El ‘incidente Altalena’ y el monopolio de la violencia legítima

Altalena_off_Tel-Aviv_beach

Por Jesús M. Pérez 

El día 21 de junio de 1948 tuvo lugar uno de los hechos fundamentales de la fundación del Estado de Israel. Aquella madrugada, el buque Altalena había fondeado frente a la ciudad de Tel Aviv tras un viaje de semanas que arrancó en Marsella. El Altalena pertenecía a la organización judía Irgún. Se trataba de un antiguo buque estadounidense de asalto anfibio que había participado en el Desembarco de Normandía y luego fue vendido como excedente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Con el apoyo del Gobierno francés, el Irgún embarcó en el Altalenaarmamento, que incluía desde 10 blindados Vickers-Armstrongs hasta varios millones de balas, junto con más 930 voluntarios.

La intención de los líderes del Irgún era que el buque llegara justo el día de la proclamación de la independencia de Israel. Pero las negociaciones sobre el destino de la carga y los pasajeros retrasaron el viaje. Cuando el Altalena llegó a las costas del nuevo país, habían transcurrido ya semanas de guerra del propio Israel contra los ejércitos de Egipto, el Líbano, Siria, Iraq y Transjordania. El Gobierno de Israel aceptó que el Irgún entregara un 20% de la carga a su batallón Jerusalén y que los voluntarios formaran parte del recién nacido Ejército israelí, pero dentro de unidades que mantendrían su identidad como parte del Irgún.

Durante el Mandato Británico, la población judía había formado varios grupos armados, con diferentes afiliaciones políticas. Pero también había desarrollado instituciones que en el momento de la independencia se convirtieron en la maquinaria del Estado de Israel. Así, el poder ejecutivo de la Agencia Judía se transformó en el Gobierno provisional de Israel y la organización Haganá (“Defensa”) se transformó el 26 de mayo de 1948 en las Fuerzas de Defensa de Israel.

A media tarde del día 20 de junio, el Altalena fondeó frente a las costa de Kfar Vitkín para desembarcar pasajeros y la mayor parte de la carga, antes de poner rumbo a Tel Aviv. El Irgún había actuado por su cuenta, sin coordinación con las Fuerzas de Defensa de Israel. Precisamente ese día el Gobierno del país tuvo reunión. El dilema era claro. Se podía pasar por alto lo que había hecho el Irgún y seguir permitiendo libertad de acción a los grupos armados o había que tomar medidas, incluso aunque condujeran al enfrentamiento entre israelíes.

Israel existía como país independiente desde hacía poco más de un mes y podía verse abocado a una batalla fratricida en medio de una conflagración con varios países que el entonces secretario general de la Liga Árabe había proclamado, un año atrás, que sería una “guerra de exterminio”de la que se hablaría como de las “masacres mongolas”. El objetivo del Gobierno israelí era que desaparecieran las organizaciones armadas vinculadas a formaciones políticas para formar un sola fuerza armada, inspirada en la británica, con una cadena de mando única y jerárquica.

El 21 de junio, a las cuatro de la tarde, el primer ministro Ben Gurión ordenó atacar el Altalena. A bordo del buque se encontraba Menájem Beguín, uno de los líderes del Irgún. En la costa, dirigiendo las tropas gubernamentales, Isaac Rabin. Ambos serían, décadas más tarde, primer ministro de Israel. Hubo soldados que se negaron a cumplir las órdenes. Otros dudaron. Posiblemente nunca se sepa la secuencia exacta de los acontecimientos, pero hubo un intercambio de fuego entre buques de la Armada israelí, las fuerzas en tierra y los miembros del Irgún a bordo del Altalena, que terminó izando la bandera blanca y consumido por las llamas. El incidente se saldó con varios muertos en cada bando. Después del incidente del Altalena, miembros del Irgún pasaron por la cárcel y uno a uno los grupos armados judíos de Israel se disolvieron para integrarse en las Fuerzas de Defensa de Israel.

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Para entender la importancia de aquella jornada frente a las playas de Tel Aviv debemos remontarnos al “invierno revolucionario de 1919”, en palabras de Marianne Weber. A ella debemos la importante labor de recopilación y edición de los trabajos de su marido, Max Weber, uno de los padres de la sociología. En enero de 1919, Max Weber impartió una una conferencia ante la Asociación Libre de Estudiantes de Múnich. El texto fue publicado meses más tarde bajo el título La política como vocación. En ella encontramos la definición más célebre del concepto de Estado dentro de las Ciencias Sociales. Afirma Max Weber (v. El científico y el político, Alianza, Madrid, 2005, p. 84):

Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio (el ‘territorio’ es elemento distintivo), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la ‘violencia física legítima’.

El monopolio de la violencia legítima es la característica fundamental del Estado. Y aunque ciertamente Max Weber afirma “que “[e]l Estado es la única fuente del derecho a la violencia”, en su definición del Estado no se refiere a la legitimidad jurídica sino a la política. Es decir, un Estado se caracteriza no porque sea la única entidad en un territorio que promulga leyes sobre el uso de la violencia, sino por ser la única capaz de ejercer la violencia en un territorio con la aceptación de sus habitantes. Según Max Weber, el Estado, “[p]ara subsistir, necesita, por tanto que los dominados acaten la autoridad que pretenden tener quienes en ese momento dominan”.

La herida del incidente Altalena quedó abierta durante décadas y hay numerosas referencias en artículos de opinión actuales. En aquella hora crucial, el Estado de Israel prevaleció no sólo porque tenía mayores medios para ejercer la fuerza que los grupos armados, sino porque líderes como Menájem Beguín entendieron que para que el país sobreviviera tenían que dar un paso atrás. No hubo represalias armadas por parte de miembros del Irgún contra el Gobierno. Nadie se echó al monte entonces ni tras el fin de la guerra.

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El incidente Altalena ayuda a entender uno de los muchos obstáculos para la paz en el conflicto palestino-israelí. En 2005, Israel decidió evacuar a toda su población de la Franja de Gaza. Por primera vez, Israel se retiraba en aquella zona hasta las líneas del armisticio de 1949. El desalojo tuvo que realizarse en muchos casos por la fuerza. Militares y policías israelíes actuaron con petos y gorras azules con la bandera del país, como una forma de recordar que representaban la autoridad del Estado. Un año después, la Franja vivió un enfrentamiento armado entre la Autoridad Palestina, en manos del partido nacionalista secular Fatah, y los islamistas de Hamás. Estos últimos tomaron el poder, pero no detentan el monopolio de la violencia. Conviven allí varios grupos armados palestinos, algunos formados por islamistas aún más radicales que los de Hamás. ¿Llegará algún día el incidente Altalena palestino?

Fuente: Revista El Medio

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