes y provocaron que los países del Golfo e Israel hicieran causa común contra la agenda de Obama.

Puede que usted crea que las cosas han cambiado con la Administración Trump, pero los arabistas ya han demostrado su capacidad de resistencia convenciendo al presidente de que le pida a Israel que restrinja la construcción en los asentamientos y reniegue de su promesa de trasladar la embajada de EEUU a Jerusalén. Kurtzer debería estar contento, porque Israel ha respondido con más diplomacia y hecho caso a la advertencia de Trump en relación con los asentamientos.

Si Israel quiere alcanzar la paz, defender a sus ciudadanos y preservar su soberanía, podría llegar el momento en que sus líderes tuvieran también que hablar con franqueza —o sin diplomacia— a los funcionarios de esta Administración, ignorar el consejo de Trump y actuar basándose en el análisis de los intereses de su país.

© Versión original (en inglés): The Algemeiner
© Versión en español: Revista El Medio

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