‘El infierno en Tierra Santa’, o las lacras del periodismo panfletario

Banderas de Palestina e Israel.

Por Eli Cohen 

Francisco Medina es el director adjunto del diario digital El Plural, que se define como progresista, y que siempre ha tenido una línea marcadamente hostil hacia Israel. En 2008 fue nombrado director de informativos de Radio Nacional de España y anteriormente ejerció de corresponsal de guerra en varios conflictos, entre ellos el que tanto nos ocupa, el que enfrenta a israelíes y palestinos. A su paso por la zona, escribió El infierno en Tierra Santa. Crónica de una paz imposible, un libro que puede servir para muchas cosas, pero no para comprender lo que sucede en Israel y en Palestina.

La obra se publicó en el verano de 2002, en plena Segunda Intifada. Por aquel entonces, no fue el único texto que quiso explicar los orígenes y las razones del conflicto. Pero, viniendo de un corresponsal que había presenciado sobre el terreno lo que sucedía, este libro, casi panfleto, adquirió cierta relevancia.

Es un cuasi panfleto por varias y evidentes razones.

En primer lugar, Medina comienza contando los orígenes históricos del conflicto, relata reuniones, atentados, declaraciones, expulsiones, etc., y no aporta ni una sola nota a pie de página, ni una sola referencia bibliográfica. Ni una. Algo insólito en un libro que intenta estructurar antecedentes para explicar un problema. Ni una sola fuente que sostenga su relato. Y lo peor de todo es que esta carencia no sólo está en la parte histórica. Así, Medina a veces hace alusión a estudios, artículos, declaraciones, pero los localiza con fecha y emisor, y poco más. Las apreciaciones subjetivas, como “los judíos aceptaron a regañadientes la decisión de la ONU de aprobar el Plan de Partición”,  “la Administración Reagan, presionada por el todopoderoso lobby judío estadounidense” o “esos jóvenes colonos, indudablemente seguidores de Goldstein”, se presentan sin ninguna declaración de ningún líder de la época o sin ninguna noticia de algún periódico, sin el testimonio de una fuente contrastada y seria. Esta falta deontológica es también una primera declaración de intenciones: tenemos que fiarnos de lo que nos dice y punto.

En segundo lugar, Medina intenta sacar de la ecuación uno de los elementos centrales del conflicto: el fanatismo religioso. El otrora corresponsal dice que el conflicto es por tierra y no por religión. Hamás tiene meta la destrucción de Israel (artículos 6 y 11 de su Carta Fundacional), como un pilar de su objetivo de extender la yihad global. Los palestinos ya atacaban a judíos antes de que hubiera Estado de Israel, y desde 1949 hasta 1967, cuando Gaza estaba bajo dominio egipcio y Cisjordania bajo administración jordana, los fedayines palestinos también atacaban a Israel. La tierra es una excusa.

En este sentido, hablando y entrevistando a familiares de los kamikazes que se inmolaban en las calles israelíes aquellos negros días, Medina insiste en su idea y se acoge a la más abyecta de las intoxicaciones: que los suicidas son la respuesta de la desesperación del pueblo palestino. Nada, ni siquiera el drama de los palestinos, justifica que una persona decida colocarse un chaleco bomba, lleno de tornillos y metrallas para causar todo el daño posible, y asesinar a civiles inocentes. Este mantra ha hecho mucho daño no sólo a la imagen general del conflicto, también a la causa palestina.

En el lado israelí, tampoco es la tierra el único factor. Los colonos que desafían incluso al Ejército israelí para establecer outposts ilegales tienen una concepción bíblica de Israel, no les importa Eilat o Tel Aviv, les importa Shiló y Hebrón por su significado religioso.

La religión no es suficiente para explicar el conflicto, es cierto. No obstante, el integrismo religioso, mezclado con el odio, es la razón por la cual los dirigentes de Hamás consiguieron convencer a jóvenes palestinos para que murieran matando.

En tercer lugar, el lenguaje de Medina es, cuanto menos, sesgado. El autor tiene problemas para distinguir entre judío, hebreo, israelí y sionista, mientras que todos los árabes musulmanes son palestinos sin derecho a réplica. En lugar de hablar de Israel, Medina lo llama, hasta la saciedad, “Estado sionista”. Israel alberga desde su fundación ciertos debates sobre su definición. “Estado judío y democrático” es una máxima que ha roto Gobiernos. Sin embargo, llamar a Israel “Estado sionista” es como llamar a España “Estado derechista” porque gobierna el Partido Popular, o a Grecia “Estado izquierdista” porque gobierna Syriza. El sionismo es un movimiento político que abogaba por la creación de un Estado para los judíos, pero una democracia, aunque le duela a Medina, alberga varias ideologías, como podemos ver en la Knéset, en la que hay representados muchos partidos políticos que no son sionistas (los partidos jaredíes y los partidos árabes). La intención del autor, como puede extraerse de su narrativa histórica, donde obvia y oculta hechos a conciencia, cuando no los aminora concienzudamente –sólo utiliza una frase para hablar de la expulsión de casi un millón de judíos de los países árabes, y además no da ninguna cifra, como si fuera una nadería–, es demonizar el movimiento sionista y la misma fundación de Israel.

En conclusión, el libro sí es clarificador en un aspecto: los prejuicios pueden, efectivamente, condicionar la labor de un corresponsal.

Francisco Medina, El infierno en Tierra Santa, Espasa, Madrid (España), 2002, 264 páginas.

Fuente: Revista El Medio


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