Antisemitismo e israelofobia. Un experimento

antisemitismo

Por Jesús M. Pérez 

Antisemitismo es una de esas palabras que se han convertido en un campo de batalla precisamente porque los antisemitas pretenden vaciarla de contenido. Y es especialmente polémica cuando se emplea en los debates sobe el Estado de Israel, con acusaciones de que se usa a la ligera, por un lado, y de que existe un sesgo antijudío cuando se critica a ese país, por el otro.

El término semita fue usado por primera vez en la segunda mitad del siglo XVIII por un historiador alemán. Literalmente, los pueblos semitas eran aquellos descendientes de Sem, el segundo hijo de Noé. El término se emplea actualmente para referirse a un conjunto de lenguas nacidas en Oriente Medio y emparentadas entre ellas, como el árabe y el hebreo. Así que una primera respuesta habitual de las personas acusadas de antisemitas es aducir, normalmente en tono jocoso, que semitas también son los árabes y que por tanto no son antisemitas, porque no sienten ningún rechazo por los árabes. El diseñador gráfico Andrés Diplotti lo explicó perfectamente en una tira ilustrada en 2011.

La excusa etimológica es en realidad bastante tonta. El término antisemita se ha usado de forma generalizada exclusivamente para referirse al pueblo judío. El diccionario de la Real Academia Española lo deja bien claro. Antisemita es aquel que es “enemigo de los judíos, de su cultura o de su influencia”. Y la experiencia histórica tampoco deja lugar a dudas. Existieron entre los siglos XIX y XX organizaciones con el nombre de Liga Antisemita en países como España, Francia y Alemania.

El antisemitismo podría parecer entonces una cosa antigua, a caballo entre los siglos XIX y XX, propia de la rígida sociedad conservadora europea de entonces o incluso producto de las circunstancias excepcionales de la Alemania nazi. Pero curiosamente el discurso antisemita se ha ido adaptando a los tiempos para mantener la idea de un poder judío oculto en la sombra que manipula y conduce los grandes acontecimientos internacionales. Así, donde se hablaba antes de la banca judía como causante de la crisis económica de 1873, ahora la izquierda antisemita habla del papel de los fondos de inversión judíos en la gran crisis financiera mundial de 2008. Y donde antes se hablaba del comunismo como una amenazante fuerza política creada por los judíos, hoy la derecha antisemita habla de los judíos moviendo los hilos en Hollywood y los medios de comunicación para normalizar valores y conductas que socavan la civilización occidental.

Unos y otros, antisemitas de derecha e izquierda, coinciden en señalar como personaje mefistofélico por antonomasia al judío George Soros, multimillonario y filántropo cuyo apoyo a fuerzas políticas opositoras en Europa del Este ayudó a ganar elecciones en antiguos países comunistas que se realinearon geopolíticamente con Occidente. Y eso es algo que precisamente no le perdonan esa izquierda y esa derecha que han visto en Vladímir Putin un baluarte contra el “imperialismo otánico”, una reserva espiritual ante la degeneración y la decadencia moral de Occidente.

Pero si hay un terreno donde el término antisemitismo es motivo de batallas dialécticas es, ya digo, Israel. Para unos, la acusación de antisemita se ha convertido en un botón del pánico empleado injustamente para contestar a críticas legítimas dirigidas exclusivamente a las acciones y declaraciones del gobierno, los políticos, las personalidades o los ciudadanos del país. A priori suena plausible. Cualquier país, sus autoridades y sus ciudadanos pueden ser sometidos a crítica. Pero quien sigue la actualidad de Israel y presta atención a su seguimiento en los medios de comunicación no puede dejar de sentir que algo raro pasa. Y creo que para tener un diálogo honesto sobre Israel, que es un país que tiene, como todos, sus fallos, debemos descartar antes de nada la presencia de sesgos que enturbien el debate. Porque entonces tendríamos claro que nadie ataca a Israel porque le tenga una especial inquina a ese país, y que nadie usa la acusación de antisemitismo como un comodín para salir al paso de críticas legítimas.

Si fuéramos a abordar la existencia de sesgos en el tratamiento de Israel, deberíamos acudir a las ciencias sociales. Un sociólogo propondría utilizar técnicas de investigación social como encuestas de opinión y grupos de discusión. Por ejemplo, la gente a veces no es sincera. Y la elección de una respuesta entre varias no nos permite saber la amplia variedad de argumentos con los que la gente sostiene una opinión. Para eso se usan los grupos de discusión, donde se selecciona y reúne a un grupo de personas para que expresen sus ideas sobre un tema.

El gran problema de las ciencias sociales es que se aproximan a la realidad a través de técnicas que extrapolan los resultados de investigaciones sobre muestras porque no podemos hacer experimentos en condiciones controladas con la sociedad al completo. Pero sí podemos usar la imaginación para proponer cómo podría ser el experimento definitivo sobre la existencia de sesgos contra Israel.

La realización de mi experimento requiere un ejercicio de imaginación. Tenemos que imaginar que existe un conflicto armado en Oriente Medio. Tendría que ser un país cercano a Israel y en el que hubiera población civil palestina que sufriera las consecuencias de la guerra para hacer una comparación seria. Se me ocurre Siria, por ejemplo. Entonces, en esa situación imaginaria compararíamos el tratamiento de la prensa y la reacción de la opinión pública. Tomaríamos medidas cuantitativas, como el número de hashtags solidarios, y usaríamos técnicas cualitativas de las ciencias sociales, como el análisis del discurso, con declaraciones de periodistas, artistas e intelectuales mostrando su tajante rechazo al sufrimiento de los palestinos en campamentos de refugiados sirios.

Este tipo de análisis podría sufrir sesgos. Por ejemplo, que estuviera actuando un prejuicio no sólo antiisraelí sino propalestino. Es algo que podemos intuir viendo el tratamiento en la prensa de la Autoridad Palestina. Mahmud Abás prolongó su mandato y lleva años sin convocar elecciones, como hizo Alberto Fujimori en Perú. Pero es raro o casi imposible encontrar un medio español que use la expresión “régimen palestino”, mientras que es fácil encontrar artículos donde se hace referencia al “régimen de Fujimori”.

Entonces, para evitar otro tipo de sesgos, tendríamos que establecer un grupo de control. Para realizar nuestro experimento de forma científica tendríamos que imaginar un tercer conflicto armado en Oriente Medio en el que no intervenieran ni palestinos ni israelíes. Tendría que ser un país alejado de Israel para evitar cualquier influencia del conflicto palestino-israelí. Y en ese conflicto armado tendrían que darse casos de población civil sufriendo. Propongo Yemen. Y ante esa imaginaria guerra de Yemen estudiaríamos el tratamiento en los medios de comunicación y el impacto en la opinión pública de los padecimientos de la población civil.

Y entonces, con nuestro estudio comparado del tratamiento del conflicto palestino-israelí con otros conflictos de Oriente Medio, yo he puesto los ejemplos de Siria y Yemen, veríamos si existe un doble rasero o no en el tratamiento de la prensa, o si las respuesta emocionales de la opinión pública son equiparables o no. Claro está, como dije antes, en ciencias sociales no podemos hacer experimentos actuando sobre países enteros. Y lo tendremos que dejar aquí como un mero ejercicio de diseño experimental. Nos quedaremos con la duda de la existencia de un sesgo que afecta al tratamiento de Israel. O no…

Fuente: Revista El Medio

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