Mujeres francesas de origen europeo evitan pisar las calles del distrito este de París para no ser insultadas ni agredidas

CB.- Situación dramática la que ya se vive en amplias zonas de París. Así por ejemplo, las mujeres que viven en el distrito este de la capital gala denuncian que no pueden circular libremente por las calles sin ser insultadas ni acosadas. Cientos de metros cuadrados del distrito oeste han sido acotados para el exclusivo disfrute de los hombres de origen no europeo. Las mujeres francesas parecen haber regresado a la Edad Media. ¿Es ésta la Francia integradora de la que hablaba Emmanuel Macron durante las elecciones?

La corrección política, o mejor dicho el sometimiento del ‘establishment’ al islam, aconseja no hablar de estos asuntos “menores”. ¿Qué importancia tienen unas cuantas miles de damnificadas frente a la histórica transformación poblacional que está teniendo Francia? Sólo unos pocos se atreven a denunciar esta situación: en muchos lugares, por ejemplo, las mujeres francesas ya no entran por miedo a establecimientos como cafeterías o restaurantes, salvo que vayan acompañadas por un varón. De repente, la celebrada República francesa, la de la libertad, igualdad y fraternidad, las ha desposeído no sólo de la ciudadanía sino del más elemental sentido de la dignidad.

El paisaje humano ha transformado la fisonomía de muchas zonas de Francia. Arracimados o en pequeños grupos, vendedores ilegales, “dealeurs”, inmigrantes y delincuentes han tomado las calles del distrito Chapelle-Pajol, que data del del siglo XVIII. Su principal diversión es insultar y acosar a las mujeres europeas que aún se atreven a pisar la calle a plena luz del día. Indignados, algunos franceses de origen que viven en el distrito han decidido alzar la voz. Por respuesta, las ya habituales de “racistas”, “intolerantes” e “islamófobos” procedentes de entidades musulmanas y progresistas. Las feministas, como ya es costumbre ante casos similares, prefieren mirar para otro lado.

Una de las denunciantes, una joven de 22 años, se ha atrevido a poner rostro a estas denuncias. Asegura que no puede salir a la calle vistiendo falda o pantalón corto sin recibir una catarata de insultos. Incluso cuenta que, en una ocasión, las imprecaciones dieron paso a una situación peor aún: un hombre pretendió quemarle el pelo con un cigarro.

“Esto es insoportable. Nos han privado de todos nuestros derechos”, declaró Natalie, que ha vivido en el barrio durante 30 de sus 50 años de vida. Dice que la situación nunca fue tan grave y lamenta el desinterés de las instituciones francesas para poner cambiar una situación que ya parece irreversible. “El ambiente es agónico, hasta el punto de que tenemos que cambiar nuestro itinerario, nuestra forma de vestir. Incluso mucha gente ha renunciado a salir de sus casas”. La descripción nos recuerda una de esas películas protagonizadas por Charles Bronson, en las que suburbios de Nueva York son tomados a sangre y fuego por los criminales. Desgraciadamente, la realidad en Francia empieza a superar la ficción. La propia Natalie cuenta que una anciana de 80 años vive aterrorizada sin atreverse a salir luego de unos jóvenes intentasen violarla en el portal de su edificio.

Aurélie, de 38 años, admite que no reconoce el barrio en el que vivió durante 15 años, concretamente en la calle Perdonnet: “El mero hecho de salir a la calle se ha convertido en un desafío. El país que acuñó el concepto de libertad ciudadana no es capaz de proteger nuestro derecho a circular libremente”. Cuenta que la vida social entre los vecinos franceses transcurre en las casas. “Se reunen para no sentirse tan enclaustrados”. “Hasta si te asomas a la ventana recibes un vendaval de insultos”, subraya.

Laure es otra vecina de avanzada edad que trata de evitar el contacto con la calle. Relata que hace unas semanas, en la plaza de su mismo nombre, quedó atrapada en una pelea entre vendedores ambulantes. Presa del terror comenzó a pedir ayuda. Dos de ellos sacaron sendos cuchillos para amenazarla. “Pensé que había llegado mi última hora”, confiesa.

¿Cómo luchar contra este fenómeno que se extiende como una plaga bíblica por las grandes ciudades francesas? Las mujeres de La Chapelle descartan las denuncias policiales por su poca o nula efectividad. “Sólo nos queda organizarnos y recorrer junto a nuestros familiares masculinos los lugares que por miedo no nos atrevemos a frecuentar solas”, ha sugerido Nadine Mezence, de profesión asistenta social. Cree que estas marchas darían visibilidad al problema en caso de agresiones.

Por su parte, la principal autoridad municipal de Chapelle-Pajol, el socialista Eric Lejoindre, dice reconocer “la complejidad de la situación” aunque pide prudencia. “Es la policía la que debe encargarse de las cuestiones de orden público”.

Relata a continuación que se han llevado a cabo 110 operaciones policiales y que se habrían saldado con el desalojo de decenas de vendedores ambulantes y la detención de 884 personas. Pese a los triunfales datos, Lejoindre reconoce que la zona ya no volverá a recuperar los niveles de seguridad que tenía antes de que la inmigración terminara por cambiarlo todo. Por cambiar han cambiado hasta la plaza Luisa de Marillac, hasta no hace mucho un lugar de juego para los niños. Hoy ha sido tomado por los traficantes. Los pequeños también tienen que parapetarse dentro de sus casas. Alguien debería explicarles por qué. Pero sobre todo, señalarles a los responsables.

Fuente: Alerta Digital

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