Una imagen tomada en Londres que describe la infamia, el patetismo y la cobardía sin límite de los ingleses

Una de las características inglesas está siendo su penosa cobardía ante los violentos de confesión musulmana. Los ingleses han perdido la virilidad y balan sin cesar como tiernos corderos ante el lobo que les acecha en cada rincón. No esperábamos menos de un país donde casi todo es depravado, inmoral o engorda.

El papel de los ingleses frente a la paulatina pérdida de su país está siendo llamativamente infame. El “coraje” sólo lo conservan para cebarse con los españoles que han tenido el pésimo gusto de residir en aquella cloaca. Y para desgañitarse en los estadios de fútbol cargados de cervezas. Frente a la gallinácea inglesa, el valor de los españoles. Uno sólo de los nuestros se bastó y se sobró para salvar la vida de decenas de británicos y desafiar a los terroristas islámicos. Fue el gran héroe del atentado de Londres del sábado.

Se trata del pontevedrés Sergio Fariña, que durante el ataque refugió a varias personas que se encontraban en el Borough Market cuando los terroristas comenzaron su acción, tal como muestra un vídeo publicado por «Diario de Pontevedra.

En el vídeo, se observa cómo Fariña y su personal comienzan a acoger a las personas que estaban por Borough Market. Una vez dentro del local, el propietario procede a cerrar las puertas y las rejas para proteger a los que se encuentran dentro. Es en ese momento cuando uno de los atacantes trata de entrar en el restaurante, pero el dueño del negocio hizo frente al asesino impidiendo que accediera al local. Finalmente, el gallego lo consigue y el terrorista se va.

Fariña es propietario del Arthur’s Hoopers, uno de los locales gastronómicos, situado en pleno corazón del Borough Market. Precisamente el terrorista fue abatido por la Policía británica a pocos metros del local.

En declaraciones al Diario de Pontevedra, Sergio Fariña reconstruye los momentos de máxima tensión vividos en la noche del sábado. Tuvo conocimiento de que algo estaba sucediendo en el Borough Market cuando un chico, sobre las diez y cuarto de la noche, corría despavorido corriendo por la calle, gritando que había pasado algo. Lo siguiente que percibió fueron las carreras desesperadas de los clientes de otro restaurante, a un centenar de metros del Arthur Hooper’s. «Todos gritaban ¡corred, corred!», recordó para este periódico. Y fue en ese instante cuando tomó conciencia de la situación crítica que se estaba produciendo.

Su notable actuación salvó las vidas de muchos. Su determinación es el mejor ejemplo de cómo hacer frente a la barbarie islámica, como lo fueron las personas que se enfrentaron al marroquí que entró violentamente en una parroquia de Valladolid en plena boda. Esa determinación española contrasta con las repulsivas muestras de debilidad que siguen dando las autoridades británicas, lo que expone a la gente de a pie a un riesgo aún mayor.

El alcalde pakistaní de Londres, Sadiq Khan, afirmó que “¡no hay motivo para alarmarse!” tras el ataque terrorista en su ciudad que se saldó con siete muertos y 48 heridos.

Años de sufrimiento y decenas de muertos británicos ha necesitado la primera ministra, Theresa May, para declarar que “ya es hora de que nos enfrentemos al terrorismo islámico”.

Grupos izquierdistas y de derechos humanos han protestado por la “respuesta indiscriminada” de la policía británica a los terroristas, mientras se suceden los llamamientos de los políticos de aquel país a favor de la tesis del islam como religión de paz y concordia.

El Ministerio del Interior, por su parte, aconsejó a los ciudadanos que evitasen las aglomeraciones y se recluyesen en sus domicilios.

Pero no hay mejor muestra de la clamorosa debilidad inglesa que la imagen que ilustra el artículo. Ha sido tomada en un suburbio de Londres. Tres policías británicos encargados supuestamente de combatir a los islamistas, posando de esta ridícula guisa con quien, a juzgar por su aspecto, tiene todas las trazas de ser uno de ellos. La sonrisa cáustica del islamista es lo suficientemente reveladora como para que nos aventuremos a interpretarla: los matamos, los aterrorizamos, violamos a sus hijas, imponemos la ‘sharia’ en sus ciudades, y los encargados de combatirnos lo que hacen es darnos coba… ¡quizás para que les perdonemos!”.

Nunca la derrota de una nación que antaño fue imperio había sido tan fácil. Explicar a los ingleses que sin fortaleza moral no hay manera de sobrevivir, son ganas de perder el tiempo. Ellos mismos eligieron el camino más corto hacia la autodestrucción.

Los viejos e indómitos guerreros ingleses se revuelven de rabia en sus tumbas. No hay afrenta mayor a su memoria que esos tres medrosos y ridículos policías sean la razón de que hayan existido.

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