Las cosas siguen igual: Assad debe irse (1)

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Por Michael J. Totten 

Guste o no, Estados Unidos se está implicando más en la guerra siria a pesar de la promesa del presidente, Donald Trump, de mantenerse al margen de ella.

El 6 de abril, después de que el tirano Bashar al Asad volviera a masacrar civiles con armas químicas, Trump ordenó a dos buques de guerra estadounidenses radicados en el Mediterráneo Oriental que atacaran la base aérea siria de Al Shayrat con misiles Tomahawk. Según el secretario de Defensa, James Mattis, EEUU dañó o destruyó el 20% de la fuerza aérea siria en diez minutos.

Después, el 18 de mayo, aviones de combate estadounidenses bombardearon un convoy de vehículos de una milicia progubernamental que invadió una zona restringida donde soldados estadounidenses y británicos entrenan a combatientes locales en el marco de la lucha contra el ISIS.

La política estadounidense sobre Siria es, sin embargo, igual de incoherente que cuando el presidente era Barack Obama. En agosto de 2013, el demócrata se negó a hacer cumplir con su propia “línea roja” cuando Asad asesinó a más de 1.400 personas e hirió a miles en un ataque con armas químicas contra el suburbio damasceno de Guta. Pidió mansamente la salida de Asad, pero no hizo prácticamente nada para conseguirla y en su lugar optó por levantar las sanciones contra el más firme aliado de Asad, la República Islámica de Irán, a cambio que interrumpiera temporalmente su programa nuclear.

La Administración Trump tampoco ha decidido qué hacer. “Nuestra prioridad ya no es esperar y concentrarnos en echar a Asad”, declaró en abril la embajadora estadounidense ante la ONU, Nikki Haley. En aquel entonces, el secretario de Estado, Rex Tillerson, dijo más o menos lo mismo: “El estatus a largo plazo del presidente Asad será el que decida el pueblo sirio”.

Los dos se retractaron al cabo de una semana. “Nos dedicaremos a pedir cuentas a cualquiera que cometa crímenes contra inocentes en cualquier parte del mundo”, proclamó más tarde Tillerson; y Haley afirmó: “Es difícil pensar en un Gobierno pacífico y estable con Asad”.

Desde entonces, no ha pasado mucho y ha cambiado poco. Como la Administración Obama, el equipo de política exterior de Trump reconoce que Asad es malo, pero no está dispuesto a hacer mucho más que hablar sobre ello. No obstante, en algún momento todos vamos a tener que afrontar una desagradable verdad: si la invasión de Irak demostró a la opinión pública estadounidense lo peligrosa que puede ser una intervención, el apocalipsis sirio debería haber demostrado ya que no intervenir puede ser igual de peligroso.

Al final, de un modo u otro, Asad se tendrá que ir.

Uno podría defender esa posición por motivos humanitarios. Al fin y al cabo, Asad es responsable de la muerte de cientos de miles de personas. Pero también podría defenderla por motivos geopolíticos. Después de todo, la guerra siria ha desencadenado la mayor crisis de refugiados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. El mejor argumento, sin embargo, son los relacionados con la seguridad nacional. Se den cuenta o no la mayoría de los estadounidenses, reemplazar el régimen de Asad por cualquier cosa que no sea un Estado terrorista islamista hará que EEUU, Europa, el Gran Oriente Medio e incluso la mayor parte del mundo sean lugares más seguros.

Destruir al ISIS, tanto en Irak como en Siria, es nuestra máxima prioridad. Eso no va a cambiar. El ISIS ha llevado a cabo o inspirado más de 140 ataques terroristas en cada continente habitado excepto América del Sur, y eso sin contar su brutal conquista de ciudades sirias e iraquíes; perpetra castigos medievales, como la amputación, la crucifixión y la lapidación; ha llevado a cabo la destrucción cultural e histórica de lugares ancestrales como la ciudad de Palmira, de la época romana; y no olvidemos su campaña de exterminio genocida contra la minoría yazidí de Irak.

Pero lo último que debería hacer EEUU es asociarse con el régimen de Asad. No olvidemos que Asad es un aliado de Irán, el principal enemigo de EEUU en Oriente Medio y, con Rusia, en todo el mundo. Por cierto, el propio ISIS es una criatura de Bashar al Asad.

El ISIS no existió en su forma actual hasta 2013, dos años después de que empezara la guerra siria, pero la culpabilidad de Asad se remonta a más de una década.

Tras la demolición estadounidense del régimen de Sadam Husein en Irak, los regímenes sirio e iraní tuvieron excelentes motivos para temer que podrían ser los siguientes. Durante décadas, el régimen del Partido Baazista Árabe Socialista de Asad ha sido el principal Estado patrocinador del terrorismo en todo el mundo. Si surgieran Gobiernos moderados en Teherán y Damasco, y también en Bagdad, es probable que el número de atentados se redujera de forma significativa en todo el planeta.  

Por eso Siria e Irán necesitaban asegurarse de que el cambio de régimen y el nation-buildingfracasaran estrepitosamente en Irak. Los iraníes lo hicieron financiando y armando a milicias chiíes como el Ejército del Mahdí de Muqtada al Sader y la rama iraquí de Hezbolá, mientras que Asad propició el surgimiento de organizaciones terroristas suníes, especialmente la Al Qaeda local de Abu Musab al Zarqawi.

En su libro ISIS: Inside the Army of Terror, Michael Weiss y Hasán Hasán citan al exdiplomático sirio Basam Barabandi admitiendo sin tapujos que “[Asad] empezó a cooperar con los muyahidines” tras la caída de Sadam. Asad envió a yihadistas radicados en Siria a combatir contra soldados americanos y chiíes iraquíes, y la mayoría se alistaron en Al Qaeda. Con una jugada diabólicamente brillante, Asad logró purgar Siria de sus propios enemigos potenciales al tiempo que daba al mundo entero una terrible lección: el cambio de régimen y la democracia en el mundo árabe pueden ser tan peligrosos como el ébola.

La lógica era tan evidentemente cínica que incluso los que estaban siendo utilizados por Asad sabían qué pretendía y por qué. “Siria quería prolongar la guerra de Irak y los ataques a las fuerzas estadounidenses para que los americanos no pudiesen entrar en Siria”, le dijo el excombatiente sirio islamista Anas al Rayab a Roy Gutman, de The Daily Beast.

Todo el mundo sabe qué pasó después. Irak sucumbió a la sangre y el fuego. En todo Oriente Medio, los árabes contemplaron el fruto venenoso del cambio de régimen y se estremecieron. La opinión pública estadounidense perdió todas las ganas de promover de la democracia en el extranjero, y hasta que no fue derrocado el dictador de Túnez, Zine el Abidine ben Alí, en una revolución relativamente pacífica, a principios de 2011, la propia población de Oriente Medio no creía que un cambio de régimen impulsado desde dentro fuese posible o deseable.

Los iraquíes se asociaron con las fuerzas estadounidenses bajo el liderazgo del general David Petraeus y se destruyó Al Qaeda en Irak en 2007 y 2008. Apenas sobrevivieron miembros de la organización de Zarqawi. Los pocos que lo hicieron permanecieron ocultos en las sombras durante años.

Cuando empezaron las protestas no violentas contra Asad, en 2011, inspiradas en el derrocamiento de Ben Alí en Túnez y de Hosni Mubarak en Egipto, las fuerzas de seguridad del dictador sirio abrieron fuego con munición real y afirmaron ridículamente que estaban librando una guerra contra el terrorismo. Todo el mundo sabía que estaban mintiendo, pero alguna cosa tenía que decir Asad. Occidente seguía atareado bombardeando a Muamar el Gadafi en Libia y, una vez más, Asad tenía multitud de razones para temer que el siguiente fuera él. Lo único que podía hacer para salvarse —esa fue su apuesta— era convencer a Occidente de que de verdad estaba librando una guerra contra el terrorismo, y que tras él sólo estaba el abismo. El único problema era que no estaba luchando contra el terrorismo.

Así que creó una amenaza terrorista a la que combatir.

© Versión original (en inglés): The Tower
© Versión en español: Revista El Medio

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